El reto de la izquierda ante su fracaso

José Antonio Olivares

Ahora que el momento electoral se acerca, la oferta política busca arroparse, definirse y acomodarse, según el gusto del electorado. Qué duda cabe, sigue gustando escuchar hablar de justicia social, de reducir los precios (como los del gas, por ejemplo), de hacer que la gente se sienta dueña de la riqueza del mar y de las minas; lo que equivale a vender sueños de opio, lo que equivale nuevamente a preferir que el oro se explote salvaje e informalmente, con la impune y fétida complicidad de los anti mineros, y que en nombre de  los indígenas se  levanten multitudes, engañadas y atizadas por extremismos casi subliminales que claman por agua, sin que en verdad se sopese que se trata  de poblaciones que solo han sellado años de postración en una réplica al sistema, más irracional que se pretende preservar; en fin estas quimeras efectistas y defensitas lo único que lograron fue agigantar la brecha de la pobreza.

La propuesta llamada de izquierda, básicamente enraizada en los 70’s, poco evolucionada, fuertemente disgregada e irreconciliablemente inorgánica, con matices de ong’s y costumbres burguesas solo agradables para sus cúpulas, que recuerdan los brindis socialistas de 1855, con “gouchen champan” en el viejo Paris, ha sido  la responsable de un fracaso histórico de la izquierda en el Perú.

Pareciera que hemos olvidado que el comunismo es la expresión utópica de un ideal igualitario. Los modelos comunistas y socialistas del siglo pasado fueron superlativos de negación política. Y fracasaron. Fracasaron en el plano económico por su ineficiencia, fracasaron en lo social, no solo por su incapacidad para disminuir o eliminar la desigualdad, sino también para evitar la aparición de nuevas desigualdades, y su fracaso político estuvo marcado por su incompatibilidad con la Libertad.

Así sucedió dentro y fuera del Perú, y ese es uno de los grandes temas de la política peruana, la reconstitución de la izquierda, o de repente la construcción de una izquierda, que nunca fue propuesta; fue solamente un borroso espejismo, y oportunidad para  liderzuelos que embanderados con chascarros extremistas se hicieron de curules parlamentarias, municipios en algunos casos y en otros precipitaron el fracaso de un tímido intento de descentralizar el país, convirtiendo en feudos o cotos de fechorías sus instancias y jurisdicciones respectivas. (Patético es el caso del Cusco, dice rojo; que en los últimos 25 años ha estado gobernado y conducido por aventureros marxistas, que se opusieron a la explotación del gas por  la Shell, y que por tanto ahora es  la promesa inalcanzable de Camisea; revolucionarios de micrófono que traicionaron su verbo y su acción).

Ante el enorme fracaso, el gran reto de la Izquierda sería buscar una identidad, alentando un debate crítico, (que de momento dudo pueda darse). Donde se pregunte ¿Qué es la izquierda?, ¿Qué defiende? y ¿Qué hace? Luego, tal Izquierda deberá buscar una convergencia, a través de un proceso libre y abierto, y además sin tutorías ni financiamientos chavistas, ni del partido de los trabajadores del Brasil, sin protagonismos excluyentes que defina lo antes dicho, respetando las identidades de sus componentes, de modo tal que le permita construirse como una alternativa necesaria.

En este proceso, si es que es posible que se emprenda, la izquierda en el Perú ¿será capaz de comprender, que se debe adecuar los valores tradicionales a los nuevos tiempos? Lo dudo.

La lógica del capital, se ha impuesto aun en países como China, Vietnam y la mismísima Cuba, aunque sus modelos todavía insistan en gruñir una revolución comunista. El gran reto de la izquierda es la inclusión de los excluidos, mejorando la vida de estos, y este no es un invento del inefable Ollanta Humala, sino que lo planteó con claridad Ricardo Lagos, ex presidente de Chile; pero no debe olvidarse que para ello se requiere progreso material, (crecimiento económico) y progreso social.

La Izquierda peruana debe comprender la tercera ola de su proceso, dentro del contexto latinoamericano y mundial, (Se dice que la izquierda latino américa tuvo tres olas, la primera entre los 60 y 70, que proclamaba la guerra popular y la lucha armada, la otra ola es la lucha electoral) En una tercera  ola  deberá existir un predominio del ciudadano frente al consumidor, es decir la izquierda debe ser capaz de comprender que se debe estar a favor de una economía de mercado frente a una sociedad de mercado, conjugando las metas sociales con las de la economía, poniendo al ser humano como eje de una concepción de desarrollo.

Hoy por hoy, los dirigentes de la izquierda peruana se enfrentan a dos desafíos, la necesidad de formular un programa de cambios económicos y sociales, pero también deben responder a la necesidad de construir y profundizar la democracia política.

Lo que la izquierda no debería hacer, es simplemente afrontar un proceso electorero, sin unidad, sin convergencia, siendo excluyente buscando caras nuevas e imágenes jóvenes, producto de la improvisación más que de la renovación, no debe pretender ser fundacional, respecto de la izquierda y del país, ni cantar estrofillas, como las de una nueva constitución y su radical oposición a la minería. Eso alejaría la inversión y la estabilidad y por ende destruiría el reto de la inclusión, sin desarrollo no hay inclusión, porque no se trata de mejorar la vida de quienes menos tienen afectando al resto, se trata de crear riqueza y distribuirla mejor.

Sé bien que se han introducido algunos elementos nuevos, que sirven para una moral cosmética, como el compromiso medio ambiental, pero que no trasuntan el discurso, por ser menos entendido por quienes lo proclaman que quienes lo reciben. El tema de género, es igualmente manipulado de manera grosera, al igual que la pluriculturalidad. Estos temas deben ser afrontados con seriedad, y no ser usados solo para alentar diferencias y crear bolsones electorales, como los de Cajamarca o Arequipa. Y claro, el tema de los derechos civiles debe evolucionar y debatirse con seriedad y madurez, en espacios por construir y legitimar, y no como argumento de pasiones y confrontación.

De la misma forma, se aprecia el uso de categorías plenamente liberales en el discurso de la izquierda, quizás porque esta quiera -y deba- aproximarse al centro  como objetivo electoral, o porque le falta diseñar programas actuales y modernos y carece de argumentos, (conceptos que la derecha mercantilista, tampoco reivindica ni profesa), tales como la igualdad de oportunidades, o el rol subsidiario del Estado, o la creación de un Estado moderno, pequeño pero fuerte, capaz de orientar y fiscalizar el desarrollo económico y social.