El Guasón y Salinas (III Parte de Crónicas sobre un odiador)

Uri Ben Schmuel

No escucho más que elogios respecto a la película Guasón. Sin duda la actuación de Joaquin Phoenix es magistral, pero el contenido del filme me parece abominable. Incita a la lucha de clases y, sobre todo, difunde la cultura de la victimización. Si no tienes suerte en la vida no es culpa de tus actos sino de los demás, de la sociedad. Eres una víctima del mundo cruel que te maltrata y tienes derecho a estar enojado y a vengarte y hacer daño a otros. En Estados Unidos, esto desemboca en asesinatos en masa de tiradores solitarios. En otros casos y países, el deseo de revancha hace que te vuelvas un cruzado en alguna causa que permita culpar a alguien más de tus malas decisiones.       

En la columna anterior hablamos sobre cómo el peritaje psicológico que le realizaron los profesionales del Ministerio Público a Pedro Salinas a propósito de la demanda que él mismo interpusiera al Sodalicio, revela aspectos de su personalidad que coinciden exactamente con conductas que ha ido manifestando públicamente desde que se embarcó hace algunos años en este enfrentamiento anticlerical, que se ha convertido en la causa que le da sentido a su vida. Decíamos que la proyección era un elemento importante que arrojaron dichos exámenes psicológicos, es decir, el culpar a otros de todos sus males.

El Guasón dispara con armas de fuego contra los que cree culpables de sus desdichas. Salinas dispara al alma de la cultura occidental judeo-cristiana. Ya lo decía Lenin: contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira. 

El caso de la relación de Salinas con su padre, en ese sentido, es un ejemplo de dicha proyección. Como bien es conocido por personas cercanas a la historia de Salinas, su padre los abandonó siendo adolescente y se fue a vivir a otro país perdiendo todo contacto con la esposa y los hijos. En todos esos años no habrían tenido contacto con él hasta que el padre enferma y vuelve al Perú a buscarlos. Como describe el peritaje psicológico, “el padre Antonio Salinas Garassino falleció cuando el peritado tenía 30 años. Refiere que tuvieron una buena relación ‘hasta que ese año en el Sodalicio me meten esa idea de que mi padre me había abandonado, y salí odiándolo, que no tenía ningún asidero, salvo lo que me habían inculcado en el Sodalicio’”. De hecho, su lectura de la historia no coincide con lo que realmente pasó. Es decir, no coincide con que fue el padre el que se fue y rompió el vínculo. Ninguna institución o persona tuvo nada que ver con la ruptura con su progenitor, salvo el mismo progenitor. Pero él, evidentemente, no lo ve así y prefiere culpar a otros de este abandono.

Por lo demás, los psicólogos llegaron a la conclusión de que Salinas presenta rasgos de personalidad con “representaciones degradadas (…) que reflejan actitudes e impulsos vengativos (crítico crónico de los valores socialmente aceptados o establishment)”. Ya esa sola percepción profesional explica mucho de la posición de partida de Salinas para todo lo que luego sería el despliegue escénico en su cruzada.

El resultado de esa sesión de auscultamiento profesional del “denunciante” es una importante pieza perital que todos aquellos que cayeron seducidos por su grita histérica deberían conocer. Lógicamente Salinas —lo que no hace más que confirmar su diagnóstico— niega tajantemente el profesionalismo del peritaje. Inclusive quiso que éste no fuera considerado y en su lugar presentó el examen que supuestamente le realizara su íntimo amigo Jorge Bruce quien no ha escatimado ni una sola oportunidad para pronunciarse a favor de la causa de Salinas, demostrando, así, comprometida su objetividad. 

No deja de ser interesante revisar algunas partes relevantes que sustentan lo que describíamos líneas arriba. Por ejemplo, se demuestra que es tal la obsesión con su causa que no le importó ni su esposa, ni su familia, ni su trabajo. Es decir, una muestra clara de desorden de prioridades. En la parte sobre la actitud del peritado, el informe dice que Salinas manifiesta que se siente satisfecho de la labor aunque emocionalmente desgastado. «En la práctica ha provocado la ruptura de mi matrimonio, la separación de mis hijos, económicamente me ha salido carísima, he tenido semi abandonada mi empresa de consultoría, aun no retomo las riendas a tiempo completo, ha hecho que yo evoque cosas del pasado, fui víctima de maltrato físico y psicológico, aunque no fui víctima de abuso sexual».

Una parte por demás ilustrativa de la personalidad de Pedro Salinas es la contenida en la sección V del perijate  donde se analizan e interpretan los resultados. Ahí, sobre su personalidad dice: “Persona con una estructura que tiende a la independencia, es impetuoso y actúa de forma espontánea; valora la imagen y sentido de libertad y desconfía de las personas, lugares, obligaciones o rutinas; ha internalizado representaciones degradadas que reflejan actitudes e impulsos vengativos. Cognitivamente construye acontecimientos y relaciones según creencias y valores morales, socialmente es poco ortodoxo con cierto cuestionamiento de los valores convencionales. Evidencia un estado de ánimo de impulsividad- actuación; duro, irritable e inflexible con déficit por la caridad social. Sus metas y deseos personales se encuentran alterados y no son coherentes con sus experiencias previas en el plano laboral – económico. Presenta un discurso reminiscente en imágenes asociadas a vivencias en su etapa evolutiva con alta irritabilidad e impulsividad”.

Este es el comportamiento descrito de Pedro Salinas: vengativo, subjetivo, disruptivo de los valores convencionales, impulsivo, irritable. ¿Una persona con estas características, con metas personales alteradas, con déficit por la caridad social, qué tan proclive puede ser a proyectar sus deficiencias en las intenciones de su acción? Por hoy lo dejamos aquí.