Bolsillo de burócrata

Charles Philbrook

Quienes trabajan en la esfera pública nos aseguran que los insoportables problemas de ineficiencia (¡y hasta de corrupción!) en este sector se solucionarían en un tris aumentando los sueldos de los técnicos más capaces. Todas las molestias de esta vida, aparentemente, vienen con su remedio. No hay nada que un poco de lubricante monetario en los engranajes burocráticos no pueda hacer. Desde esta óptica, a un mayor sueldo, una mayor productividad, y por tanto una mayor eficiencia. Curioso, por no decir algo impublicable. En el sector privado, valgan las diferencias, la relación causa-efecto va en sentido contrario: solo si hay un aumento en la productividad se dará un aumento recíproco en los salarios. (Y, obviamente, dependiendo de las condiciones de oferta y de demanda en el mercado laboral.) Para cosechar, en otras palabras, primero hay que sembrar.

Qué es la productividad y en qué consiste es algo que no muchos logran entender. (Si fuera ese el caso, ¡cuántas horas-hombre ahorraríamos en debates económicos estériles! ¡Cuántas…!).  En su definición más simple, es la producción por unidad de insumo (trabajo y capital). Que aumente la producción lleva a que nos tome cada vez un menor tiempo producir algo. A que un médico, por decir, brinde diagnósticos más acertados; y también a que pueda atender una mayor cantidad de pacientes. Y a que, por último, la población viva mejor.

Un solo y didáctico ejemplo: en 1790, el 90 % de la fuerza laboral de los Estados Unidos trabajaba en la agricultura para alimentar al resto del país. Hoy, solo el 1 % lo hace, y el fruto de ese trabajo satisface la demanda interna y parte de la demanda mundial de alimentos. Sin esa mayor productividad, la esperanza de vida al nacer del ser humano no llegaría a los 40, pues son los descubrimientos científicos y avances tecnológicos en los campos de la salud y de la agricultura, entre tantos otros, los que han permitido que la humanidad dé el gran salto de las cuevas y de los árboles a las grandes ciudades

En resumidas cuentas, cuanto mayor sea la productividad, mayor será el valor agregado en el proceso productivo, que se traduce en más dinero en los bolsillos de los ciudadanos, de las empresas y de los gobiernos, y en menores precios de todos los bienes y servicios en la sociedad. Medirla en el sector privado es relativamente simple: es el valor monetario a precio de mercado de un bien cualquiera dividido por las horas/hombre que se hayan invertido en su producción. Pero ¿cómo medir la prestación de un servicio público, para el cual, por definición, no existe un precio de mercado? Si la productividad en este sector fuese nula, ¿cómo justificar un mayor salario?  ¿Es entonces nula?  Dé por hecho que sí.