Maltratados y humillados

Uri Ben Schmuel

La izquierda gramsciana (más conocida en el Perú como ‘caviar’) colocó esta semana uno de los últimos clavos en el ataúd en el que yacen las fuerzas armadas. La encargada, esta vez, del certero martillazo –como informó con entusiasmo la agencia de noticias oficial Andina–, fue la ministra  de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, Gloria Montenegro, egregia representante de la corrección política imperante en estas tierras.

La actividad, en apariencia, tenía el propósito de mostrar cómo el Ejército peruano se ha sumado al objetivo de luchar contra la violencia hacia la mujer. Hasta ahí, perfecto. Nadie en su sano juicio puede objetar campañas que busquen sensibilizar a la población para que ninguna mujer sea maltratada ni humillada. Y tiene toda la razón la ministra Montenegro cuando señala que la violencia contra la mujer y los feminicidios se han convertido en nuestro país en un problema de salud pública.

Pero, y este es un gran pero, para inculcar a la ciudadanía que a una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa, ¿era necesario vestir a los miembros del Ejército peruano con mandiles rosa encima de sus uniformes y además debajo de un retrato del aguerrido héroe Francisco Bolognesi?  

Las redes sociales se llenaron de inmediato de memes con tanques pintados de rosado y odiosas comparaciones con los uniformados del vecino sureño. Ni corta ni perezosa, la ministra replicó, según Andina: “Que una institución como el Ejército peruano esté presente colaborando en el desarrollo del país no lo humilla sino que lo enaltece, porque hoy es el momento de entender que hay que romper estereotipos y unirnos en contra de la violencia hacia la mujer”.

En la superficie, en lo formal, resulta complicado y hasta antipático llevarle la contra a la señora Montenegro y a su campaña “Hombres por la igualdad de género, Fuerza sin violencia”.

Pero si hacemos un esfuerzo por ver el bosque y no el árbol y evitamos enredarnos en bizantinas discusiones sobre si se infringe o no el reglamento castrense con el susodicho mandil, podemos llegar a algunas conclusiones. Pues la actual ministra pertenece a ese sector, reiteramos, políticamente correcto, que a lo largo de las últimas décadas se ha dedicado, con entusiasmo digno de mejor causa, a perseguir judicialmente, a través de ciertas ONG, a militares y policías porque combatieron el terrorismo con balas y no con rosas. Y que dio a luz ese mamotreto llamado Informe CVR en el que se llama “militantes” a los terroristas y “cárceles del pueblo” a las infames mazmorras donde encerraban a las víctimas de secuestro.

Eso para no mencionar que se presenta todo el “conflicto armado interno” casi casi como un espectáculo boxístico: en esta esquina los militares y policías; en aquella, los “militantes” de SL y el MRTA. El propósito, claro, no es otro que colocar  en un mismo plano moral a los heroicos defensores de la democracia con aquellos asesinos que buscaban destruirla.

Bueno, estos mismos hijos de Gramsci son los que ahora visten a los soldados de rosa.  Usan la violencia contra la mujer, repudiable sin medias tintas, como pretexto para humillar y maltratar al glorioso Ejército peruano. “Contra los cuerpos, la violencia: contra las almas, la mentira”, dijo Lenin. Y cuando eso no baste, diría ahora, usa los mandiles rosa…