Desigualdad aritmética

Charles Philbrook

El estado natural de la humanidad es la pobreza, no la riqueza. Hace 10,000 años, cuando era imposible hablar de explotación capitalista, un 99 % de la población mundial vivía en la más absoluta miseria. Hace 5,000 años, el escenario seguía siendo el mismo, nada había cambiado: un 99 % seguía compartiendo la igualdad en la abyecta pobreza. Pero hace unos mil años algo sucede, algo rompe esta monotonía de la igualdad: la civilización occidental empieza a crecer económicamente, y poco a poco, al crecer a mayores tasas, se aleja del resto.

Cuando dos regiones o dos países o dos civilizaciones presentan diferentes tasas de crecimiento económico, el tiempo se encarga de amplificar ese diferencial —el factor aritmético en la desigualdad—. Supongamos que tres países, A, B y C, parten de una misma base, y crecen cada año a uno, dos y tres por ciento, respectivamente. En una generación, en 30 años, la economía del que crece a 1 % anual habrá pasado de 100 a 134, la del que crece a 2 % habrá pasado de 100 a 181, y la del que crece a 3 %, de 100 a 242. Queda claro que la ‘desigualdad’ del tercero con relación al primero aumentó 1.8 veces, y 1.4 veces con relación al segundo. Solo hay una manera posible de regresar al escenario inicial: que los que crecen menos crezcan más, pero eso ya depende de otros factores, esta vez culturales, económicos, históricos. Pues bien, ¿por qué unos países crecen más que otros?

Durante unos mil años, desde el nacimiento de Cristo, y según investigaciones del economista escocés Angus Maddison, la población mundial y el PBI per cápita se podían graficar mediante dos líneas planas. No había división de países, regiones, clanes o tribus en desarrollados y subdesarrollados, en pobres y ricos. Pero a partir del siglo XI de nuestra era, una serie de cambios intelectuales e institucionales se llevaron a cabo en Europa occidental, y condujeron a un sostenido despertar de la actividad económica. En consecuencia, la población mundial aumentó 24 veces, la producción mundial de bienes y servicios 340, y el PBI por persona 14.

Estos números, sin embargo, esconden el hecho de que la fuente del crecimiento yacía solo en Occidente, y es allí donde empezaron a generarse sistemáticamente grandes cantidades de riqueza. La desigualdad regional (intercultural) en el ingreso, como es de suponer, tomó un nuevo y atípico rumbo. Hoy, la diferencia en el PBI per cápita entre las regiones más ricas y más pobres del orbe es de casi 20 a uno a favor de las primeras.

Según el historiador económico Douglas North, tres grandes cambios explican cómo nuestra civilización llegó a ser lo que hoy es. Este largo viaje empezó hace unos mil años, cuando la sociedad medieval dio por hecho que a través de la investigación racional y la experimentación científica el hombre podía transformar las fuerzas de la naturaleza. Surgió así la primera universidad europea, en Boloña, el año 1080.

Cuatro siglos después ya se habían fundado unas setenta. Y como la investigación y los descubrimientos científicos se complementan más que bien con las expediciones comerciales, y estas con los derechos de propiedad y de comercio, era solo cuestión de tiempo para que los grandes centros urbanos, como Venecia y Flandes, en el siglo XI, hicieran su aparición. Un tercer factor fue la adopción del cristianismo como religión, el año 380 d.C. Esto, según North, era fundamental para que una vez institucionalizada la monogamia, los lazos de parentesco y los derechos a la herencia quedaran claramente delimitados.

Ni Marx ni sus acólitos, los de ayer y los de hoy, logran todavía entender que reemplazar una idea prevalente por otra tiene consecuencias (malas si la columna teórica que les sirve de soporte parte de premisas falsas), consecuencias que son otros y no ellos los que siempre (¿o no?) se encargan de pagar la factura.  Así empezamos.  Esa es nuestra historia.  Quién sabe cómo acabemos.