Anacronismos de izquierda y derecha

Ramiro Prialé

El experimento neoliberal ha fracasado, nos dice el sociólogo alemán Wolfgang Streeck. “La izquierda ha perdido la capacidad de representar el descontento con el capitalismo y eso explica el surgimiento de una extrema derecha” a lo Bolsonaro. ¿Tiene futuro Bolsonaro en Brasil? Ninguno.  Es el penúltimo estertor de una derecha achorada como la que existe en Perú. Un anacronismo apátrida de pequeños grupos de poder económico que no tienen otro interés que su propio bolsillo. Ningún proyecto de país saldrá del capitalismo salvaje instalado en el Perú.  

El otro gran anacronismo es la izquierda peruana. Luego de los cambios de paradigma tras la caída del muro de Berlín y la reforma China, la izquierda peruana atomizada perdió la brújula y optó por unirse a la fiesta internacionalista de la globalización perdiendo toda conexión con la gente a la que el sistema iba dejando atrás. Los variopintos fragmentos de izquierda asumieron el oportunismo como bandera; los extremistas se aliaron al narcotráfico y sus variantes más light hoy se dedican a la extorsión; a tomar carreteras y chantajear mineras.

Utilizan las banderas verdes de la contaminación y el agua para sorprender a una ciudadanía que no sabe que el Perú ocupa el sexto lugar mundial en recursos hídricos. Que la gran minería consume solo el 2% del agua y – salvo la minería ilegal – reciclan y reutilizan el agua completamente. Y que el grueso del consumo es el de la pequeña y mediana industria y de la agricultura que sí contaminan sin control efectivo alguno. Pero obviamente es más fácil para la izquierda chantajista acogotar a la minera que mueve cientos de millones que a los miles de pequeños artesanos e industrias que contaminan 10 veces más. Se trata de miles de votos y no tienen plata.

La eficacia de las políticas públicas aplicadas en un país se mide por la cuota de población que no siente sus efectos. Que el Perú de hoy sepa con certeza que la corrupción de toda la clase política se cargó en peso al país por décadas y que hemos pagado en algunos casos 4 o 5 veces el costo de varios proyectos, mientras todavía hay millones sin acceso al agua potable y saneamiento básico -agua, luz, desagües- y sin atención de salud básica en áreas rurales, es una vergüenza nacional que dice mucho de la clase política, los líderes de opinión y las élites empresariales.

Luego de Odebrecht hemos venido a confirmar lo que siempre había sido sospecha. Que la clase política y el sistema de justicia tenían precio; que empresas claves de la economía eran cómplices en la gesta de una competitividad con coimas.

Es una lástima que las reformas del sistema de justicia y la reciente reforma política planteada, tengan que pasar por el peor Congreso de la historia republicana. Un parlamento con 5 congresistas ya condenados por la justicia con pedido de desafuero y 108 pedidos de levantamiento de inmunidad parlamentaria de los que solo se han autorizado ocho. Y que esto ocurra ad portas del 2021, una fecha emblemática para rubricar un cambio.

¿Cree el Perú que este Congreso aprobará las reformas judiciales y políticas qué urgen y renunciarán a las normas que les confieren inmunidad, impunidad y reciclarse en partidos políticos que ya no representan a nadie? Honestamente, lo dudo.