Alberto de Belaunde y la deshonestidad gay

Dedicado a Oscar Ugarteche.

«Una canción de amor no es difícil cuando se viene de maldecir. Una de amor que mueve del odio al miedo quizás. Será de amor por sí tú me quieres.» Silvio Rodríguez

Fernando O`Phelan

Cuando fui a la casa de mi padrino a confesarle que era gay me dijo: Tato, yo ya lo sabía y estaré orgulloso de todo lo que logres. Estaba recién a mitad de la carrera en la Universidad. 19 años y estaba tan asustado que no sabía y no lo sé hasta ahora, si se puede ser feliz con opciones sexuales alternativas, creer en Dios, venerar a la Virgen de Guadalupe y saludar a la familia y a la patota del colegio como si todo en mi fuese normal. Peor aún cuando traté de ser justiciero desde los 17 años y ayudar de todas las formas que un ser humano puede ayudar frente a la explotación y el clasismo de una sociedad aparentemente mestiza y democrática pero realistamente segregacionista e hipócrita.

He seguido con atención la performance del Congresista Alberto de Belaunde y no puedo negar que su juventud, carisma y valentía inicial me cautivaron, pero al final todo quedó en ilusión porque reproduce los mismos vicios de la sociedad desigual: Cree que puede abanderar desde el Congreso la lucha de las minorías LGTB, cuando solo las usa para un ambicioso proyecto político, ser el líder de un partido liberal cool y elitista, caviar y barranquino con fotos de Testino.

El país gay es cruel. El Perú de los gay en Ferreñafe, Mollendo, Cusco o Tumán es solo una de las tantas ventanas cerradas y perversas. En esos lugares muchos de los hombres heterosexuales aparentemente lo son, pero es su cultura local y ocultan su verdadera sexualidad y manipulan eso que a todos nos retumba: el mundo de los cabros. Hace unos días un ilustrado oficial de la policía peruana usaba “cabro» y » rosquete» como palabras normales que no hieren a nadie. Esos hombres afeminados y pobres y/o esos hombres machos con short negro y polo verde sufren igual en sus pequeños mundos. No solo el tema de la estigmatización sino el de la falta de acceso a la justicia mínima.

Cuántas veces yo mismo me he burlado del serenazgo persiguiendo travestis. Cuántas veces me han llamado para pedir abogados en madrugadas donde hombres cortan con una botella el rostro o el pecho de un hombre gay que no quería seguir en esa farra de yonque, cumbia y Alegres de Bambamarca.

Dejémonos de hipocresías. La cara de Alberto de Belaunde ingresando a la Plaza Bolívar del brazo de un líder travesti, humilde y de pueblo, fue como la mía cuando treinta tumaneños fueron a mi cena de gala y ni los meseros que yo pagaba querían atenderlos.

En el Perú hay un drama gay como también hay dramas en el mundo de los agentes de seguridad y las empleadas del hogar. Nuestras nuevas formas de esclavitud en la agroindustria del azúcar, las canteras, la fruta o la misma minería informal del oro. Todas esas imágenes de lo peruano real y cruel no están en la mente ni el discurso de Alberto de Belaunde. Lo juzgo así porque somos una élite en un país destrozado.

Veinte años de un show de Drag Queen de barrio. Un país con banqueros, con generales, almirantes y políticos gay ocultos en roperos de cedro. Un político como Alberto que se dice liberal y gay cuando solo es un elitista conservador de todas las formas de explotación y corrupción que existen en el Perú new age.

De Belaunde debe probar que no forzó la creación una Comisión sobre abusos sexuales, generando un enorme gasto al Congreso, solo porque secunda la obsesión anticlerical de Pedro Salinas mitad agnóstico y mitad ex amante de un líder del Sodalitium. Asunto que no tendría nada de raro si solo veinticinco años después no hubiera denunciado abuso y tormento de lo que fue placer y consentimiento.

Los abusos sexuales y la criminalización de lo gay en el mundo de los pobres debe ser la prioridad de los que ven esta área de las políticas públicas. Ojalá se atreva a llamar a Monseñor Cabrejos y preguntarle si hay sacerdotes progres a los que se protege cuando cometen abusos y si no ha encubierto a sus amigos en Trujillo.

Alberto de Belaunde es como un show de medianoche en el downtown de Miraflores: luminoso y gracioso pero nada más.