Pedro Salinas Chacaltana: Crónicas sobre un odiador (II)

Uri Ben Schmuel

Para entender el actuar de Pedro Salinas con respecto a su aversión a todo lo que tenga que ver con la Iglesia, es importante conocer un poco sobre su vida e historia para contextualizar rápidamente cómo así llego a donde está hoy y cómo así se embarca en esta causa anticlerical.

Se ha dicho mucho sobre Pedro Salinas, sobre todo a raíz de la orquestada campaña que, usando los casos de abuso al interior del Sodalicio de Vida Cristiana (SCV) como estandarte, ha emprendido contra la Iglesia Católica. Porque, hasta donde se puede recordar, antes de eso Salinas era, a lo más, un periodista de tercera línea, un redactor de perfil bajo y gregario, un escribidor de notas de prensa de pequeñas empresas. Un comunicador que nunca destacó, ni por la profundidad de sus análisis, ni por la exclusividad de sus informaciones, ni por su facilidad de palabra, tampoco —trágico para él— por su empatía televisiva. Su imagen —más privada que pública— era la del típico ‘frilo’, el free lance que se las buscaba donde y cuando la agenda de encargos prometiera pagar las cuentas del mes.

La vez en que su nombre estuvo circulando con mayor insistencia en las redacciones fue cuando la prensa farandulera se burlaba de su propósito de copiar, de forma patética, el look con tirantes al estilo del famoso David Letterman, de la cadena estadounidense ABC. Era conocido por conseguirse invitaciones para el cóctel de la semana. La consigna era pegarse a cualquier celebridad local para aparecer en «Ellos y Ellas», de la revista «Caretas», o en «Circo beat» del suplemento hipster «Somos». Por ello se le veía con cierta frecuencia en las reuniones de embajadas, empresas, startups y, especialmente, en los salucitos con políticos de turno. Este espécimen caricatura de yuppie desclasado era, en suma, uno del montón. Y bastante huachafón.

Su suerte cambió algo cuando se juntó con Fredy Chirinos, el mandamás de la ahora Chisac (Chirinos, Salinas y Asociados), y su amigo Pablo Cateriano (quien luego abandonaría el proyecto para fundar Métrica).  Por añadidura, por asociación o por contaminación mejoraron sus ingresos, su auto aceptación y su expansión mediática. No está de más mencionar que su ahora ex esposa, Leonie Roca, siempre fue, a diferencia de Pedro, una mujer de éxito. Y no es secreto que Salinas vivía bien gracias a los ingresos de su entonces cónyuge. Inclusive se sabe que la casa que él orgulloso ostenta en Mala, con caballos y todo, fue una de las ganancias que obtuvo luego de su divorcio, entre otros bienes.

Pero en ese nuevo ecosistema elitista y competitivo del centralismo óntico y el protagonismo social, el culto narcisista y la egomanía habían sentado en él sus profundas raíces, y estaba listo para las luces, las cámaras y las portadas. Faltaba la ocasión. O el escándalo más ruidoso posible.

Precisamente, sobre la personalidad protagónica, yoísta y socialmente trepadora y ansiosa de Pedro Salinas, a muchos les ha llamado la atención la ostensible falta de consistencia en sus actitudes, declaraciones y versiones en los temas sobre los que opina. Y lo más notorio y visible han sido sus contradicciones y dilemas ético-morales.

Estas contradicciones tan visibles obligan a preguntarse por el perfil psicológico de este personaje. Por ello, decidimos apoyarnos en el peritaje científico que los expertos del Ministerio Público le realizaron a raíz de sus denuncias en el caso Sodalicio. Una de las partes más saltantes es la que tiene que ver con sus intereses: “Manifiesta que quisiera alertar a la gente ‘sobre este tipo de movimientos sectarios, que a través del ropaje de la religión hay líderes mesiánicos, psicópatas que abusan de poder a través del maltrato físico y psicológico, abusan hasta en lo sexual, que no es mi caso pero como parte de la investigación han salido después’». Además, confirma consumo de marihuana hasta 18 los años y el haber probado PBC  una vez «de chiquillo, una pitada».

Esto último no es dato menor, si consideramos que fueron precisamente en sus años de escolar en secundaria cuando dos sacerdotes sodálites lo ayudaron a cambiarse del colegio San Agustín al María Reina para que pueda terminar sus estudios, a pesar de haber repetido de año y de su afición por las drogas.

Según define la psicología actual, dicho perfil de auto-oposición actitudinal obedece a una personalidad con rasgos de bipolaridad restringida; es decir, que asume la valoración moral de personas, instituciones y circunstancias de acuerdo con las vicisitudes de su propio yo interior y del contexto histórico-biográfico por el que pueda estar atravesando. Resulta en la práctica ilógico, irracional e inconsistente que alguien enaltezca, primero, las virtudes y atributos de personas a las que ha conocido por décadas, y luego intente “revelar” una verdad de parte, demoliéndolos y destruyendo públicamente esa primera “impresión”. Y esta es una conducta habitual en la vida de Salinas.

A este diagnóstico clínico abunda también la data recopilada a partir de la entrevista que los psicólogos de la Fiscalía de la Nación le practicaron a Salinas, y en la que éste reveló un síntoma característico de quienes en su primera infancia han sufrido violencia, abuso y maltrato intrafamiliar: culpar a otros por acceder al conocimiento o a la aceptación de dicha circunstancia. Eso es lo que ha venido haciendo Pedro Salinas cuando responsabiliza a terceros de todos sus males. Los psicólogos llaman a esta rara operación de malabarismo mental “proyección”.

En el siguiente artículo profundizaremos sobre este diagnóstico y cómo la “proyección” tiene mucho que ver con lo que luego caracterizaría las acciones públicas de Salinas, primero contra el Sodalicio, y luego contra la Iglesia y sus enemigos políticos.