Velasco, el maldito entrometido

Hugo Neira

En el Perú ha habido dos intromisiones. La llegada de San Martín y Bolívar, y la de un militar piurano de origen popular, Juan Velasco Alvarado. Ni uno ni otro estaban solos. Tras San Martín, la flota que los chilenos dotan a esa expedición bélica, amén de los ingleses del marino Cochrane y los guerreros extranjeros como Miller y Sucre.  ¿Independencia del Perú o la inevitable batalla final contra los españoles? Es de temer lo que hubiese sido un referéndum. Acaso muchos peruanos, en particular los criollos (los indios no existían como ciudadanos), hubiesen votado por una salida negociada, o algo por el estilo. Los entrometidos, esos libertadores, después de su victoria se fueron a los pocos años.

Pero en el siglo XX, se repite otra amarga sorpresa. Una independencia esta vez para indios y cholos. Un militar altera de pies a cabeza el orden señorial y patrimonial. Hasta nuestros días, tal atrevimiento no se le perdona. Castoriadis decía que las sociedades tienen sus reglas ocultas. Y que el trabajo de los que piensan es, justamente, ventilarlas. Me parece que la convicción más profunda de mis paisanos es progresar, pero sin cambiar en lo más mínimo las jerarquías sociales por mucho que estas sean arcaicas e injustas.

¡Qué abuso de poder! Ya no hay casi indios. La herejía imperdonable de Velasco consiste en liberar a los peones de hacienda, no por azar llamados colonos, del dominio sino esclavista, al menos servil. ¿Reforma agraria? No, señor. He escuchado lo esencial de boca de gamonales. «Tierras sin indios, no valen nada». No han entendido, 50 años más tarde: lo que contaba era la fuerza de trabajo de los indígenas sin tierra y que trocaban  sus días y semanas de trabajo por un lote prestado. Doble trabajo, la miseria perpetua. ¿Y por qué había que cambiar ese orden social? ¿Quién lo eligió? Estaba previsto que nadie que pretendiera tal error no llegase jamás a Palacio. Pero eso se rompe con un entrometido. Un tal Velasco. 

En la historia, la nuestra, la de la América Latina, y en general en la historia de los pueblos y naciones, el campo de lo imprevisible es inmenso. ¿Quién habría previsto algo como la revolución francesa en 1789? Ni los más audaces ilustrados, ni Voltaire ni el mismo Rousseau. Explico a mis alumnos que en El contrato social, hay muchas ideas pero no la de justas electorales. El filósofo llama ‘república’ tanto una monarquía como a gobiernos posibles sin reyes, pero en ambos casos, con leyes e igualdad de ciudadanos. No previó que a un Luis XVI, que intentó fugarse y sumarse a la nobleza que ya se había instalado en el extranjero, lo capturaran, lo trataran de Capeto, lo enjuiciaran y lo guillotinaran. Las sociedades van más lejos que sus filósofos. En cuanto a 1917, Lenin y Trotski regresan del exilio cuando el zar ya había abdicado. En México, ¿quién iba a pensar que dos desconocidos, dos hombres del pueblo, el ladrón de caballos Pancho Villa y el capataz Emiliano Zapata, iban a encabezar una revolución gigantesca desde el pueblo mexicano que duraría varios decenios? ¿Y modestamente, para el Perú, que tras un siglo de golpes de Estado y militarotes —Sánchez Cerro, Benavides, Odría— los militares no solo dejaran de proteger a la casta dominante sino que emprendieran una desfeudalización que hasta ahora deja boquiabiertos a mis paisanos?

Pero los sabios son siempre sabios. Dejo estas líneas, me hago un café muy cargado, y me voy al cuarto de al lado, donde está Jorge Basadre. Mejor dicho, sus libros. El ángel de la muerte no vence del todo mientras haya la palabra escrita. No un PowerPoint, eso es cosa para empresarios y falsos profesores que creen que las ideas se ven, no es así. Los conceptos son semánticos. Son escritura, la cual tiene que explicarse. El concepto de legitimidad, por ejemplo, es variado. En fin, Basadre nos proporciona «el azar en la historia». Lo busqué en librerías porque me interesa al ocuparse del retardo de la independencia peruana. Se pregunta si la revolución del Cusco en 1814 —mucho antes que apareciera en Paracas el general San Martín— era un levantamiento contra Lima y no contra España. Un historiador es talentoso cuando duda. Basadre duda, le llama a ese episodio peruano, «la independencia, luces y sombras». ¿Hubo un silencio popular —se pregunta— durante la Emancipación?

A lo que voy. Amo los viajes, el trabajo en el terreno de los hechos, para hablar de la Independencia en algún momento me fui al lugar donde se libró la batalla de Ayacucho, pero también soy un ratón de biblioteca. En uno de esos escarceos, en tiendas de libros viejos, me tropiezo con un texto de César Guadalupe, «Ciudad y política en el valle sagrado de los incas», está en Allpanchis, n°38, segundo semestre de 1991. Investiga las características del Estado en la región, la «institucionalidad moderna» (son sus palabras, las instituciones del Banco Agrario, la Supervisión de Educación, Poder Judicial, Urubamba, Yucay. Provincias con mayoría de población campesina y comunera, centralidad de la agricultura (62% de la PEA). Como producción, «papas y sus derivados, chuño, moraya, cebada destinada a la cervecería, charqui, habas, y otros tubérculos, crianza de camélidos». Y luego dice: «la Reforma agraria constituyó en la provincia siete cooperativas agrarias y un grupo campesino, asociada en una central de cooperativas del valle sagrado».

¡Caray! ¿Y no quedamos en que ‘el fracaso de Velasco’? Por si acaso, no conocimos a César Benavides en el Sinamos. Dudo que simpatizara con el velasquismo. Su informe de esa visita es de 1991. O sea, a dos decenios después de la maldita y fallada reforma agraria. Pero ¿qué tiene que ver el ‘fracaso’, con ese dinamismo que describe, en plan de observador? Nos habla en la revista Allpanchis, de «estructuras de pequeña y mediana propiedad, cooperativas, de industria manufacturera, pequeños talleres artesanales, molinos, aserraderos, y especialmente en la ciudad de Urubamba, de hornos de pan. En Maras, el recurso de la sal». El ‘fracaso’ resulta un mundo de hostales, de servicios del Estado post Velasco, tales como la «articulación vial, la carretera asfaltada que une capitales de provincia (cinco o siete), y desplazamientos de personas y mercancías y servicio regular de buses. Además,  tres mercados semanales, demanda de mano de obra estable, y propietarios campesinos en las zonas altas». Entonces, o bien hubo en esa visita, la sensación de un dinamismo comercial y local. O bien, debería ser un desierto y un pozo de inercia rural. Lo que describe no es lógico. ¿’Fracaso’, cuando describe, textualmente, «una enorme cantidad de gente que hace cola para tramitar préstamos (maquinaria y equipos) y ferias agropecuarias y comercialización del valle»?

Por cierto, no soy tan idiota que atribuya a la reforma agraria de Velasco toda esa vorágine. Pero sí sería una barbaridad no reconocer que poco o nada de lo que describe Benavides corresponda a lo que él llama, en el mismo texto, «el gamonalismo y el patrimonialismo». Él mismo dice que «han desaparecido con las haciendas». Lo digo porque otros observadores, como Daniel Cotlear, en 1988, habían notado una «economía moderna en las regiones tradicionales de la sierra». Igual, en Allpanchis. O sea, el ‘fracaso’ de Velasco.

Lo que no cambió fueron los hábitos seculares, entre legales e ilegales. Ya no había el gamonal pero sí «las ayudas informales, la vara, la corrupción, las relaciones personales de dependencia, los favores» (Benavides). El manejo partidario-clientelista. Tiempo de Alberto Fujimori. Lo personalizado reemplazando al antiguo patrimonialista. Y siempre, los allegados: familiares, ahijados, compadres. La conclusión: «las formas tradicionales de comportamiento seguían vigentes».

Fue otro tiempo rural. Otra sociedad. Lo vio Flores Galindo, la ambigüedad. Cómo forasteros y migrantes andinos, buena parte de los que dejaron el agro —pese a tener propiedades— hicieron, ante los enfrentamientos culturales, amalgamas. Más tarde, en Lima, la cultura chicha. El achorado. No todo fue el velascato. Orlando Plaza señala en 1979, que las comunidades (no los peones o colonos de las ex haciendas) eran una forma de organización económica y social inmutable. Desde entonces han crecido, hoy son 7000. De la naturaleza doble de la comunidad campesina, atrapada en lo mercantil y lo no mercantil, podemos seguir discutiendo. Pero siguen codeterminando la organización social andina (Jürgen Golte).

En el campo de las ideas, vino una época de enorme fecundidad. La utopía andina de Manuel Burga y Alberto Flores Galindo. El nacionalismo andino de Carlos Franco. El desafío de los pueblos andinos de Luis Millones. Se comenzó a hablar de «las lógicas del campesinado». Había aparecido una nueva racionalidad india. No dependían del favor del gamonal sino del dinero. Raúl Hopkins examina, en 1990, a jefes familiares y grupos de campesinos. «Tienen mucha preocupación por la falta de dinero en el hogar». Trabajan la tierra que les pertenece, pero completan sus ingresos saliendo a trabajar a otros lugares.

En estudios míos, en el departamento de Cusco, en el pueblo de Huarocondo, encuentro algo parecido, campesinos que tienen días de trabajo pero con otros oficios. Se nota las migraciones cortas y cercanas, como formas de ingreso al mercado. Después de Velasco y su reforma agraria, se pudo reflexionar sobre el post gamonalismo. Un ejemplo muy claro de ese sesgo —imposible antes de 1969— es la cuestión de la modernidad en los Andes, tema del muy recordado Henrique Urbano; ya no solo los reflejos atávicos que venían desde los días de Mariátegui, sino de ese mundo campesino que ya no estaba en la situación de marginalidad que el sistema de haciendas cerradas al salario y la moneda, volvió dominantes desde el último virrey hasta 1969.

Hablemos en serio. Velasco es algo que rompe el biodualismo blanco criollo e indios, determinante en la vida peruana desde la muerte de Atahualpa hasta finales del siglo XX.  Un  entrometido. Adiós al servilismo no solo rural sino urbano y para trabajos hogareños que les parecía a muchos peruanos algo natural. Lo indio antes de Velasco, era una capa social, pero algo más. Una casta destinada a la servidumbre. En un libro sincero y terrible, Urin Parcco y Hanan Parcco. Memorias sobre el tiempo de la hacienda y la reforma agraria (PUCP, 2017), aparecen personajes reales. Investigación de una mujer, Mercedes Crisóstomo Meza, licenciada por la Universidad Nacional del Centro y por la Católica de Lima, es la que ha hecho la pregunta clave: ¿cómo era la vida en estos tiempos de la hacienda?

– «Nos hacían sufrir mucho. Esos patrones nos pegaban. Nos hacían pastear ovejas. Si pasaba algo a sus ovejas, nuestras ovejas se separaban y llorábamos por nuestras ovejas. ‘¡Ay mi ovejita!’, diciendo. Si se comía el zorro, también nos pegaban esos Patiños [los propietarios]… ‘¡Carajo, mierda, a mi toro le has matado por no cuidar bien!’, diciendo le ha pegado a mi papá. Con la cachetada le había sacado sangre de la nariz y yo lloraba dando vueltas de un lado a otro. En las chacras también nos hacían sufrir».

¿Qué cambió con la reforma agraria?

– «Ahí, pues, lo han desaparecido al patrón.» (pp. 96-97, Isabel Buendía Lázaro, 67 años)

Otros testimonios.

– «Las mujeres cuidábamos a las niñas [hijas del patrón]. La patrona era Rosa Ortiz. A ella teníamos que servir. Teníamos que tender la cama, lavar las ropas, teníamos que cuidar a las niñas cargando. Eso hacíamos. (…) Con la reforma ya no sufríamos como antes. Antes, todo el día trabajaban para el patrón. Y si no trabajaban, el patrón  les pegaba.» (idem, p. 73, Emilia Nahuincopa Soto, 74 años).

– «No nos pagaba nada. Cuando pastábamos animales, a veces se moría y eso de todas maneras teníamos que reponer de nuestra parte. Una vez tenía que reponer cinco ovejas. (…) Entonces, tejiendo medias, braceras he comprado cinco ovejas para reponer. Así hemos sufrido.» (p. 62, Alejandra Quispe Belito, 77 años)

 

Entonces, ¿el «fracaso de Velasco»? Ya no les pegan.