La nueva izquierda y Verónika

José Antonio Olivares

Cuando recién se vislumbraba la aparición de Verónika Mendoza en la vida política nacional debo confesar que me estremeció la idea que surgía en el país, una posibilidad para la izquierda nacional, para la izquierda moderna, la de la tercera ola, de una izquierda que verdaderamente haya zanjado con la prédica violenta de los años 60 y 70 de esa que creía que el poder nacía del fusil, y era auspiciada por Moscú y la Habana; que emulaba y glorificaba a Castro y Mao Tse Tung, que elevaba plegarias a Ho Chi Minh, y que veía en Lenin y Stalin a sacralizados revolucionarios.

Debo confesar que, por ser Verónika Mendoza mujer, añadía algo más de fervor e igualdad a esa diluida esperanza, y cusqueña; ese ingrediente le imponía algo de justicia y reivindicación a nuestro Perú profundo. Joven, también eso renovaba nuestra fe.

Siempre reconocí que fue consecuente al apartarse del club llamado nacionalismo, que ayudó a formar; porque a pesar de creer firmemente que equivocada en la visión de implantar el modelo de la Gran Transformación, financiada con dinero llegado de las llanuras del Orinoco, mantenía una lealtad principista. Una lealtad que al parecer no era tal, por lo menos así quedará en la eterna duda, ahora que se sabe lo de las agendas y la cercanía financiera que sostuvo con la inefable consorte del entonces inquilino de la casa de Pizarro.

Aunque a tal personaje se debe su surgimiento en la palestra política, fue la Heredia, quien la designo como candidata con el nro. 1 en la lista del Nacionalismo por el Cusco; esa vez no se ataviaron de democracia ni de méritos precedentes, fue su amistad nacida en París, coincidentemente allá, donde a finales del siglo XIX, surgieron los gauche caviar, esos que tomaban champagne GAUCHE y comían pastelillos, mientras la clase obrera moría de frío en las calles.

Ese es su antecedente democrático e institucional.

Al cabo de algún tiempo, ella solo dejó aflorar y resaltó un radicalismo anodino, una expresión dislocada de estos tiempos, un ánimo de exaltar los conflictos sociales y supo valerse de ellos para crecer políticamente, buscar muertos para exhibirlos como mártires y exaltar el ánimo popular en marchas y contramarchas que nos han costado como país casi 20 mil millones de dólares.

 Y al parecer seguirá siendo el método favorito. Claro está, la protesta solo se orientó a la minería formal, pero no se dijo nada de la minería informal, ilegal, y hasta de la minería que su propio padre practicó explotando una cantera de piedra en el corazón de un centro arqueológico. Doble moral, doble rasero.

La participación de Verónika en Espinar produjo muertes, muertes que se originaron en sus desorientadores informes y conducta irresponsable como congresista y que aún se encuentran impunes gracias a su entonces  inmunidad parlamentaria. Para expiar todo esto no basta levantar el secreto bancario. Luego esos muertos fueron blasones de una irracional apuesta, trofeos extraídos de los que mueren de hambre y frio, no de quienes gozaban de sueldos del congreso y viáticos de Ongs. Así se preparó el caldo de cultivo para Conga y Tía María, que desnudó luego que no solo había luchas por el agua, sino, intereses por las “menestras”, millones de ellas, las famosas lentejas que enriquecieron a varios dirigentes de la izquierda, muchos de ellos cobijados en las listas parlamentarias  en el Frente Amplio, como sucedió también con  los vinculados a las bandas del terror.

No basta deslindar con la violencia en el discurso, ¡debe hacerse en los hechos!

Probablemente, en esas circunstancias, en las que se dijo “agua sí oro no”, se dislocó la posibilidad de que la Izquierda en el Perú, sea responsable, de que Verónika sea una posibilidad de aportar propuestas de futuro; en ese momento en el que ella apostó por mirar al pasado y quedarse ahí congelada, apelando al conflicto, al método defensista, mis ilusiones empezaron a desvanecerse, y con ellas la posibilidad de una Izquierda de a de veras y moderna.

No sé cuándo ni cómo, Verónika fue secuestrada por el razonamiento de Tierra y Libertad, por la doctrina ecologista radical, por el marxismo libertario, por la teología de la liberación, (secuestrada por el cura Arana, Marisa Glave, los hermanos Francke, Carlos Monge, Wilbert Rozas entre otros) en ese momento la izquierda dejó de mirar su gran reto que era buscar una identidad para la izquierda peruana, alentando un debate crítico, (que de momento dudo pueda darse). Donde el país se pregunte ¿qué es la izquierda, qué defiende y qué hace?

Luego, tal Izquierda debió buscar una convergencia, a través de un proceso libre y abierto, y además sin tutorías ni financiamientos chavistas, ni del Partido de los Trabajadores, sin protagonismos excluyentes, que defina lo antes dicho, respetando las identidades de sus componentes, que le permita construir una alternativa necesaria. En este proceso, si es que es posible que se emprenda, la izquierda en el Perú tendría que ser  capaz de comprender que se debe adecuar los valores tradicionales a los nuevos tiempos.

La lógica del capital se ha impuesto aun en países como China, Vietnam y la mismísima Cuba, aunque sus modelos todavía insistan en gruñir una revolución comunista. El gran reto de la izquierda es la inclusión de los excluidos, mejorando la vida de estos, planteado con claridad por Ricardo Lagos, ex presidente de Chile; sin embargo, no debe olvidarse, como lo hizo Humala y ahora Verónika, que para ello se requiere progreso material, (crecimiento económico) y progreso social. Sin crecimiento no hay inclusión.

La Izquierda peruana no ha comprendido la tercera ola de su proceso, la que hoy se vive. Se dice que la izquierda latinoamericana tuvo tres olas: la primera entre los 60 y 70, que proclamaba la guerra popular y la lucha armada; la otra, es la lucha electoral, y la tercera, se dice que es una fase más democrática, humanista y libertaria, la de la derrota del neoliberalismo mediante la construcción del poder popular, desde la lucha misma –mandar obedeciendo-. Dentro del contexto latinoamericano y mundial, donde existe un predominio del ciudadano frente al consumidor, la izquierda tendría que ser capaz de comprender que se debe estar a favor de una economía de mercado frente a una sociedad de mercado, conjugando las metas sociales con las de la economía, poniendo al ser humano como eje de una concepción de desarrollo.

Hoy por hoy, la izquierda peruana y Verónika deberían enfrentar dos desafíos, la necesidad de formular un programa de cambios económicos y sociales, pero también deberían responder a la necesidad de construir y profundizar la democracia política. Lo que la izquierda no debería hacer es simplemente afrontar un proceso electorero, sin unidad sin convergencia, siendo excluyente buscando caras nuevas e imágenes jóvenes, pero con viejas ideas y métodos, producto de la improvisación más que de la renovación, no debe pretender ser fundacional, respecto de la izquierda y del país, ni cantar estrofillas a ritmo de rap, como las de una nueva constitución y radical oposición a la minería.

Eso alejará la inversión y la estabilidad y por ende destruirá el reto de la inclusión, sin desarrollo no hay inclusión, porque no se trata de mejorar la vida de quienes menos tienen afectando al resto, se trata de crear riqueza y distribuirla mejor. Si bien es cierto se han introducido algunos elementos nuevos que sirven para una moral cosmética, como el compromiso medio ambiental, estos no trasuntan el discurso, por ser menos entendido por quienes lo proclaman que quienes lo reciben.

El tema de género, es igualmente manipulado de manera grosera, al igual que la pluriculturalidad. Estos temas deben ser afrontados con seriedad y no ser usados solo para alentar diferencias y crear bolsones electorales, como los de Cajamarca, Espinar y Arequipa.

Y claro, el debate sobre los derechos civiles debe evolucionar y tratarse con seriedad y madurez, en espacios por construir y legitimar, y no como argumento de pasiones. Lo mismo que el tema de la vida, sin contradicciones, reclamando por las esterilizaciones y gritando a “sotto voce” libertad para abortar.

De la misma forma, el uso de categorías plenamente liberales en el discurso de la izquierda, que están ahora presentes y que solo logran hacerlo más social-confusos, como el libre mercado para la marihuana; quizás porque sea electoralmente correcto; o porque le falta diseñar programas actuales y modernos o porque carecen de argumento y ubicación espacio temporal, -conceptos que dicho sea de paso, la derecha mercantilista, tampoco reivindica ni profesa-. La igualdad de oportunidades, o el rol subsidiario del Estado, o la creación de un Estado moderno, pequeño pero fuerte, capaz de orientar y fiscalizar el desarrollo económico y social deben ser redefinidos y comprendidos plenamente, ideológicamente.

Por eso la aparición de Verónika, solo se ha quedado en una estremecedora idea, de una izquierda seria y responsable pero fundamentalmente moderna, alejada de la violencia, y cercana la unidad y la propuesta, al crecimiento económico para la inclusión. Por eso Verónika es como una sirena, de los cuentos marineros, bella y con hermoso canto, pero mensajera de una propuesta trasnochada, radical y totalitaria, no de lo que debería ser la promesa de la Izquierda.