Nombres de la democracia actual

Federico Prieto Celi

¿A qué se deben los azotes sociales de las últimas décadas, como son el terrorismo cruel y sanguinario, la avidez por el dinero mal habido, el saqueo del Tesoro Público, la mediocridad ambiente –y hasta mezquindad- a causa de una decepción colectiva, y la pobreza producida por cambios revolucionarios que empobrecieron a muchos ricos sin sacar de la pobreza extrema a los débiles y abandonados de la suerte?

¿A qué debemos el haber aceptado sumisos los vientos del este –que vienen desde el otro lado de la Amazonía-, con una tragedia de corrupción, que ha dañado a las instituciones del Estado y a las organizaciones empresariales de punta, como todos sabemos? ¿A qué debemos la trama compleja de medidas diversas, venidas del Primer Mundo, muchas veces de manera soterrada, que buscan detener –y hasta revertir- el crecimiento poblacional peruano?

¿A qué debemos que el crecimiento de ciudades en el país que ofrezcan una sociedad de bienestar al menos como ya  la ofrece la capital? Porque no puede haber desarrollo real sin una distribución demográfica y productiva armónica, de acuerdo con las riquezas de cada región, de las posibilidades de convivencia y sociabilidad, de industrialización y comercialización, pensando por supuesto en construir vías de transporte adecuadas; y unos servicios médicos de salud pública –excelentes y gratuitos-,  y la debida seguridad social en salud para los trabajadores. De lo contrario, no solamente las regiones quedarán semi-abandonadas, sino que la macrocefálica Lima seguirá sufriendo ese nefasto mal.

Estos flagelos son fruto de la degeneración de la democracia como sistema de gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, que ha pasado a ser, en términos clásicos, demagogia –el gobierno impuro de los peores, en la definición aristotélica-; oclocracia –el gobierno de las masas, que zozobra en un populismo ilegítimo, según el ilustre historiador  Polibio-; y desde otro punto de vista, kakistocracia, cacocracia o caquistocracia, términos similares usados por los filósofos Frederick M. Lumley (inglés), Michelangelo Bovero (italiano) y Jorge L. García Venturini (argentino) –el gobierno de los peores, incapaces, matones y nocivos, con camarillas sagaces sin escrúpulos-; y cleptocracia -el gobierno de los que roban, usado por el norteamericano Ralph Nader-.

Recientemente, el escritor francés Jean d’ Ormesson ha creado el término despectivo ineptocracia, el gobierno de los menos preparados para producir y ganarse el sustento. Encontramos así descripciones de sistemas políticos degradados y caóticos, que espantan o expulsan a los posibles gobernantes prudentes y valiosos, para dejar el campo de la política activa a los ciudadanos más temerarios y menos preparados –ladrones e ineptos, los ha calificado Moisés Naim- que no buscan servir al bien común sino aprovecharse de los privilegios del cargo público.

Todavía no hemos encontrado una varita mágica que la destierre, como no sea recordar el temor de Dios como referencia trascendente; la moralidad como base de la convivencia pacífica; la palabra de honor como punto de partida de todo contrato; el uso responsable de la libertad como clima irrenunciable para la actividad productiva y para  el respeto a las autoridades.