Una democracia de baja intensidad…

Javier
González-Olaechea

Latino barómetro es una publicación seria que desde hace años publica encuestas sobre política y democracia en un buen número de países de la región. Respecto a la adhesión a la democracia, hemos venido de más a menos. Antes, una mayoría prefería la democracia, hoy son los menos. En el Perú, la democracia, la menos mala de todas las otras formas de gobierno, al menos un  30 ciento acepta un golpe de estado por cualquier razón.

Como se ha repetido, los golpes de estado en las democracias de baja intensidad son muy populares. Lo fue el 5 de abril y también el 30 de septiembre. La gente se sorprende pero son pocos los que levantan su voz. No es nada extraño. Puede resultar hasta entendible. A mí, no siendo un neo demócrata, no me sorprende en absoluto.

En términos de satisfacción de necesidades básicas, el Estado en sus cuatro niveles, nacional, regional, provincial y municipal no atiende muchas obligaciones y necesidades. Seguridad, educación de calidad, pobreza extrema y así la lista es grande. Observamos con justa indignación gestiones que despilfarran y malversan fondos. Además, no ejecutan sus presupuestos. En promedio, enorme cantidad de dinero del presupuesto vuelve al tesoro público. Tenemos un Estado ciego, sordo, mudo y desquiciado.

En resumen, y en términos generales, el Estado no hace lo que debe y hace lo que no debe. Lo repito después de más de 30 años. No es lo mismo crecimiento que desarrollo, el segundo concepto es matricial e integral y contiene variables de la condición humana de las personas y de las familias. Claro que hay mejoras, pero no alcanzan. Los ciclos deben ser superadores. Basta un botón de prueba, cerca de un tercio de Lima no tiene agua potable.

¿Por qué la gente está harta de los políticos?, más bien preguntémonos ¿y por qué no habría de estarlo? Tenemos un país bastante rico cuya capital mira preferentemente al mar y mucho a sí misma. El gobierno manda pero no gobierna ni gestiona. No hay auctoritas. El parlamento habla y habla, dilata, no delibera ni adopta leyes con visión de país y además, blinda. El pueblo acierta cuando dice que otorongo no come otorongo. Las autoridades elegidas, salvo excepciones, se convierten en mandones incompetentes, cuando no corruptos.

Con dos tercios o más de la población con empleo informal, con agudas y crónicas cifras de desnutrición infantil,  con un cambio climático innegable, con una inseguridad galopante y una variadísima gama de crímenes; narcotráfico, lavado de activos, sicariato, falsificación de billetes, violencia de género, abuso de menores, trata de personas, grabación ilegal, ciberdelincuencia, secuestro, chantaje, pornografía infantil y delincuencia callejera, entre otros, lo que carcome e inmoviliza es la impunidad grande y pequeña.

De cada diez electores peruanos, algo menos de tres ciudadanos ven que su voto preferencial sentó en una curul a su candidato. Dicho de otro modo, el sistema electoral no permite mayor representación y nexo entre el elector y el candidato elegido.  Si a eso le sumamos escándalos, mentiras, triquiñuelas, prontuarios, soberbia y desafíos estériles, ¿qué nos sorprende?

Asistimos a la transición de una era de cambios a un cambio de era. La llamo la Era Disruptiva. Lo sustento y explico en conferencias en detalle y lo proyecto al futuro. Nos llegó con la inteligencia artificial, las modernas comunicaciones y la bioingeniería. Todo lo toca y todo lo cambia sin retorno, hasta en una economía de cola como la nuestra. Usemos sus instrumentos enfrentando de raíz nuestros desafíos y lacras sociales observando el mundo al minuto y cambiemos todo lo necesario sin más dilación.

Solo el desconocimiento de los cambios aceleradísimos de la nueva era y de nuestras raíces podridas y males endémicos, nos distancia de la realidad nacional y global. Finalmente, es responsabilidad de los partidos que no depuran sus listas y de los electores que poco o nada se informan. No tenemos a los elegidos que nos merecemos. Tenemos a los que nos parecemos. Urgen cambios muy profundos y en todos los órdenes. Que el poder ejecutivo comience y proceda por decreto y que los partidos dejen de pensar en arcaísmos.