¡¡¡Devuélveme la ilusión que te llevaste!!!

Renán Gorriti

Hoy celebramos el día del maestro, quien debiera ser y no lo es -en justicia- el ciudadano que ejerce el más alto cargo en una democracia, la de mármol, blanca y dura. Y como hombres educados, a decir de Borges, no les tomamos el pelo, aunque sí, los tabloides a diario anuncian de oficio al ofrecer en ilusiones, jugosos aumentos para estos de un sol por día al mes, como aquellos abusos de las estadísticas que miden la careta y realidad de nuestras democracias, y hasta progresos en unas cifras del tamaño de un grano de quinua. 

Un día de aquellos, un diligente y espigado maestro de escuela, de pulcro terno y relucientes zapatos lustrados, como director de un colegio particular en 1956, le pedía a Ramírez, el chofer del ómnibus que nos transportaba a clases de Lima a Bellavista Callao, un dinero que había llevado por encargo, aquel canoso piloto del bus, al Banco de Jesús María sin que pudiera depositarlo, pues paradójicamente aquel destino acataba una huelga de trabajadores bancarios y el colegio Alejandro O. Deustua fue fundado, para los hijos, –no de banqueros–, sino de los trabajadores bancarios o clase media clase turista, de paso. Y don Augusto Salazar Bondy, recién llegado de Francia con su pequeño auto Renault, miraba su reloj, con sus lentes redondos. Bonjour, Monsieur. Buenos días señor. Todas las mañanas de entonces,  bañadas de rocío nos esperaba y nos despedía con la solemnidad propia de un monarca. Mientras bajábamos, el filósofo nos saludaba con un buenos días señor alumno. Otro profesor, de ciencias sociales, allí junto a él,  era el pensador Aníbal Quijano, que parecía un guerrero espartano. Y por cierto, ya en formación, con una límpida voz sino de Catón, cual Demóstenes, el más grande orador de la Grecia antigua, nos dirigía con su impostada voz de teatro, unas palabras sobre lo que esperaban de nosotros, vale decir, una patria honesta, con madre y con Perú.  No estaba en Lima, ni era horrible el lugar, ni su cielo color panza de burro, pero el escritor Sebastián Salazar Bondy, allí profesor de teatro, era hermano del director. ¿Bondy? ¿Cuál de los dos? ¿El que escribe o el que piensa? Preguntaba en son de broma, Sofocleto, otrora gran satírico y  humorista del Perú. Pero las clausuras -no de locales- sino de años de estudios, llevó a mi maestro que marcó mi ser y circunstancia,  a decirle a mis padres y abuelos que yo debía recitar aquel poema del poeta y escritor español  Antonio Machado, que decía más o menos: “Yo voy soñando caminos, de la tarde, las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas. ¿A dónde el camino irá? Yo voy cantando viajero a lo largo del sendero. La tarde cayendo está… Era un sábado y el colegio lucía silencioso y vacío. Don Augusto, desde el tercer piso me dirigía, y me enseñaba cómo declamar. Hijo, levanta la voz, abre tus brazos, clama, emociona. Vuelve a hacerlo. “En mi corazón tenía la espina clavada de una pasión, logré arrancármela un día, ¡Ya no siento el corazón! Y al filo de la tarde casi: Mi cantar vuelve a plañir, aguda espina dorada, ¡Quien te pudiera sentir, en el corazón clavada! Y cuando llegó el día y abarrotado aquel patio donde florecieron nuestras fantasías y dejamos nuestras ilusiones, el público se envolvió en un turbado silencio. Bondy abandonó la silla de honor y subió discretamente las escaleras y se colocó en el lugar donde me talló en aquel poema. No olvidaré su gesto sereno, ese  que inyectaba confianza y eterna templanza. Fue una hermosa locura. Un adolescente rompiendo la impiedad de nuestros días. Puedo decir más de él, cuando entre las imprentas nos encontrábamos, él con sus nuevos libros de filosofía y yo, con mis publicaciones institucionales como escriba. Cómo te va, hijo mío. Y así, con ese trato paterno y fraterno, un día de aquellos, supe entre las máquinas de rotativas, de su muerte. Y pasado el tiempo, la del poeta Sebastián y hasta hace poco, la de Aníbal, el Quijano que nos dejó dilemas e interrogantes que llenan nuestros inciertos días. Maestro, devuélveme la ilusión que TE LLEVASTE. Hoy la necesito, como todos, desde las aulas, donde necesitamos hombres y no cobardes ladrones. En la jalca y el ocoñal, entre la puna y la desnuda fulguración de nuestros desiertos, anhelamos, pedimos, necesitamos, retorne la educación gratuita en  este país de rostro arrugado por herencia de sus grandes hombres, de sus andes, de volcanes extintos y montañas inaccesibles, como de abismos y desiertos.   La vida sigue siendo una suma de ilusiones en este país misterioso. Como periodista, literato y profesor, no puedo menos que hacer posible lo que me enseñaron, lo que fuera necesario hacer. Aprovecho la majestad que me brinda este momento, en este espacio libre, acaso queriendo atrapar el viento, y  sin malicia, poder rendir un cálido homenaje a ellos, los que se fueron,  y a todos los maestros del Perú, los que son y vendrán, que en su injusta y desconcertada pobreza, sigan siendo la esperanza peruana para levantar lo que hizo Dios para nosotros.