El momento de Haya

Ramiro Prialé

Tras el escándalo Lava Jato y Lava Juez, el país ha sido testigo asombrado de cómo la clase política nacional por décadas y de manera miserable, ha vendido al país.

Gracias a los cientos de millones de dinero mal habido, adendas jugosas y proyectos inflados, se conformaron con el tiempo, clanes familiares, cofradías del delito y grupos secuaces para el asalto y secuestro al paso de la cosa pública, utilizando la careta de partido político.

Sendas organizaciones criminales recicladas como partidos políticos, parecen haber suscrito este credo «si robas lo suficiente podrás comprar abogados, jueces, congresistas y periodistas al peso».

En un país de autoridades y políticos de precio conocido, el dinero definitivamente lo compra todo. Y esa ha sido la ventaja que han tenido para sí, los grandes ladrones del Estado.

La orfandad política que vivimos, la ausencia de referentes con ideas, de líderes por lo menos sin prontuario, es patente en el Perú post Lava Jato.

Haya de la Torre fue perseguido por sus ideas, por cuestionar el status quo de un país dominado hace casi un siglo, por 50 familias; un Perú oligárquico contra el que Haya enarboló las banderas de la justicia social.

Ese era el aprismo de entonces. Su mensaje cautivó a los jóvenes e intelectuales de su época. Haya, además, carecía de bienes, no tenía casa propia. Vivía en Villa Mercedes, en Santa Clara, una vivienda prestada, rodeada de chacras y sin alumbrado público. Su honestidad era tal, que ni sus enemigos más acérrimos osaban cuestionarla para insinuar que era un ladrón. Todos los muebles de su casa eran donados por la gente que lo visitaba. En su comedor ninguna silla era igual a otra. Los sillones de su sala eran todos diferentes, regalados porque le sobraban a alguien más. Murió pobre.

Y es porque he sido testigo de ello, que me resulta y resultará siempre ofensivo el comparar a Haya de la Torre con Alan García.

Hoy, es el círculo de poder que le sobrevive a García, el único interesado en vender el mito de su supuesto martirologio. Es todo un verdadero desperdicio de tinta en un hombre que traicionó a Haya, utilizó el poder para permitir la expoliación del Estado y se suicidó antes que lo capturen. No es un héroe nacional, no es un ideólogo y definitivamente no es un ejemplo a seguir para nadie.

Es este mismo círculo sobreviviente el que se juega su futuro político tratando de preservar la «dedocracia» y retener poder a la vieja usanza, impidiendo una reforma política que, de consolidar el sufragio directo ciudadano para elegir autoridades organizado por la ONPE, será barrido en elecciones transparentes.

Como el propio Haya decía «…a la conciencia del pueblo se llega, como hemos llegado nosotros, con la luz de una doctrina, con el profundo amor de una causa de justicia, con el ejemplo glorioso del sacrificio».

Y por ese ejemplo es que hombres como mi padre lo siguieron a costa de sacrificios personales inmensos, que me constan. Familia, bienes, la propia libertad.

El Apra tendrá que decidir si quiere ligar su destino a la historia judicial de un suicida o recuperar su identidad con Haya de la Torre, el ideólogo que murió sin propiedades ni dinero mal habido pero que llegó a la conciencia de toda una generación con la prédica de su ejemplo y la sola fuerza de sus ideas.

* El suscrito no milita en el Apra.