Doscientos años después: La utopía de un Perú descentralizado

Fernando Romero Neira

El proceso de descentralización en Perú no va más allá de ser una falacia, un débil intento entre los muchos registrados en nuestra vida republicana y que además nunca fue una prioridad de largo plazo en la agenda política nacional y muchos menos en las personalísimas de aquellos políticos y líderes sociales que ven al Perú como la suma de Lima y “sus provincias”, es decir una suerte de lectura por descarte, definitivamente nada “inclusiva”, donde se menciona primero lo de mayor importancia o lo que está y luego al “resto” o lo que no existe.

Son patéticos los discursos “descentralistas” que resumen este modelo de desarrollo con el simplista y sesudo planteamiento de las mayores  transferencias de  presupuestos públicos  a las “provincias”, es decir a los gobiernos locales y a los mal llamados gobiernos regionales (lo apropiado sería gobiernos departamentales), recursos fiscales cuya ejecución, paradójicamente, demuestra grandes deficiencias en el gasto, no solo en aquel nivel subnacional, “provinciano”, sino también en el del centro.

Simplista en tanto descentralizar el crecimiento económico y desarrollo humano no pasa solamente por transferencias fiscales del centro hacia la periferia o al “resto”, o de los ministerios hacia los gobiernos “subnacionales” sino, y principalmente, en la generación de una propuesta  que genere las condiciones mínimas necesarias e integrales; es decir, marco normativo, infraestructura, ecosistemas apropiados,  autonomías efectivas, entre otros, para la formación de polos de desarrollo donde la inversión privada nacional y extranjera, no solo en actividades extractivas que generan un reducido eslabonamiento interno, sino, y fundamentalmente, en actividades de transformación y de servicios.

A todo ello, preocupa que al difundirse la Política General de Gobierno hacia el 2021, estableciendo como un Eje la Descentralización Efectiva para el Desarrollo, basado en la articulación territorial y alianzas estratégicas -dos conceptos que pretenden resumir los cinco objetivos del proceso de descentralización establecidos en la Ley de Bases de la Descentralización- sea un aberrante simplismo o  manipulación del lenguaje político. Llama la atención que ni la Asamblea Nacional de Gobiernos Regionales ni la Asociación de Municipalidades del Perú, o ningún otro gremio, hayan cuestionado que la política general de gobierno interprete el proceso de descentralización como una suma de articulaciones y alianzas, distorsionando completamente la ley de bases en sus cinco objetivos, absurda pretensión el querer implementar un proceso complejo por naturaleza a través de acciones simples, de corto plazo y nada estructuradas.

Atrás quedaron la Ley de Bases de la Descentralización, la de incentivos para la conformación de regiones y el Decreto Legislativo 955 sobre Descentralización Fiscal, entre otras normas redactadas para este proceso bajo una lógica bastante dura, intrincada y al parecer con la intensión  de finalmente no lograr su propósito, la descentralización. Una maquiavélica paradoja, pero tristemente real. Por ejemplo, ¿por qué no se continuó con este proceso de descentralización a partir de las doce regiones ya formadas en la segunda mitad de los años 80?¿o acaso los sesudos burócratas autores de este proceso pretenden que creamos que no pudieron anticipar, lo altamente previsible, como fue el fracaso de aquellos referéndums para la integración de departamentos en regiones y que curiosamente es el requisito para entrar en la segunda etapa de la descentralización fiscal?… y aquí, en este momento de mi reflexión traigo la frase de nuestro Premio Nobel, cuando en Conversaciones en la Catedral el personaje Zavalita hace la pregunta, hoy letánica, “¿en qué momento se jodió el Perú?”, para responder no quitemos cuerpo, el Perú no se jodió por sí mismo, imposible; Perú es un sentimiento, un concepto, una institución o suma de ellas, una historia, un sinfín de posibilidades… mi respuesta va por otro lado y exige replantear la pregunta: ¿en qué momento jodimos al Perú?, a cada momento, en repetidas oportunidades, una de tantas está en este último fallido proceso de descentralización cuyos orígenes vamos comentando.

¿Exagero en mis comentarios?, pienso que no, y solo bastan tres datos (2017-2018), el 49.9% del PBI se genera en Lima, el 79.5% de las captaciones se generan en Lima y el 86.9% de la recaudación de impuestos internos se “registran” en Lima. Es decir, un centralismo agobiante que regenera y refuerza sus mismos procesos debilitando cualquier intento simplista desde la política y estrategia pública; por todo ello, descentralizar no es transferir presupuesto público de los ministerios hacia las “provincias”, esto apenas es un componente y no el más importante.

En este contexto es imposible dejar de describir al Perú como un país desordenado, resultado de un Estado débil, agobiado, saturado, asfixiado en su egocéntrica y megalómana realidad; donde los conflictos sociales, mineros, ambientales y demás surgen cual campo minado en el momento y lugar menos esperado; donde la población de aquí y allá nunca es leída ni interpretada, la bulla y el desorden ciegan una visión que aspira a la prospección; escenario propicio para la impunidad, inmunidad e insania, ideal para el crecimiento y maduración sostenidos de la corrupción ciega al dolor e invisible al resto…. Sí, creo que al parecer, lo único descentralizado en nuestro país es el fenómeno humano de la corrupción, debidamente estructurada, organizada y hasta sostenible.

No todo son leyes, directivas, agendas y menos discursos; hay un gran ausente en todo este último proceso de descentralización, y que tampoco estuvo en la más de docena de anteriores intentos, me refiero a la ausente “actitud descentralista” de los líderes políticos, sociales y de toda la ciudadanía. Al parecer tenemos un estilo de gobierno (inconsciente colectivo en gobernantes y gobernados) centralista, grabado y encriptado en nuestros cromosomas, tenemos un algoritmo implantado en nuestro razonamiento donde la única ecuación resuelve todo hacia un único punto en un eje centrípeto y además ascendente. Un paradigma que mantiene tranquilas y relajadas a las autoridades “subnacionales”, inmersas en su patético juego del ejercicio del poder -en los grados de libertad que el centro deja a los “provincianos”-, en aquella zona de confort donde finalmente, en una suerte de lava manos, permiten que el centro de poder, o sea Lima, tome la decisión.

¿Consecuencias?  La que mejor resume el panorama es la integración de algunos gobernadores del norte, centro y sur del país, que enarbolando la bandera de trasnochadas propuestas políticas que han fracasado históricamente, insisten en ellas a la sombra y protección del bullicio, el desorden, el desgobierno y la tierra fértil que deja este centralismo absorbente y agobiante en las “provincias”, hábitat de caudillos que se regodean en su poder, temporal pero suficientemente largo para destruir las posibilidades de su capturado pueblo, marginado y aturdido por planteamientos y procesos que no termina de comprender.

Queremos al Presidente, gobernadores y alcaldes, sentados en torno a una mesa, con las manos sobre ella, conversando sobre una única agenda, la descentralización, con “actitud descentralista” y conscientes del complejo reto y de sus proporcionales soluciones. Las pocas cifras mencionadas dicen que nada efectivo se ha hecho al respecto hasta ahora y más bien todo lo contrario…. Qué lejos estamos de un desarrollo y crecimiento sostenido, democrático y liberal, y qué tan meridianos estamos para responder la pregunta ¿en qué momento jodimos al Perú?…