Entre el bombardeo político y los pirotécnicos

Richard Borja

Eran próximas las horas al mediodía del 18 de julio de 1936 y unos aviones despegaban de Sevilla y cruzaban unos cuantos kilómetros para dejar caer bombas sobre puntos estratégicos del entonces protectorado de Marruecos, dependencia española desde 1913, incluida la base de la fiera legión extranjera en esa zona de Africa. Con esa decisión el entonces presidente Casares, abría las puertas de lo que sería la guerra civil española, entre la izquierda y los nacionalistas españoles. Días después, esa misma tropa africana entraba a España con Franco y tras años de lucha, iniciaba el franquismo.

Es parte de la tradición elemental de la estrategia bélica del SXX, desplegar los conocidos bombardeos aéreos como táctica de ablandamiento y debilitamiento de la moral del enemigo; paso previo para las incursiones terrestres y la invasión y conquista de las posiciones de victoria; y como la guerra resulta siendo la extensión de la política por otros medios; tal como lo asumía el genial militar prusiano Karl Von Clausewitz; hacemos el parangón con los momentos políticos que venimos pasando, no por capricho; sino, por similitud de formas.

Para el día 05 se convocó a una gran movilización nacional, para pedir el cierre del congreso; esto como consecuencia del descredito de la institución parlamentaria y de una agresiva campaña en su contra liderada por el mismo presidente, a través de sendos mítines en las provincias, donde la retórica flamígera y la instigación marcaron su guión, además del concurso de cientos de operadores políticos que van asalariados a alentar las movilizaciones, con pancartas, memes, spots y perifoneos. ¿Qué mueve al presidente a desplegar tal esfuerzo político, habiendo tantos otros problemas que atender?, Pues no es otra cosa más que el instinto de supervivencia, matas o mueres. Y la muerte en este caso, tiene muchas formas, una más tortuosa que otra y para matar solo hay una oportunidad.

En ese contexto, esta movilización es una suerte de bombardeo político que está digitando el presidente, con el fin de allanar condiciones para la invasión de campo y las medidas más extremas en su único camino de supervivencia; la cual no solo pasa por superar un posible intento de vacancia; sino, escapar a los fantasmas de Chincheros y Conirsa que han salido del ostracismo y el olvido fiscal y ahora van por él. Además, están los pobres resultados de gestión cada vez más evidentes para todos y que sin duda lo tienen más que preocupado. Vizcarra sabe por el manual de Goebeels que sin duda consulta a menudo, que la mayoría de la gente rechaza al congreso y al llamado fujiaprismo, y que cualquier cosa que vaya contra ese parlamento será apoyada y distraerá los errores y defectos propios; el país y los peruanos deben estar distraídos, necesitan fuegos artificiales, pirotécnicos y show para que nadie vea lo nefasto de su rol de presidente. Por eso quiere irse antes de que los peruanos terminen de percatarse de ello y dejar aliados para cubrirle la espalda; o en su defecto y con peligrosa audacia, quedarse con plenos poderes. La invasión y la conquista.

¿Exagero?. Para nada. la euforia de una multitud asqueada de la mediocridad política y la corrupción, el bombardeo previo, el populismo descarado y el único objetivo de tener el apoyo de las masas, me dicen que no exagero y que podríamos estar en la antesala de una función ya muchas veces vista en la historia política; un enemigo común, un discurso encendido anticorrupción, un quiebre institucional y una tiranía abusiva y mucho más corrupta y destructiva. Esa tentación sin duda alguna, está susurrando el oído de quien sabe que, en el juego de tronos, o matas o mueres y en este caso, no solo estarían matando al “odiado” fujimorismo; sino, la débil democracia que nuestras mezquindades, errores, ignorancia y falta de firmeza no han permitido desarrollar lo suficiente como para defenderse.

Mientras. Lejos del ruido de las barras bravas de uno y otro lado, hay un país de miles de peruanos que espera un gobierno que ponga primero a la gente y no sus fobias e intereses, un país donde los pirotécnicos con que se ha distraído el rumbo den paso a la atención de los problemas más urgentes de un país, donde saber que los recién nacidos se mueren en los hospitales por falta de incubadoras que cuestan de 800 a 3 mil dólares, no solo nos apena e indigna; sino, nos arropa de una profunda vergüenza.