Una propuesta de salida

Ramiro F. Prialé

La crisis política, el desencuentro permanente entre el Legislativo y el Ejecutivo, la tormenta perfecta que se ha creado, alimentada en gran medida por un Congreso torpe, posiblemente el peor de la historia republicana, ha llegado a un entrampamiento aparentemente sin salida.

No entraremos en detalle en el análisis de los dimes y diretes profusamente documentados por la prensa nacional y las redes sociales. Todo el país lo tiene claro. No necesitamos citar las encuestas que ratifiquen lo que la calle pide a gritos.

El adelanto de elecciones es una solución extrema, pero con antecedentes legales y documentados, que el propio fujimorismo conoce mejor que nadie. El propio Alberto Fujimori lo planteó tras la crisis que lo llevó al adelanto de elecciones, el viaje a Japón y la posterior renuncia por fax a la presidencia de la república. Luz Salgado hoy otra vez congresista, fue la encargada de entregarle la banda presidencial a Valentín Paniagua.

Pero se trata de encontrar soluciones, salidas que puedan servir para construir nuevos vehículos de fortalecimiento institucional y que sean permanentes. Una práctica que se institucionalice para crisis de gobernabilidad que puedan reiterarse en el futuro. Que permitan que un gobierno tenga opciones dentro de su periodo para hacer frente al abuso de la mayoría o a la inversa, que un Congreso tenga la capacidad de moderar excesos presidencialistas.

El presidente del Congreso Pedro Olaechea, puede tender un puente realmente efectivo que trascienda el diálogo que siempre será bienvenido pero que terminará en lo que todo el Perú sospecha. Que se trata de un diálogo para comprar tiempo y que finalmente, todo siga igual.

Olaechea puede en cambio utilizar esta oportunidad para introducir una contrapropuesta concreta al adelanto de elecciones que se inserte no en una coyuntura si no que establezca un procedimiento permanente que evite este tipo de entrampamientos entre dos poderes del Estado en lo sucesivo.

La propuesta concreta es plantearle al presidente Vizcarra no el adelanto de elecciones que fuerza a que se vayan todos, sino elecciones inmediatas para la renovación de un tercio del Parlamento. Este proyecto de Ley se aprobaría bajo la misma mecánica que se busca para el adelanto de elecciones. Solo que un tercio del Congreso sería renovado.

Esto implica primero, que el presidente Vizcarra continúa en funciones, segundo que el mecanismo de reelección parlamentaria sea posible y tercero que las elecciones primarias se apliquen para todos los partidos políticos nuevos o por crearse.

Sabemos que no es una propuesta perfecta, pero si perfectible. No se irán todos como quiere el país. Pero tendremos un mecanismo de renovación permanente, que obligará a los futuros congresistas a trabajar realmente por los intereses del Perú y no por sus bolsillos.

La renovación de un tercio del Congreso castigará el obstruccionismo, el blindaje, el tráfico de influencias, la falsificación de documentos y mentiras en la hoja de vida. Las mayorías que no dejen gobernar en un futuro dejarán de hacerlo si cada dos años y medio un tercio de la representación es elegida en elecciones nacionales.

La renovación del tercio parlamentario sería un mecanismo permanente para apuntalar la gobernabilidad del país. Una modalidad similar de renovación parlamentaria se da en otras democracias, siendo la americana el ejemplo más cercano.

Pero este Congreso necesita aceptar que la reforma política es impostergable y que, si se instituyen las elecciones primarias, no se necesitará sacar la no reelección parlamentaria de la ecuación, porque será el pueblo quien decida – en primarias – quien merece seguir representándolo. No la dedocracia de una camarilla de caciques que han capturado un partido político y lo manejan como su chacra. Será el pueblo y solo el pueblo quien lo decida en elecciones libres y universales.

Esta propuesta requiere, sin embargo, de algo no visto hasta ahora. Capacidad de desprendimiento. De deponer las armas por un instante y pensar en lo mejor para el país. En su mínima expresión renovar el Congreso con alguna frecuencia será siempre positivo para la democracia y la gobernabilidad. Si hay voluntad el cómo, llegará solo.