Mis recuerdos de García y Fujimori

Alan García y Alberto Fujimori
Uri Ben Schmuel

No hay medias tintas cuando de Alan García (AG) y de Alberto Fujimori (AF) se trata. Se les ama o se les odia, pero a nadie dejan indiferente. En el caso de AG lo he podido comprobar de nuevo en semanas recientes debido a columnas de opinión publicadas en este portal y las reacciones y comentarios que suscitaron. 

Inútil explicar a algunos, más viscerales que meditativos, que las columnas de opinión son justamente eso, opiniones. Y que el comité editorial de Café Viena no necesariamente comparte los puntos de vista expresados en ellas. Pero, obviamente, si algunos nos acusan de proapristas y otros de antiapristas (o antialanistas, para ser más precisos), significa que no somos ni lo uno ni lo otro. 

Sobre AF nadie ha escrito aún en Café Viena. No es difícil suponer que probablemente se suscitarían las mismas reacciones, a favor o en contra, según el tenor de la columna. En un extremo están los que consideran a AF “el mejor presidente en la historia del Perú desde el señor de Sipán” -si mal no recuerdo lo dijo Cecilia Blume en una entrevista a la revista Cosas, en referencia al primer gobierno de Fujimori-; en el otro, aquellos que sostienen que todos los males del Perú empezaron con él.

Como en todo en la vida, la verdad debe estar en algún lado en el medio de estos extremos, en ese ‘chung lu’ del que hablaba Confucio, y que un rabino (Luzzato, creo) llamó el sendero de los sabios. No voy a terciar en la polémica, no seré ni abogado defensor ni fiscal de AG y AF, que bastantes hay en el bando que los llevaría a los altares y en el que los odia con una intensidad diría metafísica, a la manera de Ahab con la ballena blanca. De modo que no esperen ni sahumerio ni arpones en las líneas que siguen, apenas los recuerdos de un viejo periodista que a estas alturas es también periodista viejo.

Empecemos por orden cronológico con AG. Lo entrevisté por primera vez para la revista Oiga en 1981, cuando Alan era un joven diputado, en una casa de San Borja cercana a la de Javier Alva Orlandini. Un par de días después de publicada la entrevista, que se tituló “Alan García ve con los ojos de Kant” (fue idea de Paco Igartua, yo había puesto un titular soso) me llamó por teléfono para agradecer la objetividad (recuérdese que Oiga era antiaprista virulenta) y pasó a recogerme acompañado de doña Pilar Nores y de su hija Josefina, que entonces debía tener cuatro o cinco años.

Fuimos al Tambo de la avenida Arequipa y no sé si mis recuerdos me traicionan y estoy reconstruyendo el pasado, pero apostaría que hablamos de Fonkén, que se había suicidado justo enfrente. De ahí nos trasladamos a la plaza de Armas. Alan -esto sí lo recuerdo con nitidez absoluta- puso a Josefina sobre sus hombros, señaló un balcón de Palacio, el del lado izquierdo, el más cercano al Haití, y le dijo: “Hijita, cuando sea presidente voy a dar mis discursos desde ese balcón”.

Luego vimos la procesión que salía de la catedral. Porque era Domingo de Ramos, cuatro años antes de que AG saliera a dar su primer ‘balconazo’. Lo entrevisté después, tres o cuatro veces, pero nunca en Palacio de Gobierno. De nuevo para Oiga en el departamento de la avenida Pardo -donde me regaló una primera edición autografiada de El Futuro Diferente que se me extravió junto con un también autografiado El Libro de Manuel de Cortázar en una de mis tantas mudanzas-; para Gente en la casa de Chacarilla de donde escapó por los techos el día del autogolpe de Fujimori; y la última vez, para Expreso, en su estudio de Miraflores, hace un par de años. Pero es esta primera entrevista la que más recuerdo y recordaré sin duda, debido a su obvia asociación con esta última trágica Semana Santa.

A Alberto Fujimori lo entrevisté dos veces, ambas para Gente. La primera vez en Palacio de Gobierno. Me hizo esperar un par de horas y cuando llegó se disculpó por el retraso. “Estuve en una reunión con los altos mandos militares”, me dijo. “Los tuve que carajear porque yo sí ejerzo como jefe supremo de las fuerzas armadas”, añadió. Le pregunté cómo planeaba gobernar con la oposición del Congreso, que ponía obstáculos a sus proyectos de ley en temas económicos y antisubversivos. Su expresión se hizo más inescrutable que nunca y respondió secamente: “Tengo algo pensado al respecto”.

La entrevista se publicó si mal no recuerdo a mediados de marzo de 1992. Menos de un mes después, una noche de domingo, mientras veía una vieja película en mi betamax, recibí la llamada de un editor: ¡prende la televisión! Lo hice en el preciso instante en que AF decía “disolver, disolver”, y recordé su críptica respuesta durante la entrevista.

La segunda entrevista fue una semana o diez días después del autogolpe. Esta vez en el Pentagonito. De nuevo me hizo esperar largo rato y apareció no en terno y corbata como la primera vez sino en buzo y zapatillas. “Vengo de hacer gimnasia para relajarme”, fue esta vez su disculpa. Cuando le pregunté qué iba a hacer ante la presión internacional me dio la misma respuesta que la primera vez en Palacio: “Tengo algo pensado al respecto”. Luego vendría la gestión de Hernando de Soto y la convocatoria al CCD…