Cuando cambió el Perú. No más gamonales

Hugo Neira

Muchos temas trotan en mi visión del mundo actual, por ejemplo los resultados de las elecciones para el Parlamento Europeo, tanto o más que los populismos, los votos ‘verdes’ o ecológicos. ¿Saben lo que eso significa? Un cambio de vida, de civilización. También podría reflexionar sobre un tema actual y peruano. La confianza en el Ejecutivo desde el Congreso. Pero prefiero esperar lo que sigue, luego del 15 de este mes. Sin embargo, dejo esos temas por otro. Estamos en junio. Y en junio de 1969, termina el feudalismo y el trabajo sin salario de millones de indígenas. No era solo una reforma de la propiedad de la tierra. Se acababa la colonia. No más indios siervos y mandones gamonales.

Las líneas que siguen son aquellas que escribo el 31 de agosto de 1975, cuando Velasco deja el poder y lo reemplaza Morales Bermúdez. Era yo el director del diario Correo, y sabía lo que me iba a costar ese gesto. El texto que sigue no tiene ninguna modificación al original. Pero no es todo el texto. Un fragmento.

«Velasco, el fundador»

Tuvo que venir de la humilde provincia esta fuerza de renovación que transforma el Perú, Juan Velasco, nacido en Castilla, distrito de Piura (1910). Tierras norteñas, tierras de dolor y éxodo. Gentes de abajo para las cuales la historia siempre fue una mala pasada. El adolescente Velasco se embarca. De polizón viene de Paita al Callao. Toca las puertas de la Escuela Militar de Chorrillos, todavía bajo influencia francesa. Para ingresar sienta plaza de soldado (1929). El resto, lo conoce la historia reciente. Las mudanzas geográficas y burocráticas de una carrera militar. Hasta la madrugada del 3 de octubre.

Quizás de esas tierras de Castilla la piurana trajo consigo su amor al terruño, al río y a la montaña agreste, como los de Chaclacayo, ahora, su retiro. Quizás trajo, también, esa efusividad de hombre de campo que no le gastaron nunca las aristas lujosas de Palacio. Y la voluntad de partir el pan con el hermano, la búsqueda de una comunidad de riquezas y bienestar, hijo pródigo él mismo, de un trabajo honesto. Y porque venía del norte costeño, el alma de la jarana y la zumba costeña airearon siempre su palabra, porque las traía educadas por el habla popular, ojos y oídos donde se reconocía el pueblo. Y un cierto candor, como el de las almas campesinas. Y de toda la secreta región de la infancia, la derecha intuición y la conciencia del destino de los otros, de millones, que a despecho de su caso no llegaban a generales.

A este soldado se le ocurre pues, en 1968, la gran herejía de la vida peruana. La herejía de la felicidad para los pobres. Solo siete años: y del pueblo dulce y sumiso, de una de las más explotadas patrias de la América indígena, se alza otra nación, otro orden, otro Estado. Nada más fantástico que esta realidad. Nada más desbordante, aún que la imaginación, que el proceso revolucionario de estos años. El nombre de Velasco queda ligado para siempre a la recuperación de los recursos naturales del dominio extranjero, a la nacionalización del comercio exterior y la banca, a la liquidación del latifundio, a la naciente siderúrgica, petroquímica y pesca, a la propiedad social y el oleoducto que atravesará los Andes, como al nacimiento de miles de instituciones de base. A una política internacional tercermundista, a la reforma de la prensa, y a tantas otras cosas que no tienen por qué estar en una nota de comprobaciones melancólicas.

Este soldado marcó una hora. Desde entonces sabemos mejor quiénes somos y adónde vamos. Su nombre estalló como una granada entre nosotros: Velasco. Se rompieron las dentadas ruedas de la tradición. Se hizo trizas el país oligárquico y altanero. Reforma agraria o comunidades laborales: la virtud de Velasco fue el desquite de los oscuros. Y durante siete años para todos, revolucionarios o no, la zozobra y el asombro de vivir un tiempo de intermedios, sus decisiones mantuvieron en vilo la nación, pro o contra. Jamás indiferente ante sus gestos. Y cada medida iba añadiendo en el reino indeterminado y siempre inconcluso de lo político, otro ordenamiento socioeconómico, coherente, que le sobrevive. Cierto, la política revolucionaria peruana no comienza en 1968. Fue el pedido de varias generaciones sacrificadas en mazmorras y en exilios. Cierto, la «intelligentzia» reclama su lugar en este resumen, desde Mariátegui a Arguedas. Pero sin esa gran osadía, sin Velasco ¿qué hubiera sido la política sino una forma más de la incoherencia criolla? ¿Qué, la literatura, sino otra manera del desencanto? Cuando volteamos hacia atrás, Luis Cardoza y Aragón, por otra patria americana que se nos parece, «algo de lo mejor nuestro es memoria de pesadilla». Y bien, pregunto: ¿es esta nuestra memoria de los siete años transcurridos? ¿Es la descripción del presente, la descripción de la noche? Ciertamente no. Tiempos difíciles, sí. Puesto que tiempos de rupturas. Tiempo para hombres enteros.» […]

Correo, domingo 31 de agosto de 1975, p. 12

Nota actual

Una semana más tarde, el gobierno militar que me había llamado a ser Director —no fue un cargo que yo había pedido—, con la misma potestad que me había nombrado, me quitó el cargo. Lo encontré normal. Hasta ese momento, ese diario encarnaba una de las varias corrientes políticas que habitaban lo que se llamaba el velasquismo. Hubo tendencia procubana (en Expreso) de corte demócratacristiano, de voluntad más bien autoritaria. Y nosotros, en Correo, una corriente que aprobaba la «propiedad social», es decir, la autogestión. Acaso era una quimera, pero eso era lo que nos reunía, Jaime Llosa, Carlos Delgado, Carlos Franco.

Ahora bien, acaso la insolencia de ese adiós a Velasco me valió la persecución bajo el gobierno de Morales Bermúdez; se declaró contra mi persona. Once meses estuve haciendo una vida clandestina. Me hacían auditorías, pero primero querían meterme preso. Y no lo lograron. El esposo de una tía mía, hermana de mi madre, José Hermoza, a quien la reforma agraria le había intervenido mas le habían dejado tierras, —lo suficiente para seguir como agricultor (era muy moderno, se había formado en los Estados Unidos)—, llama a mi madre y le dice que venga a su granja. Cuando me recibe me dice: «nadie te va a buscar, Hugo, en la hacienda de una de tus víctimas».

Y así fue. Un año más tarde, aparecieron tres coroneles, que eran velasquistas, y le dijeron a mi madre: «No sabemos dónde está su hijo, pero dígale que se vaya. Le hemos abierto la puerta. Pero por un corto tiempo. Que pase por Torre Tagle donde le espera su pasaporte». Y así fue. En Francia me esperaron con los brazos abiertos. Volví a los estudios. Historia, Ciencias Políticas, y añadí Ciencias Sociales. No volví nunca a la política peruana. Seguí estudiando, y cuando llegue el ángel de la guadaña, aquel que visita a todo mortal, me encontrará escribiendo un texto o leyendo un libro. Perdón por estas líneas finales, pero hay cosas que a veces hay que contarlas. Nadie tiene comprada la vida.