La invasión urbana hoy en el Perú

Anibal Sánchez

Lima, la ciudad Capital de la República, conformada por el casco urbano de Lima y Callao, con más de 10 millones de habitantes, tras el último Censo 2017, es la expresión más clara del grado de concentración urbana del Perú. La ciudad capital del país aglutina un tercio de la población peruana, circunstancia que se gestó décadas atrás, y recoge la herencia del centralismo heredado del pasado. Es decir que, todo está en la ciudad principal: aspiraciones y frustraciones, consecuencia también de la intensa migración de población de las provincias a la capital, dinámica que aún pervive por la movilidad espacial de la población, dado los grandes avances en las nuevas vías de comunicación y la conectividad. La macrocefalia urbana, sólo es superada en Sudamérica, por la ciudad de Montevideo que concentra el 40% de la población total de Uruguay.

De otra parte, siguiendo a Lima, la ciudad de Arequipa es, larga y distantemente, la segunda ciudad en importancia por tamaño de población, con un millón de habitantes. Apenas representa el 10% de la población que tiene la ciudad capital, es decir, una distancia de diez a uno. Les siguen Trujillo, Chiclayo y Piura, las ciudades más grandes. Sólo estas cinco ciudades concentran el 54% de la población urbana del país, y replican en la provincia las taras del centralismo a menor escala. Resumen no sólo el grado de concentración de población de su región, sino además son el centro del poder económico, financiero, político, y, es, evidente que allí se dirigen los deseos de vida de muchos pobladores.

El sistema de ciudades, con más de 20 mil habitantes, ahora abarca 90 ciudades principales del Perú, que concentran cerca del 85% de la población urbana, ciudades que vienen replicando en sus respectivos ámbitos, en similitud a la gran ciudad, el mismo modelo, en parte, caótico de la gran urbe, con los mismos problemas en ciudades como Arequipa, Trujillo, Chiclayo, Piura, Chimbote, Huancayo o Juliaca, con el mismo espectro concentrador, no sólo en lo demográfico, sino en el plano económico, social, e incluso político. Ha crecido la población, con ella el tráfico automotor y la contaminación que abona al cambio climático.

En Lima, se genera cerca de la mitad del PBI o producto bruto interno peruano, concentrando las posibilidades de empleo y mejor ingreso, frente al resto nacional. En un amplio espejo también refleja grandes problemas: desigualdades e informalidad, inseguridad ciudadana, y crimen. Exhibe las mayores demandas de servicios públicos, vivienda y saneamiento, educación, salud, transporte. Incluso en su periferia conviven grandes bolsones de población en pobreza y pobreza extrema.

Al venir a la ciudad las poblaciones rurales, abandonan sus casas, y campos de cultivo, de los centros poblados distantes, hay muchos casi despoblados, sin apoyo por años, ni presencia del Estado. En el país, aún no se ha dado un auténtico proceso de descentralización económica, con proyectos públicos o privados, de desarrollo regional y local. Atención continua, rutinaria, a la pequeña producción de las áreas rurales. En el Perú existen 2,3 millones de productores del campo, agricultores, en su gran mayoría micro y pequeños, con explotaciones diminutas. Que requieren de ciertos estímulos económicos, y sociales. Juega a favor, los avances en la conectividad que acerca los mercados a estas poblaciones, lo cual permite, a su vez, que ellos abastezcan con alimentos a la población de las ciudades. 

El reto es combinar lo grande y lo pequeño, lo ancho y angosto, balanceando las grandes demandas de las sobre dimensionadas ciudades, sin descuidar ni olvidar los pequeños pueblos y sus necesidades, es tal vez el reto del futuro del Perú, que trascienda el bicentenario, con una visión descentralista, a la vez integradora, que cubra la aspiración de todos los peruanos. Al final de cuentas, hay una ventaja, al citadino también le encanta el olor del campo, la belleza de su paisaje, el sabor de sus productos y el descanso que regala.