Lo nuevo puede ser lo viejo: humillaciones de siempre con los indios (1/2)

Saturnino Huillca
Hugo Neira

No escribo este texto como político. No me es posible en un país que no termina de comprender que el siglo XX ha concluido. Y que sus ciudadanos viven bajo una política mundial a la vez nacional y local, pero las novísimas reglas llevan a una nueva lógica organizacional que no es ni el Estado actual, ni el Imperio de siempre sino nuevas formas de internacionalismo, con engranajes complejos que van a atar invisiblemente la aldea andina a la aldea global. Hay realidades múltiples que se interactúan. En un mundo fragmentado y multicultural como el actual, el concepto mismo de cosmopolitismo y provincianismo queda superado. Estamos en una era en marcha al posnacionalismo. Y a la vez de transnacionalidades. No solo emigran los emigrantes, sino pueblos enteros, capitales e ideas. Y hay ciudadanos incompletos. Al interior de las naciones que dejan, y obviamente, en los países a los que acuden para mejorar su vida. En el fondo, todos somos sujetos sin destino en comunidades locales o internacionales. En la Roma antigua, en su decadencia, les ocurrió algo parecido. Y lo que sobrevino fue la Edad Media. ¿Cómo se puede proponer una acción, o sea una política, en un tiempo en que lo que se muere no acaba de agonizar y lo que nace no termina de abrir los ojos?

Por eso, y desde hace años, sin dejar de seguir las fases inestables de la mundialización, tiendo, a ratos, a ocuparme de lo cercano. De lo pequeño. De lo que se podría llamar la historia de la gente corriente. La cartografía de las familias comunes. El enigma de las capas humildes. A eso lo llaman los franceses, le souci des autres. Y eso fue Huillca: Habla un campesino peruano (Premio Casa de las Américas, La Habana, 1975. Traducciones a nueve lenguas). La vida de un campesino cusqueño que dirige a sus hermanos a una era de libertad, sin gamonales ni patrones. Es un tema local y a la vez nacional. El Perú dejó entonces de prolongar la colonia en la sierra peruana. Pero luego he hecho entrevistas a los que llamo «los hijos de Huillca». Es decir, he entrevistado campesinos posvelasquismo. Sin publicar. Acaso porque tal vez logre incorporar a otros marginales, los mineros informales y las aldeas amazónicas.

Mi caso es que comencé muy temprano. En los años 60, cuando ocurrían en el sur las invasiones de tierras de hacienda por masas de campesinos entre los que había tanto comuneros como ‘colonos de hacienda’ (el nombre del trabajador encapsulado en el interior del latifundio), y conducidos, por sus propios dirigentes, en una acción que ellos llamaron no invasión sino ‘recuperación’ de tierras. Se habían cansado de litigar. Cusco antes de las invasiones —que cambiaron la historia del Perú y no solo de la tenencia de tierras— estaba lleno de estudios de abogados. No es que el departamento cusqueño tenía muchos litigios, sino que la mayoría de clientes eran comunidades indígenas en pleito contra algún potentado rural. Por cierto, nunca una comunidad logró algo. A esa relación entre hacendados y parientes en la esfera jurídica, se le llamó gamonalismo. Vieja herida, la menciona Mariátegui en los años 20. Pero mi fortuna fue que me enviaron a examinar lo que estaba sucediendo en el sur.

Así descubrí la problemática rural. Mis crónicas las publica el diario Expreso que dirigía José Antonio Encinas. Por lo general, la gente pensaba en algo parecido a una guerrilla. Y de hecho, la aparición de un político moderno como Hugo Blanco en el valle de La Convención, permitió dos cosas que fueron un punto de partida de lo más equivocado. Lo creyeron un guerrillero. Y lo encarcelaron, llevándolo a Arequipa, en donde hubo un largo juicio, con la posibilidad de una sentencia de muerte. En esos años, esa pena capital era posible. La verdad de las cosas era, sin embargo, otra. En efecto, el valle de La Convención era un lugar singular, en la ceja de selva, con un clima más bien caliente, una región propicia para cultivos como el café, la coca, los cítricos, en suma, productos más rentables que los tradicionales de la zona alta de los Andes. Y esas condiciones llevaban a que se instalasen predios rurales más comerciales y exitosos que los de las comunidades tradicionales. Ahora bien, la cuestión de la mano de obra, se resolvió con pactos entre arrendatarios y arrendires. Estos últimos, eran migrantes andinos. El pacto, sin embargo, no fue en salarios sino la reproducción del esquema de la explotación de la mano de obra en los Andes. El arrendire trabajaba unos 18 días al mes —pongamos un ejemplo— y los otros 12 días, en el lote que le cedía el propietario para que cultivara para su propia familia y consumo. Como se entiende, el dinero no aparecía por ningún lado. Era un sistema precapitalista. Y entonces, en Chaupimayo, los arrendires descubren un modo de vencer a sus explotadores. No van a litigar al Cusco. Deciden la huelga rural. Huelga a medias: no trabajan para el patrón sino para ellos mismos. Entre los campesinos migrantes que llevan adelante esa rebeldía, se hallaba un joven cusqueño que había hecho estudios agrarios en Buenos Aires. Era un hombre blanco, pero igual se había convertido en un indio más. Se llama Hugo Blanco. Y este fue el inicio de una dinámica social que tuvo varias fases, todas exitosas.

Primera fase. En 1962, el gobierno militar surgido de un golpe de Estado de Lindley López y Pérez Godoy, aquel que cierra la puerta a la semivictoria electoral de Haya de la Torre, interviene y se produce una suerte de experimento de reforma agraria en el valle mismo, pero no por eso, acaba con los cabecillas de esa revuelta original. Hemos explicado el origen del origen mismo. Blanco fue hecho prisionero. Pero ocurrió algo excepcional.

Segunda fase. Entre los indígenas de las zonas quechuas y los que se habían desplazado hacia las zonas calientes, los lazos sociales no se habían roto. Lo que había ocurrido en el valle de La Convención fue asimilado por las poblaciones rurales andinas que rodean la ciudad del Cusco. Y entonces, en el lugar donde la lucha por la tierra era conocida, las aspiraciones campesinas encuentran una manera de organizarse, que no había sido usada antes de esos años. Los 60 fueron trascendentales.

Se había producido la acción revolucionaria de Luis de la Puente Uceda, una versión del foco subversivo a la manera del Che Guevara. Sin embargo, la lucha guerrillera fue vencida. Pero la convulsión campesina no se detuvo. No aspiraban a un cambio general de la vida política peruana, no a una revolución pensada con los criterios de otros. Lo del valle de La Convención había dado, como resultado, en 1962, la ley de Bases de la Reforma Agraria, tema que se suele callar. Y un Decreto-Ley, n°14238, dirigido a la distribución de tierras en el valle de La Convención.

Tercera fase y decisiva. En Cusco se había formado la Confederación Campesina del Perú, desde 1946. Desde 1956, ya existía un campesinado organizado. Es lo que ocupa la parte central de mi libro, Cuzco: tierra y muerte, 1964. Esa entidad manejaba centenares de «sindicatos» campesinos, desparramados por todo el departamento del Cusco, y algo en Puno y Apurímac. Las invasiones eran imparables: ocupaban predios con multitudes, y sin violencia con los propietarios o peones de las haciendas. Era un movimiento que yo llamé gandhiano, es decir, ilegal pero no violento.

En conclusión, una subversión razonable. Cada invasión (o recuperación de tierras) era acompañada de rituales de posesión (las mujeres sentadas sobre la tierra) y mesas en el campo, en espera de las autoridades y la invitación al diálogo. En otras palabras, no era el levantamiento violento del pasado, no corría sangre. Los campesinos habían considerado evitar los «fúnebres levantamientos» como los llamaba José María Arguedas. Nada de esto se decía en los diarios de Lima, salvo mis crónicas. Se explica que me dieran dos premios, a mi retorno. El del Congreso de esa época, y el Premio Fomento a la Cultura. Tenía 28 años.

Breve historia del génesis de la Reforma Agraria

Después de La Convención, no se trataba solamente de adjudicar tierras (que habían sido comunidades, y que a lo largo del siglo XIX, fueron capturadas por la aristocracia rural) sino de cambiar las modalidades precapitalistas del trabajo rural sin salario. Era el fin del yanaconaje, la aparcería, el arrendamiento. Hubo pues una ley en ese sentido, la ley n°15037. Pero la Sociedad Nacional Agraria se opone. Y es así como los militares en el poder en 1968, apuntan a algo decisivo, el fin de los grandes monopolios de tierra. Fernando Belaunde presidente, no pudo convencer a los Aspillaga, Beltrán, Basombrío, Moreyra Paz Soldán, Berckemeyer, De la Piedra. Las leyes pensadas en el periodo democrático del presidente Fernando Belaunde Terry, no eliminaban las formas semiserviles del trabajo en el campo. La ley de Reforma Agraria n°17716 elimina el poder gamonal en el Perú. En cuanto a las CAP —Cooperativas Agrarias de Producción— fueron la modalidad para haciendas y predios en la costa peruana. Y en la sierra, las SAIS, es decir, las Sociedades Agrícolas de Interés Social. Los militares buscaron una transformación racional de la tenencia de la tierra, pero a la Reforma de Velasco, le sigue la reforma de los mismos campesinos que consistió en la apropiación por lotes y familiares. Luego se reunieron en empresas campesinas. La historia de la tenencia de tierra es extensa, es el posvelasquismo. Existen estudios muy objetivos sobre sus modalidades. Por ejemplo el estudio de Fernando Eguren sobre las políticas públicas, cómo se modernizaron, cómo ingresaron al mercado pequeños agricultores y campesinos.

Con la Reforma Agraria, según el Ministerio de Agricultura, se distribuyen 9’543’580 hectáreas de las cuales cerca de un millón y medio fueron adjudicadas individualmente y más de 8 millones en forma asociativa. En la evolución de estas últimas, hubo de todo, errores, crisis, progresos. El INEI (Instituto Nacional de Estadística) señala en el Censo Nacional Agropecuario del 2012, como productores agropecuarios, nada menos que 2 millones 261 mil productores. Y que operan en una superficie de millares de hectáreas, 38 mil 742. Grandes empresas, las hay, un 4%. Pero está prohibido no pagar salarios. Arrendires ya no hay. Un 96% son pequeñas y medianas propiedades.

He aquí el «fracaso» de Velasco. Arroz cáscara, maíz amarillo duro, pasto brizhanta, cacao, trigo, quinua; en la sierra, papa, alfalfa, avena. En la selva, café pergamino, maíz, arroz. Hay marchas mineras. No hay marchas campesinas.

Volviendo al intitulado, ¿cuál es hoy la humillación de los indios? No les creen que puedan libertarse por su propia cuenta. El mito del indio menor de edad es el fantasma de estos días. Sin embargo, el que no se logre entender que la Reforma Agraria de Velasco fue la consecuencia de la aparición de un movimiento organizado e inteligente de los campesinos cusqueños, se debe a que no tenía como jefatura ningún partido político, y en el fondo de las cosas, tampoco un líder mesiánico. Hoy, Hugo Blanco explica que la toma de tierras en las zonas andinas —y no en la zona de ceja selva— no se hizo con su liderazgo puesto que estaba preso. Acaso con el ejemplo de lo sucedido en el valle de La Convención. Pero la idea de que los campesinos tuviesen sus propios dirigentes, tales como Zumiri, Saturnino Huillca, es algo incomprensible para la clase política peruana y muchos intelectuales. ¡¿Cómo?! ¿Una revolución sin necesidad de su Lenin? Lo ocurrido es la prueba de la inteligencia colectiva del pueblo andino. Una racionalidad sin nombre propio. Y como ninguna tendencia de izquierda se puede vestir con ese triunfo histórico, se suman a las clases conservadoras a negarle al indio su capacidad de rebelión y su capacidad para vencer a sus dominadores. La espontaneidad de los revolucionarios es posible. He visto en mi vida dos grandes fenómenos de rebelión auto organizada por sí misma. Los campesinos cusqueños y Mayo 68 en París. Como se comprenderá, nada más ajeno a la cultura de la izquierda que los dominados no los necesiten como la consabida «vanguardia», y ellos produzcan sus propios dirigentes. (Continúa la semana próxima)