Sacando clavos con serrucho

Ernesto Pinto Bazurco Rittler

Quizá por mi origen binacional, me inclino por resaltar los aspectos que prestigian al Perú. Siempre he porfiado en promocionar a peruanos y peruanas  – mis libros  lo atestiguan-  desde sus aspectos más positivos. Otros hacen las cosas distintas y han publicado diversos artículos sobre Alan García, en los que se percibe cierto pebete de querer sacar clavos con un serrucho. Es decir, con el pretexto de rescatar algo, destruir lo que está alrededor. 

He servido al Perú como diplomático durante el gobierno de diez presidentes. A diferencia de muchos, Alan García fue electo legítimamente tres veces – dos para presidente y una para diputado- y ha respetado la democracia en el Perú.  Por su personalidad excepcional, ha sido el político más influyente en varias décadas, así como ha recibido homenajes y acogida en diversos países 

Puedo dar fe, como embajador y autor, que Alan García fue un intelectual sólido e internacionalmente prestigioso, que tuvo una producción tan vasta que generaría respeto a cualquier escritor. El hecho de que destacara en la vida pública no le impidió que legara mensajes e ideas importantes en una veintena de libros. 

Varias personalidades extranjeras me dijeron que la persona más interesante e inteligente que conocieron del Perú fue Alan García. Y no solo se comentaba ello entre intelectuales Un chofer de taxi en México me dijo: “lo recordamos todos cuando en una visita presidencial, camino a Palacio, se detuvo en la Plaza Garibaldi para cantar con los Mariachis y el pueblo. Se sabía de memoria canciones mexicanas” 

No soy aprista ni fui amigo del Alan García. Solo tuve una oportunidad de conversar largamente, casi a solas, cuando él era presidente. Fue un Viernes Santo. El venía con el Ministro de Relaciones Exteriores, de una visita oficial a Pekín. La escala en Frankfurt era de seis horas.  Ahí, en tanto saboreó una docena de salchichas, hizo alarde de su amplia cultura. Repitió -en idioma alemán- pasajes del Fausto de Goethe. Cuando me referí a sus conocimientos de ese idioma tan difícil, me dijo, con buen talante: “Es que además de Alan, me llamo Ludwig. Y lo germano que llevo dentro, se ve en mi tamaño” 

Fue ocasión para contarle que destacadas figuras alemanas me habían hablado de él. Entre ellos el histórico líder Willy Brandt. Entonces García me preguntó provocativamente si yo conocía el verdadero nombre de Willy Brandt. Se sonrió complacido cuando le dije que su nombre, que casi nadie conocía, era Herbert Frahm. Me dijo, “usted sí que conoce a los alemanes” y entonces hablamos sobre filosofía: desde Kant hasta Habermas que en sus trabajos de filosofía  propone la construcción de la “democracia deliberativa” y la “acción comunicativa”. Alan García conocía a fondo su propuesta de nuevas formas de comunicación más allá de las restricciones nacionales, lo que es indispensable hoy en día para el fomento de las relaciones internacionales. Luego hablamos de Heidegger, que es una de la figuras protagónicas de la filosofía contemporánea y que influyó en la reinterpretación de la metafísica tradicional occidental con la idea de que todo  asunto filosófico implica a la comunidad política.

También conversamos sobre los tres libros que entonces tenía yo en proyecto y que hoy ya están publicados. Entre ellos aquel sobre el interés antiguo de una peruana por llegar a China. Pero Alan se interesó especialmente en mi manuscrito del libro “Diplomacia por la libertad”, que recientemente me publicó el Congreso de la Republica. Un enfoque no solamente teórico, sino práctico, en base a mi experiencia de haber otorgado protección a más de diez mil cubanos en la embajada del Perú en La Habana. Por su lado, me ilustró sobre Francisco Pizarro, como genial político, así como sobre el pensador Confucio. Aprendí mucho ese día.

La última vez que lo vi brevemente, fue en una recepción de la embajada de España. Estaba rodeado de gente. Ahí me saludo, “embajador Ernesto Pinto Bazurco Rittler, ya leí su libro Isabel de los Mares. Muy interesante. Debe seguir publicando los otros…”  Debo confesar que Alan García es la única persona en el Perú que me llamaba con mi nombre y apellidos completos, incluso el materno que algunos obvian por su pronunciación

Hoy debemos recordar con orgullo de peruanos que grandes países como Francia y Colombia lo acogieron cuando estaba en necesidad. En España encontró trabajo y alto aprecio. Es una tragedia que otro país sudamericano, desconociera los verdaderos alcances del Derecho de Asilo.

 Veamos lo esencial, Alan Gracia, nos deja obras con un contenido ilustrativo, que emanaron de su conocimiento y experiencia al ejercer por largo tiempo cargos de responsabilidad. Compartimos la misma Casa Editorial, Titanium, que fuera poco generosa en promover nombres de autores, pero sí estricta en seleccionar temas.

 El más importante legado es -sin duda- la vida misma de Alan García, que es digna e interesante para una gran obra literaria.