La trampa de Bruto

Jorge Morelli

Francia ha tenido cinco repúblicas. Recién e la Quinta alcanzó un equilibrio de poderes razonable. Es hora de comprender que debemos hacer lo mismo: nuestra democracia de baja gobernabilidad necesita un rediseño en su equilibrio de poderes, mal balanceado desde el primer día de la existencia de la República, hace 200 años.

San Martín y Bolívar lo sabían muy bien. Por eso este último recetaba en el Discurso de Angostura que, si se quiere tener una república, hay que encontrar el modo de equilibrar el enorme peso del Congreso con el poder del Ejecutivo. Pese a la advertencia, nosotros elegimos el combo equivocado: ser una república y darle el mayor poder al Congreso. Y la anarquía los devoró ambos. Es lo que  hoy ocurre nuevamente.

Arrastramos este desequilibrio de poderes que ha incubado nuestra democracia de baja gobernabilidad, incapaz de resolver los problemas. El pueblo, entonces, detesta al Congreso, el villano, símbolo de la anarquía, al que hace responsable de la ingobernabilidad.

Por lo mismo, no hay que caer en la mala trampa narcisista de Marco Junio Bruto, quien creyó salvar a la república de Roma asesinando a Julio César. Cuando el pueblo se le fue encima al noble romano, este terminó suicidándose al perder su última batalla. Lección: no es necesario defender el statu quo de una república que el pueblo detesta creyéndola la última trinchera de la democracia, en lugar de corregir la falla evidente en su arquitectura institucional y rediseñar el equilibrio de poderes. Francia lo consiguió solo luego de cinco intentos.

Esta misma vieja enfermedad crónica que hace recrudecer una y otra vez el conflicto de poderes en nuestra democracia es la que hoy asoma una vez más, y solo a los desavisados les parece nueva. Décadas atrás, el golpe de Estado tradicional solía interrumpir este proceso político antes de su putrefacción final que incuba la anarquía.

Es fácil imaginar cómo puede evolucionar mal el proceso hoy. El Presidente ya ha anunciado que su propuesta de adelanto de elecciones “no es negociable”. Si persiste en ello, contra todo buen consejo el gobierno hará cuestión de confianza de su proyecto de referéndum. Sofistas diligentes, los constitucionalistas se dividirán en dos bandos, que tomarán posturas opuestas sobre la constitucionalidad de la cuestión de confianza en esta materia. Apoyándose en los suyos, el Congreso rechazará el proyecto. Respaldado por sus propios sofistas, el gobierno declarará al Congreso constitucionalmente disuelto. Este se atrincherará en el Hemiciclo ante una disolución que considera inconstitucional y, acto seguido, declarará la vacancia de la Presidencia de la República por segunda vez en este quinquenio desamparado por los dioses.

Ya no es una tragedia, es un sainete. Cualquier día despertamos para saber que el Estado peruano ha dejado de existir, porque el Congreso dice que la Presidencia ha vacado y el Ejecutivo contesta que el Congreso está disuelto. Dos gladiadores ancianos se han asesinado mutua y simultáneamente en la arena para regocijo del pueblo que ruge en las graderías del Coliseo porque ya era hora de que acabara este grotesco e innoble espectáculo.

El buen escenario, en la otra mano, es que el Congreso saque un as de la manga y presente al Presidente una propuesta que este no pueda rechazar; que entre ambos metan luego en un cajón sus tres despropósitos -el adelanto de las elecciones, la disolución del Congreso y la vacancia presidencial- y se olviden de él.

Solo así prestarán atención al verdadero enemigo que en el Sur toca las puertas y amenaza con capturar el poder en el Perú.