Hagamos el amor…

Papa emérito Benedicto XVI
Federico Prieto Celi

El papa emérito Benedicto XVI ha dicho en Semana Santa de 2019  que el fenómeno inmoral de la pedofilia en la sociedad actual, que ha invadido a la Iglesia, se origina en el movimiento de la revolución cultural de 1968, que entre otras cosas –recuerdo yo- proclamó: “Hagamos el amor y no la guerra”.

La revolución del 68 estremeció a Europa Occidental y a Estados Unidos; y llegó a los demás continentes más lentamente. Por eso, la batalla por cambiar unos textos escolares éticos  orientados por la doctrina cristiana a otros impregnados de erotismo y pornografía recién se inició intensamente a partir del documento “Necesidades Básicas de Aprendizaje”, aprobado en la Conferencia Mundial sobre Educación para Todos, Jomtien, Tailandia, marzo de 1990, impulsado por un organismo de Naciones Unidas. 

Hasta aquí una referencia histórica para todos. A partir de ahora voy a hacer otra referencia histórica para los creyentes con permiso de incrédulos, agnósticos, indiferentes y ateos, que con todo derecho pueden dejar de leer esta columna.

La secularización del mundo moderno tiene una serie de hitos en lo que la teología espiritual denomina “fenómenos extraordinarios”, como el que ocurrió a fines del siglo XIX [el 13 de octubre de 1884 o el 25 de septiembre de 1888, según versiones distintas].

Después de celebrar la Misa, al comienzo de la mañana, el Papa León XIII, estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando de pronto se detuvo al pie del altar y quedo sumido en una realidad que solo él veía. Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Fue palideciendo. Una versión afirma que se desmayó y que los presentes lo dieron por muerto. Algo muy duro había visto. De repente, se incorporó, levanto su mano como saludando y fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Que le sucede su Santidad? ¿Se siente mal? El respondió: «¡Oh, que imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!».

Después de media hora, llamó al cardenal secretario de la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordenó que la enviara a todos los obispos del mundo, indicando que bajo mandato tenía que ser recitada después de cada misa. Los obispos comprendieron que se trataba de una medida de protección para la Iglesia contra los ataques del infierno; una súplica por las grandes intenciones de la Iglesia, en las que debía participar también el pueblo, y que por eso se rezaban con los fieles en su propia lengua, cuando la misa era todavía en latín.

Esta oración fue resultado de una revelación privada históricamente probada. Estaba dedicada a san Miguel Arcángel. Pío XI la recortó por razones prácticas.  Se siguió  leyendo al final de la misa hasta la reforma litúrgica de 1969, precisamente un año después de la revolución del 68.

Los padres de familia peruana deben seguir luchando para erradicar la ideología de género en los colegios. Pero no sobra decirles que, en la visión de León XVI, quedó claro que san Miguel vencería a Satanás en su lucha por destruir a Iglesia, después de cien años de lanzar tentaciones diabólicas a los creyentes.