Pedro Salinas Chacaltana: Crónicas sobre un odiador (I)

Uri Ben Schmuel

Hacia finales de febrero de 2019, más de un centenar de obispos de todo el mundo se dio cita en la ornamentada Sala Regia del Vaticano para dar inicio a una histórica conferencia de cuatro días de duración. Oficialmente denominada “Protección de menores en la Iglesia”, esta cumbre convocada por el Papa Francisco, la primera de su tipo en dos milenios, buscó un punto de inflexión frente a lo que el portavoz de la Santa Sede, Alessandro Gisotti, llamó, antes de la inauguración, “un monstruo” que ha causado “terribles” heridas.

“El pueblo santo de Dios nos está mirando y no espera de nosotros una simple condena sino medidas concretas y efectivas para poner en práctica”, dijo Su Santidad en un duro discurso de apertura en el que no dejó dudas sobre el motivo del cónclave: “El flagelo de abuso sexual perpetrado por hombres de la Iglesia en detrimento de menores”. “Que la Virgen María nos ilumine para tratar de sanar las terribles heridas que el escándalo de la pederastia ha causado tanto en los creyentes como en los pequeños”, dijo además el Papa frente a los obispos asistentes —24 de toda América, 32 de Europa, 36 de África, 18 de Asia y 4 de Oceanía—. Junto a ellos participaban en el evento 14 líderes de iglesias católicas orientales, 22 superiores de órdenes religiosas y una decena de los principales miembros de la curia vaticana.

A este encuentro en Roma también acudieron sobrevivientes de abusos de distintos países. Durante esos días, un grupo de ellos se reunió con el arzobispo de Malta, Charles Scicluna, exfiscal vaticano para crímenes sexuales y uno de los organizadores de la conferencia, y otros altos prelados. Participó también en la cumbre el cofundador de ECA (Ending Clergy Abuse), una ONG de la que se hablará más adelante. Y por eso hacemos especial hincapié en mencionarla. 

Al encuentro con monseñor Scicluna asistió un peruano que se presentó a si mismo ante los medios como “el único participante que no ha sido víctima de abusos sexuales”. Y es aquí donde entra en escena el protagonista de esta historia que publicaré por entregas:  Pedro Salinas Chacaltana. Protagonista, claro está, en el sentido etimológico del término, es decir, un actor que se trepa a un escenario diseñado y levantado por activistas de izquierda con jugosos e indescifrables presupuestos. 

Como a todo actor, a Salinas le fascinan los reflectores. “Me sentí escuchado [por el obispo Scicluna] con mucha atención”, diría luego a los medios un Salinas con anteojos oscuros. Actor, además, en una obra cuyo libreto él cree escribir, aunque en realidad sólo sea parte de un guión más vasto que otros redactan. Y que guarda relación con la trama que trataremos de desvelar en las semanas que vienen. 

Pero vayamos por partes. Hoy solo quiero contarles que vengo trabajando hace algunos meses en esta investigación que tiene como objetivo central que los lectores conozcan cuáles son las verdaderos motivos que movieron a Pedro Salinas a convertirse, según él, en el justiciero eclesial del Perú. ¿De verdad le importan las víctimas? ¿Es cierto que él es una de ellas? ¿Quiere resarcir errores o crímenes de ciertos agentes religiosos o en realidad lo mueve algo más? ¿Actúa solo? ¿Tiene una red de “amigos”?

Estas y otras preguntas serán resueltas en los siguientes artículos. Estén atentos porque lo que aquí develaremos no es producto de una ficción, sino de una investigación periodística seria. Hasta la próxima.