El lenguaje oculto del capitalismo

Charles Philbrook

Debería de ser más que obvio que la Economía, como disciplina, presenta diferencias que la distinguen marcadamente (por no decir algo peyorativo) de otras disciplinas. ¿En qué otro campo del saber uno encuentra que el principio fundamental sobre el cual se construye el edificio teórico se estudia solo ocasional y tangencialmente? Quizás en ningún otro. Y ello explica en cierta forma por qué muchos de nuestros jóvenes e idealistas economistas, luego de años de estudios (¡años!), acaban la universidad sin tener una idea clara del funcionamiento del sistema de mercados. Y también por qué una buena parte de estos suele tener una visión de la economía pro-Estado y antiliberal.

Los mercados existen desde que el hombre vive en sociedad. (Todo intercambio presupone esa relación: lo que ayer era local hoy es global). Y es solo a partir del momento en que la producción de los hogares dejó de ser de subsistencia, que la interrelación entre aquellos se hizo gradual y progresivamente compleja hasta el punto de formar un sistema. A partir de ese momento ya no consumimos únicamente lo que producimos, sino que ahora también consumimos lo que otros producen.

Quienes ven en el sistema de mercados, o capitalismo, una amenaza a la paz y el orden social, probablemente ignoran que sin él la única forma de obtener poder y riqueza sería mediante la violencia o la guerra. Así era en la antigüedad. ¿No es esa acaso la biografía de Alejandro de Macedonia, de Atila, de Pizarro y de tantos otros tiranos y conquistadores? Ya con el capitalismo en escena, los Fugger, Rothschild, Rockefeller o Gates del mundo, han tenido, tienen y tendrán que producir, innovar o comerciar para construir sus grandes imperios. Siempre un quid a cambio de un quo.  Una mano lava la otra, y las dos lavan la cara. Así de simple.

Este sistema, por cierto, tiene algo en común con el Estado comunista: uno y otro son un mecanismo de coordinación social de las distintas actividades humanas. Pero las similitudes acaban ahí, porque lo que el primero coordina a través de las interacciones que se producen entre compradores y vendedores —y de las que resultan los precios, que transmiten información—, el Estado comunista lo hace mediante la coerción y la planificación central.

Esa es la razón, y no otra, por la que el término ‘planificar’ (pla-ni-fi-car) no puede faltar en el vocabulario de un economista de izquierda. No concibe, porque nunca entendió de joven, como estudiante, que algo tan complejo como la economía pueda funcionar bien sin necesidad de la intervención estatal. (Que no implica la ausencia de leyes y regulaciones). Ignora el lenguaje oculto del capitalismo, que es el lenguaje del comercio, que por definición es voluntario, y que se lleva a cabo siempre y cuando las partes involucradas se beneficien. Así fue y así seguirá siendo mientras el hombre viva en sociedad. Quién sabe por cuánto tiempo más.  (Se aceptan apuestas)