La doble moral de los diablos predicadores

Renán Gorriti

Como siempre, la palabra de Dios y la del diablo nos interpelan sobre los usos y costumbres de nuestra vida cotidiana, la peruana, en que acabamos convirtiendo  en “valores”, las patrañas que intentaron disimular los pecados de la conquista, la arcadia colonial, la genuflexión de la  República, es decir,  la historia oficial que con su soberbia, egoísmo, doble moral  y orgullo, logró sepultar la verdad de la historia real y altiva. Esta es otra que nos toca la puerta como una dolorosa herida y que se desnuda día a día, ganándose entre ellas, la verdad a medias y la mentira de patas cortas que embrutece la República. No salimos del coloniaje, ni queremos hacerlo, porque estamos acobardados. Y porque no hay norte ni guía a causa de nuestros fracasos y puerilidades que enterraron como sucede, la inteligencia, el saber y el honor.

 Perú, país de desconcertadas gentes, que no saben de dónde vienen ni a dónde van. Se trata de justificar de un solo intento esto de “globalizar” la idiosincrasia de lo políticamente correcto (La capa colonial, que nos esconde bajo la vejuca piel nativa  la  gasa organdí preinca e inca) para no desentonar y sin quedar marginados, ante el avance de la historia al bicentenario y que no importe el precio a pagar, esto es, disimulando  con el deporte diario, el hecho  de cómo ennegrecemos nuestra conciencia social. Ah, los soles de nuestra muerte, en nuestra humilde fosa.

El peruano es contradicción, no suma, ni multiplica, más bien resta y divide. Veamos sus gobiernos, sus hogares, sus ideales, casi siempre, de un designo militar, antes que democrático. Tantos años de militarismos y revoluciones y levantamientos y una pisca de civilismo cobardón desde Pardo. Y pretendemos ser demócratas. Somos esclavistas. Lo dijeron y dicen los criollos disfrazados de mestizos al unir nuestras sangres. Todas las sangres.  En la republíqueta, que por la puerta falsa nos metió en 1930 un contrabando llamado democracia nacida en Lyon, a la que adoramos como si fuera Dios ante su altar, se inició la decadencia de la mentira y el arte de no decir nada, a decir de Oscar Wilde. Tremenda mentira. Bandera mentira, patria mentira, políticos mentira. Solo el asombroso Machu Picchu es verdad. Y la vocación del rebaño ante el abismo. ¿Qué no somos? Gente despierta. Sin educación no somos nada, y por nada nos la darán. Prefieren darte un carro, una casa, un trabajo. Pero educación, es como darte la daga de la muerte. Porque otra cosa quiere el puñal.

Si en el Perú se intentara educar para ser libres y se intentara decir siempre la verdad, sería muy difícil la vida, y el trato social. Los hombres  se mirarían como energúmenos y la base de la mutua consideración  se rompería. Es por ello, que el peruano siempre disimula, miente desde el Callao hasta Uchuraccay o Inambari. Así lo entendieron los incas y los virreyes, al mostrar delicadeza, traición e hipocresía.

 Pues, a fin de cuentas, todo el mundo lo hace, con la más perfecta de las infamias que cubren nuestra dualidad solapa. Lima, por ejemplo, capital del Perú, sede de todo, no es una capital, “es un país diferente” una mazamorra de credos, ostentosa y arenosa respecto al resto de las regiones que componen nuestro territorio donde reculan todas las sangres y sus frustradas ilusiones, un país “desamorable” que todos usan pero que nadie quiere, salvo que no sea sacar de él, y de su mal y muerta desmedida sociocultural y económica, lo que pueda el ser humano en cerca de 485 años más de azarosa vida pendular entre siervos y conquistadores, entre primaveras democráticas y cuartelazos militares, de aquí y de allá, turnándose militarismos y civilismos enclenques cual aborto abominable de una criatura en parto doloroso llamado República. Puerta abierta a todo pelaje, en la paz o guerra, siempre dispuesta a doblar el espinazo. ¿Cómo te amo Perú? Si Chile nos apaga la luz cada noche.

La mal hecha república. Sin piedad. Porque fue una creación imperial europea, no inca, como el Cusco y su relumbrante grandeza pétrea que eclipsa en siglos.

Dije siempre que Dios está en las leyes y el diablo en los reglamentos. Tenemos leyes, muchas, mal hechas, de oferta, por kilos, de todo y para todo. Pero nadie las cumple. No hay respeto, es la ley de la calle. Odiamos los valores, codiciamos los intereses.

Tampoco no podemos amar lo que no conocemos. ¿Conoces la Constitución? ¿Que no tienes barreras  entre costeños, serranos y montañeses? ¿Sabes lo que es cambio de actitud? No tenemos una sólida unidad, y sí,  una dolorosa herida, no logramos integrarnos, andando a tumbos en las desorientadas situaciones a las que nos llevan los cuatro gatos coloniales que se llevan el PBI al anti desarrollo.

Somos un país desintegrado desde el año 1500 gracias a que somos un encuentro o encontronazo de tribus milenarias en pugnas menores y sensuales  que tratamos con los quechuas y por qué no también aymaras de unificarnos en el Tahuantinsuyo, lejano de Europa, la de la rueda, la pólvora, el hierro y la cruz. La Europa dominada y dominante de un mundo nuevo de mesnadas castellanas o españolas que sufrieron a su vez la dominación árabe. (1/3 del idioma nuestro es de raíz árabe) El bandolero español vino por aventura y oro, y tributó a la corona y luego, con los tesoros del Imperio a toda la turba melenuda de la arcadia colonial que nació aquí. Fueron los criollos. Nos sojuzgaron con la dominación española, luego la inglesa, siguió la norteamericana y con ellas, la amplia gama de inmigraciones china, japonesa, alemana, inglesa, judía, etc. Y con esfuerzo oriundo y propio levantamos una cultura básica, una de las 6 mejores de la humanidad, bajo un proyecto inca que nunca pudo integrarnos por las frivolidades del poder y por ser una cultura multiforme, no solo como paisaje sino como pueblo. El imperio incaico nunca nos “incaizó” y por ende, no tenemos una clara y establecida identidad, conciencia ni orgullo nacional. La despoblación indígena fue apocalíptica.

 José Santos Chocano, el cantor de américa, autóctono y salvaje, una exageración y simpleza propia de intentar aparecer algo de lo que no somos, nunca pasó de ser un intelectual de una república mal hecha en forma y fondo, desde sus inicios coloniales.

Y a puertas del Bicentenario, nada trascendente ha pasado que no sea el retrato de una burda copia, de abundantes palabras y míseros hechos. Vizcarra no tiene tiempo ni gente para cambiar un destino de siglos. Los poderes del Estado siguen montados a caballo. Las regiones necesitan unas de otras, no van solas. Los criollos de ayer son los mismos de hoy, hablan alto el español y con el temor asustón de todo ignorante que persigue la mina en vez de la luz del conocimiento. Llegamos a la última etapa de este siglo en medio de una crisis estructural parapléjica. Se remece un país cuyo rescate fue conculcado por quienes se apoderaron y no renuncian a desposeerse del él. Así estamos. Necesitamos cambiar de actitudes, educación de calidad no libresca sino de entrenamiento técnico y científico, no al enciclopedismo, participante Constitución, sin miedos,  gestión, comunicación, organización y una montaña que, en alud, entierre la desobediencia, la indisciplina, el irrespeto y la ley de la horda en la calle. Tratemos de no votar por los mismos, el cambio es indispensable, cuidémonos de los falsos valores, es imperativo.