11-S y 12-S (*)

Uri Ben Schmuel

Hoy celebramos 27 años de la captura de Abimael Guzmán, el genocida que provocó una guerra que costó 25,000 víctimas, equivalentes ocho veces a las que murieron en los ataques a las Torres Gemelas el 11-S de hace 18 años (Usamos la cifra oficial que en el Perú, hasta 2002, era aceptada incluso por las ONG derechohumanistas, y no la otra de 60 mil y pico, proyectada por la CVR según un método que solo sirve para calcular la cantidad de peces en un estanque).

En Estados Unidos conmemoran el 11-S con ceremonias a lo largo y ancho del país, como debe ser. Y aplauden las operaciones antiterroristas en Afganistán, pese a su alto costo en vidas de no-combatientes. Y no obstante, también, que los métodos usados por Washington en su afán de extraer información de los terroristas capturados no son aptos para estómagos delicados.

Comparada con Guantánamo, la Base Naval del Callao es un spa. Sin embargo, la Corte Suprema estadounidense ha dictaminado que los “interrogatorios avanzados” (eufemismo para lo que es tortura pura y simple) son parte esencial de la seguridad nacional y la lucha antiterrorista. Y no pasa nada.

Por cierto, Bush hijo se fue tranquilo a su rancho de Texas al terminar su mandato. Y ni al más acérrimo de sus adversarios se le ocurrió exigir que fuera juzgado por comandar una “guerra sucia”. Tampoco Obama será enjuiciado por la “liquidación extrajudicial” de Bin Laden y otros cabecillas de Al-Qaeda.

Mucho menos se verá a un solo oficial o soldado yanqui judicializado por “violación sistemática de los DD HH”. Estados Unidos podrá tener muchos defectos, pero es una nación agradecida ante los que se juegan la vida por ella. Y es que tienen muy en claro quién desató la guerra. Y que no existe guerra “limpia”, esa es típica huachafería caviar. War means fighting, and fighting means killing. Por eso, no habrá CVR allá.

Aquí, en cambio, el 12-S pasa casi sin pena ni gloria. Resulta incómodo destacar un hecho que inevitablemente debe vincularse a Alberto Fujimori. Aunque de seguro los caviares, con la mezquindad que los caracteriza, no dejarán de repetir el mantra que el arresto de Guzmán se produjo pese a y no debido a la política antisubversiva del expresidente. Y repetirán que estaba pescando cuando cayó Guzmán. Es decir, de La Cantuta y Barrios Altos sí sabía, de lo otro, no. Siempre la ley del embudo…

Y a diferencia de Estados Unidos, que está muy lejos de haber ganado la contienda global contra el extremismo islámico –Al Qaeda cuenta con un sistema de “franquicias” más habitual en una compañía multinacional que en una organización terrorista, y por eso seguirá sembrando de muertos el planeta– aquí triunfamos, y solos.

Recordemos que Washington, en su momento, no movió un dedo por nosotros, pese a que sus funcionarios reconocían que corríamos el riesgo de convertirnos en la Camboya sudamericana. Diarios como el New York Times editorializaban sobre la necesidad de auxiliarnos con una fuerza armada continental, ante el beneplácito de ciertos vecinos que se frotaban las manos ante la posibilidad que el Perú pudiera ser, literalmente, desmembrado.

Muchos lo han olvidado. Pero casi dos meses antes que cayera Guzmán, la guerra que asolaba el interior desde hacía más de una década había llegado con toda su crudeza al jirón Tarata, donde media tonelada de explosivos mató a 29 personas, hirió y mutiló a un centenar y dejó un panorama dantesco de edificios, casas y tiendas en escombros que hermanó a Miraflores con la Beirut de los setenta.

Huaycán era un estado senderista dentro del Estado, hasta con un mástil donde ondeaba el trapo rojo con la hoz y el martillo. Había planes senderistas para cortar la Carretera Central, dejar a Lima desabastecida de alimentos, repetir ataques estilo Tarata en centros comerciales, atentar contra embajadas y propiciar una fuga en masa de la clase media. El arresto del “presidente Gonzalo” fue el principio del fin para una banda que hasta ese momento parecía invencible y muy cerca de tomar el poder.

Pero el recuerdo de lo que pasaba ha ido borrándose paulatinamente. Y millones de peruanos –que no habían nacido en esos años aciagos de apagones, coches-bomba todos los días, masacres campesinas y crímenes selectivos– únicamente conocen “la verdad” en su versión CVR. Y ya sabemos lo que la progresía ha buscado: satanizar a los uniformados y convertir en derrota política una espléndida victoria que tuvo un giro decisivo en una casa de Surquillo, el sábado 12 de setiembre de 1992 a las 8:45 de la noche.

Casi dos décadas después, el presidente que erradicó el terrorismo está encarcelado porque se supone que sabía de dos operaciones que terminaron en daño colateral. Y más de un millar de los heroicos soldados y policías que pelearon la guerra, y la ganaron, son perseguidos judicialmente.

La CVR, los caviares y las ONG han reescrito la historia. Convirtieron en derrota la más grande victoria de la FF AA y PNP en el siglo XX. ¡Hasta les exigen pedir perdón por habernos salvado de SL y el MRTA! Perdón deberían pedir estos quinta columnistas, y de rodillas, por hacerle el juego a los enemigos del Perú.

(*) Esta columna la escribí en 2011 y solo he cambiado la cantidad de años que han pasado; el resto como verán sigue igual.