PERÚ: Entre el orgullo y el prestigio

Ernesto Pinto Bazurco Rittler

En mi libro Relaciones Internacionales Modernas -publicado por una prestigiosa universidad europea- propongo una nueva clasificación de países, que va de acuerdo a su efectividad; es decir a la capacidad de lograr prestigio y ascendencia frente a otros países y especialmente en evidenciar resultados a favor de sus habitantes.

El Perú es, indudablemente, un país en el que el orgullo tiene un papel preponderante, mucho más que los logros. Por ejemplo, no reclamamos frente a una empresa extranjera que realiza un evento con vehículos diversos (¿acaso reconocido por la Federación Internacional de Automovilismo?) para lucrar y entretener, principalmente a millonarios foráneos, promoviendo el nombre de la capital de un país africano. Insólitamente los peruanos pagamos para ello cerca de veinte millones de dólares, y otorgamos costosas facilidades –que para un peruano serían impensables- para que un empresario francés utilice nuestro territorio so capa de que su espectáculo atrae turistas (hay quienes dicen creer ese argumento). Aun así, cabe preguntar si la empresa habrá pagado impuestos aquí. En contraste, cuando un peruano usa una autopista de su propio país, paga un peaje a costo alto, para beneficio también, de otra empresa extranjera.

Como bien lo apunta Hugo Neira, en el mismo mes en que se realizó este espectáculo, en un país vecino –con una inversión ínfimamente menor- se realizó un evento en que participaban cuatro Premios Nobel y se discutía sobre el futuro del mundo.

No cultivamos prestigio. Hoy en día, diversas autoridades pretenden mostrar su capacidad persiguiendo o encerrando a otros bajo cargos no probados. De preferencia, a aquellos que han obtenido cierta notoriedad, sean políticos o empresarios, comprometiendo con ello el prestigio. Los informativos llenan sus programas con una imagen que se ha convertido en clásica, un peruano detenido, privado de su libertad. Hay una errónea interpretación de lo que tiene relevancia a nivel jurídico internacional y se llega a extremos de pactar con consorcios criminales extranjeros. Es sorprendente la limitada capacidad de nuestro sistema judicial para lograr justicia. Esta se entiende en cualquier parte del mundo, principalmente en cómo restituir el daño causado, mientras que en el Perú se limita a sancionar y los daños ocasionados permanecen afectando a todos. Observen sino la infraestructura hecha por empresas corruptas, que al menor estrago se torna inservible.

Existe un esfuerzo desmedido en afectar el prestigio personal y, en contraste, nos sentimos orgullosos de dar prestigio a cosas. ¡Qué orgullo de que el pisco sea peruano! En tanto, un país vecino exporta más de esa bebida en el mundo que nosotros. Nuestras embajadas reportan, con orgullo, la cantidad de festivales gastronómicos que han realizado. Invitamos a comer a foráneos, pero tenemos cifras alarmantes de tuberculosis y anemia infantil en nuestro país.

No es extraño entonces, que con estas contradicciones, las inversiones extranjeras hayan caído en los últimos años, pues el costo de la inversión crece con la desconfianza. Y la cuenta final de esto la paga el consumidor.

Nos entretiene mirar hacia el 2021, año de nuestro Bicentenario y además, año de elecciones generales. Ello debería motivarnos más a reflexionar, pues se avizora un panorama poco claro. La oferta política es colorida pero limitada –los rojos, los naranjas, también hay morados-, con poco contenido, tanto en programas políticos, como en sustentos ideológicos. Así, no podemos advertir, por ejemplo, cuál agrupación política ofrece el mejor programa para hacer frente a los efectos del cambio climático, un problema que tenemos ya en frente y que se va a acentuar mucho más en el corto plazo.