Arturo Salazar Larraín

Federico Prieto Celi

El lunes 8 de julio, la Universidad San Ignacio  de Loyola, por iniciativa de Raúl Diez Canseco, distinguió con el grado académico de Doctor Honoris Causa al veterano periodista Arturo Salazar Larraín. Para los millennials hay que decir que es el padre de Federico Salazar Bustamante. Tiene 93 años y es uno de los pocos sobrevivientes de la lista de periodistas que figura en el monumento al canillita que está en el inicio de la avenida Ricardo Palma de Miraflores, por haber defendido la libertad de prensa en tiempos difíciles.

He tenido la suerte de trabajar con Arturo en el diario La Prensa y en el semanario Opinión Libre. De viajar con él y con Juan Zegarra Russo a Buenos Aires, deportados por el gobierno revolucionario socialista del general Juan Velasco Alvarado. Inclusive entonces mantenía su tranquilidad proverbial. Su figura es sinónimo de apego a la libertad de expresión y a la verdad de los hechos. Después se dedicó mucho a la docencia, con igual fortuna. Era un maestro bien valorado por los estudiantes.

No es frecuente que un periodista reciba reconocimientos académicos de esta calidad. Le acompaña a Arturo en su trayectoria profesional el haber hecho estudios universitarios en San Marcos y su vieja amistad con Jorge Basadre, que le dirigió su tesis doctoral, y a quien acompañó cuando fue ministro de Educación. Ha escrito de política nacional y, mucho, de política municipal, con la experiencia de haber sido regidor y teniente de Alcalde de Lima.

Rafael Rey, con quien fue parlamentario durante un mandato, ha leído la Laudatio de Arturo, en la que pasa revista a los principales hitos de su vida. Debo añadir sin tapujos que ha sido un católico practicante y un católico de pensamiento, especialmente en lo que respecta a los estudios de población mundial, donde no se ha dejado atrapar por ninguna ideología, ateniéndose solamente a la verdad natural y al sentido común. Quizás por eso se le ha querido silenciar en esa materia.

Mi agradecimiento a Arturo por tantas lecciones de vida. Era tanta su fidelidad a la verdad que un día, comentando que uno de nosotros había escrito un artículo para que lo firmara otro, y eso se supo, comentó: “Nunca se escribe algo que no se piensa, aunque sea por encargo y quiera firmarlo otro”.