Genética y economía

Charles Philbrook

Más que un doctorado en Ciencias Políticas, Economía o Sociología, quizás de uno en Biología se requiere para entender por qué, sin excepción alguna, el socialismo, como sistema político-económico, en el largo plazo está condenado irremediablemente al fracaso. Eso le canta la Naturaleza al hombre.

Fue Charles Darwin, y su teoría del proceso evolutivo mediante la selección natural, el primero en explicar cómo la competencia entre especies por territorio y alimentos conduce a una lucha por la existencia; una lucha en la que sobrevive el más fuerte, el más capaz. En los albores de la vida en la Tierra, los genes, esas grandes fábricas moleculares en las que los insumos son la unidad de las características hereditarias, se reproducían sin ayuda de otras substancias. En algún momento, ciertos genes (no todos), empezaron a desarrollar ‘herramientas’ que cumplían una doble función: protección y replicación genética. Lo original de estas herramientas es que se construían cambiando únicamente la secuencia de la base nitrogenada del ADN (ácido desoxirribonucleico).

Pero de qué le sirve esa innovación al fabricante de herramientas si la comparte con la competencia. De no mucho. Los genes entonces comenzaron a cercar los compartimentos en los que se guardaban estas herramientas. Estas cercas en los virus se llaman cápsides, y células en todos los demás organismos vivos.

Dos reconocidos teóricos evolutivos, Darryl Reanney y Richard Dawkins, plantean que hasta antes de que los genes se volvieran “egoístas”, el proceso evolutivo de adaptación al entorno era uno en el que la experiencia era colectiva, no individual. Es recién a partir de ese preciso momento en que aparecen las cápsides y las células en que la competencia entre especies caracteriza a lo que llamamos vida en la Tierra. En palabras de Reanney, “los genes se volvieron propietarios, dejaron de ser socialistas, y el mecanismo de propagación genética se hizo capitalista, competitivo”. No es ninguna casualidad, asegura, que las reglas de la evolución en la Naturaleza sean tan similares a las reglas en los mercados. (“After death: a new future for human consciousness”, 1991.)

Sin mucha dificultad y con no poca credibilidad se puede argüir, sin temor alguno a ser etiquetado como criptochavista, que la vida en sociedad no tiene por qué replicar la vida en estado salvaje. Somos algo mucho más que células egoístas. Quizás. Pero quien discurra por esos senderos ocultos de la Lógica debe, mal que bien, recordar que el todo es la suma de sus partes, y no al revés.  Nuestras células nos hacen, y no al revés. El socialismo niega todo lo que implica evolución. Negarla conduce a contradicciones internas que el tiempo se encarga de amplificar, y que la teoría matemática del caos algo de luz aporta al descalabro final genéticamente codificado en este falso sistema.