Los partidos y la decadencia de la mentira

Renán Gorriti

De no aprobarse ahora las reformas políticas, el país devendrá en caótico y el Congreso de Rosa Bartra y de los fujimoristas cargará esa grave culpa.

Cierta vez dije  que no hay revolución sin pueblo, y que no hay democracia sin partidos políticos. Luego, que no hay partidos sin participación popular en la Comisión Política y el Comité Central. Y sobre todo en sus actividades febriles y diarias. Eso no hay, pero hubo entre la década del 50 y 60. Ahora son tan solo cementerios, de locales cerrados y cuidantes menesterosos y sin un alma que los habite. Funcionan como club electoral cuando llegan las elecciones para asaltar al poder, ocupar los puestos y saquear al Erario, alcancía de todos los peruanos.

Nunca asisten a misa, ni dieron una cuota como limosna a su partido, pero todos quieren acostarse pobres y hambrientos para despertase ricos. No para servir al país sino para servirse de él. Y eso es lo que exactamente veremos pronto sino hay reformas ahora. Vizcarra pudo cerrar el Congreso por mandato popular y no lo hizo. Pensó que los estorbos cambian. Y ahora paga pato.

Los partidos debieran funcionar enseñando un plan y programa de estudios, con ética, con mística, con mayorías y minorías que intervengan en toma de decisiones, correspondiéndose respeto político, ideología, programa, doctrina, organización, educarse en el conocimiento de la realidad peruana y sus problemas en teoría y práctica, manejo organizativo, protocolos, y hermenéutica parlamentaria.  Y no dividirse, como sucede, por sus métodos inconfesables de pasión política, que más que razón es pasión irracional e ignorancia que se entiende a gritos, conviviendo con sus prejuicios raciales, económicos y complejos de superioridad e inferioridad, amén de barreras psicológicas, sociales y económicas. Cien mentecatos no hacen un hombre ilustre. Y el resultado será un empobrecimiento creciente de sus clases dirigentes.

La República nació deforme y en 1930, dos partidos, aprista y comunista también empezaron mal. Los primeros pregonaron la unidad de clases, y el segundo, una lucha de clases, con la dictadura de obreros o campesinos. Haya de La Torre y José Carlos Mariátegui, sus ideólogos,  dejaron un legado brillante, pero de un  futuro dividido, inamistoso e irreconciliable. Lo pregonado en palabras no se honró con hechos. Una mayoría nunca puede sustituir al ser. Las mayorías sectarias son abogadas de la estupidez o de las conductas cobardes. Rosa Bartra, fujimorista de FP ignora, como mono con metralleta, lo que es todo eso, producto de sus serviles inutilidades sin reparar en las necesidades sociales. Veamos el espantoso saqueo de nuestra población. Odría, Belaúnde, Haya, Alan, los socialistas y comunistas y  democristianos sintieron que eran feudos, cotos de caza. Y redujeron al Estado y la administración pública a una vana ilusión, sin la más leve capacidad de renovación o actualización  intelectual en sus generaciones. Hoy los hombres no valen. Son solo comerciantes “ganapanes”. Y el aparato público responde a dogmas.

El saber y el poder, se desamparan sin la fuerza. La decadencia de la mentira está en la rebeldía y la intolerancia como rechazo ciudadano. La decadencia de la nación y de estos políticos con garras, parte de los Congresos, del Sistema Judicial dedocrático, de las trampas electoreras sin apoyo popular, sin fuerza moral, ni tradición.

El aparato público, aquel de viejo menú, siempre estará sujeto a dogmas.