Nunca digas nunca

Uri Ben Schmuel

Nunca imaginé que al cabo de 27 años y medio iba a escuchar de nuevo la palabra “disolver” en un mensaje presidencial. Pero nunca digas nunca en los trópicos.

Claro que esta vez el golpe ha sido mucho menos dramático que el de 1992 y ni la sombra del velasquista del ’68, hace 51 años un día como ayer. Sin tanques ni soldados en las calles. Sin violencia, salvo el cono que le arrojaron a Tubino y el baldazo de agua a Violeta. Sin censura a los medios –autocensurados ahora, o más bien ‘guaripolizados’–, a excepción del ataque cibernético contra la edición web de Expreso, con cinco millones de ‘bots’ que hicieron colapsar la página.

A ello debemos sumar una exhibición de poder digna de los tiempos digitales que vivimos: una foto en las redes sociales, en la  que se ve al mandatario de facto muy sonriente rodeado de los también sonrientes jefes de las fuerzas armadas y la policía. Ya no hace falta la fuerza bruta para enviar el mensaje de que todo está bajo control. 

La oposición, al momento de escribir estas líneas, seguía en la etapa de negación. En lloriqueos sobre la leche derramada, creyendo que todo se arreglará con un periplo por los organismos internacionales y algunas cancillerías. O esperando el fallo supuestamente salvador del TC, sin darse cuenta de que va a llegar después de las elecciones de enero y que además le va a dar, anoten mis palabras, la razón al astuto inquilino de Palacio. El provinciano que la manchita blanca llevó en la plancha para aparentar tolerancia e inclusión resultó respondón. Cuídate de las aguas mansas… 

La oposición vive en una nube jurídica. Mientras que en el mundo real ya hay fecha para las próximas elecciones al Congreso. Y ahí está la madre del cordero. A esas elecciones la izquierda variopinta enviará a sus mejores cuadros en procura de obtener la mayoría. Y en dos legislaturas ordinarias cambiará el régimen económico, convertirá en obligatoria la ideología de género y hará posible y legal la reelección indefinida de parlamentarios y presidentes de la República. De nuevo, anoten mis palabras. Porque está pintado en la pared.

Si estuviera en los zapatos de Olaechea y demás ‘nubenautas’ aterrizaría rápidamente porque faltan cuatro meses, apenas cuatro meses. Y en vez de perder tiempo en explicar que el señor que está en Palacio de Gobierno sonriente y haciéndoles un monumental corte de mangas apeló a la denegación fáctica diez minutos después de que el Parlamento aceptara su cuestión de confianza y en consecuencia no debió haber hecho lo que hizo y como lo hizo es un golpista…uff, es agotador, ya entendieron el punto.

En lugar, digo, de golpearse la cabeza contra la pared, deberían ponerse en campaña a lo largo y ancho del país. Y hablar en sencillo, porque los galimatías constitucionales aburren. Y luego de pedir perdón al pueblo peruano, explicar lo que se viene si votan por la izquierda: niños vestidos de rosado, niñas vestidas de azul y por supuesto millones de pobres. Porque sabido es que la izquierda ama tanto a los pobres que los crea por millones. Y no contenta con eso, trata de destruir los cimientos de la civilización judeo-cristiana. En mis próximas columnas, justamente, me ocuparé de uno de esos gramscianos criollos…