La invención de Vizcarra o la oclocracia selectiva

Hernán Garrido Lecca

El silencio y la muchedumbre son los dos lugares en donde se refugian los incapaces y los que no tienen el valor de enfrentar el dictado de su conciencia. El silencio, aunque histórico cómplice de tiranías y genocidios, preserva un ápice de dignidad por cuanto callar ante la injusticia es finalmente una decisión; sin embargo, esconderse en la muchedumbre y vociferar desde ella, es no solo la peor expresión de la decidofobia sino el más asqueroso acto de cobardía que un ser humano puede cometer.

La voz de la muchedumbre será siempre el eco de los capítulos más oscuros de la historia de la humanidad. Lo peor es que esa voz emerge recurrentemente ante la falta del liderazgo de las ideas y la autoridad de quienes las encarnan. Esto sucede tanto en un aula escolar cuando algún niño o niña es víctima de bullying, como en un país completo cuando es presa del caos ya sea por incapacidad de sus gobernantes o por la profesional conspiración nihilista de los anti-todo y pro-nada (o ambas).

Cuando un gobierno entero se refugia en la muchedumbre se convierte en una oclocracia. Fue Polibio, historiador griego, quien en el siglo II A.C. acuñó el término oclocracia para referirse a la peor de las degeneraciones de la democracia: el gobierno de la muchedumbre. En el siglo en que vivimos, cuando la muchedumbre puede constituirse a partir de masas de individuos marchando por las calles o de anónimos encubiertos por crípticos alias en las redes sociales, ha aparecido una degeneración aun peor que aquella que identificó Polibio hace más de 2000 años.

Algunos politólogos modernos hablan de autoritarismo plebiscitario para referirse a regímenes que usan el referéndum como mecanismo de legitimación para gobiernos que habiendo sido elegidos por votación universal (limpia o no), someten a la ciudadanía decisiones sobre asuntos en los que las emociones suelen nublar la racionalidad. Los autócratas plebiscitarios manipulan esas emociones para lograr el resultado probable y esperado y “demostrar” que están “del lado del pueblo” para, luego, llevar adelante una agenda política oligárquica (de interés de una minoría). Este proceso des-ciudadaniza a los ciudadanos para convertirlos en masa, en muchedumbre. El autoritarismo plebiscitario es, en realidad, la más sofisticada forma de oclocracia: la oclocracia selectiva, la oclocracia del siglo XXI.

El gobierno del Presidente Martín Vizcarra es una oligarquía que hace uso de la oclocracia selectiva. Es un régimen incapaz de gobernar el país y que ha recurrido al referéndum, las encuestas a pedido y la enemigo-ficción, como mecanismos de legitimación para sobrevivir a la espera de crear las condiciones para terminar de imponer una agenda política, económica y social que la mayoría de peruanos no queremos. Es una oligarquía porque ha sido copado por una minoría bien organizada que no fue capaz de llegar al gobierno ni por las armas ni por las urnas y optó por tomar el poder entrando por la puerta falsa: se infiltró en los tres poderes del Estado y en la prensa, a-lo-Gramsci, y hoy ejerce ese poder a través de una red enquistada estratégicamente en el Ejecutivo (sectores Justicia, Educación y Salud, en particular); la judicatura y el Ministerio Público; marginalmente en el Congreso; y, gracias a la complicidad del oligopolio mediático, en los medios de comunicación. ¿Por qué oclocracia selectiva? Porque somete a referéndum solo lo que conviene a su agenda y lo que sabe puede manipular desde el poder, con su presupuesto publicitario y la estudiada estupidez de los empresarios miopes que contribuyen con sus propios presupuestos de publicidad a sostener los medios de comunicación alquilados por el Gobierno (con la aún más estúpida excusa que las decisiones de asignación presupuestaria responden a las recomendaciones técnicas de las agencias de medios). Pregunto, más allá de mis propias convicciones personales: ¿Por qué no pregunta el gobierno del Presidente Vizcarra si la ciudadanía quiere legalizar la pena de muerte? ¿Si los peruanos quieren o no legalizar el aborto? ¿Si la seguramente entonces sí “muchedumbre” quiere o no legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo? La respuesta es simple: porque también sabe el resultado de antemano y no se va a arriesgar a retrasar por 5 o 10 años su agenda política con un revés plebiscitario. Solo preguntan lo que es funcional a su agenda y lo que pueden manipular con encuestas con temática y preguntas sutil y no tan sutilmente direccionadas hacia las respuestas deseadas. Eso se llama oclocracia selectiva.

La utilización de la oclocracia selectiva como instrumento de supervivencia en el poder tiene límites, señor Presidente. Usted no ha entendido que el poder así construido es efímero. Usted no puede ser anti-Congreso o anti-minero para siempre. Usted no puede ser anti-todo y pro-nada. Si no quiere Tía María, díganos que propone a cambio. Si no quiere inversión privada, tenga al menos el valor de ejecutar el presupuesto público. ¿Qué ideas tiene para frenar la delincuencia o recuperar el crecimiento de la economía? Solo el poder de las ideas es trascendente. El concepto de trascendencia es inherente a la Fe. Usted no tiene ni ideas ni Fe. Tenga el valor de renunciar ya en lugar de esconderse en la muchedumbre, porque solo así podrá aspirar a la trascendencia y a la redención ante Dios y ante la historia.