El modelo vizcarrino de golpe de estado

Sergio Tapia

Se cumplió un mes del golpe de Estado del presidente Martín Vizcarra. Por lo tanto, hay perspectiva de tiempo para poder apreciar. Y es propio comenzar por formular las características del golpe de Estado del 30 de setiembre, para establecer si inaugura un nuevo modelo o se asimila a los modelos históricos.

Juraj Domic sostiene que hay tres modelos de golpe de Estado comunista: el soviético, el checoeslovaco y el indonesio. El elemento clave para distinguirlos es identificar de qué lado está la fuerza armada: si a favor, o es neutral o si está en contra del golpe. La victoria la obtiene el lado al que las FFAA se pliegan. Los dos primeros modelos son exitosos, porque las FFAA colaboran con el golpe comunista (en el modelo soviético) o porque asumen la “neutralidad política” lo que favorece al golpismo procomunista (el modelo checoeslovaco). Para la experiencia secular del comunismo, dando golpes de Estado en diferentes latitudes, tener a las FFAA en contra conduce al fracaso.

Pero, el comunismo no solo llega al poder por golpes de Estado, también lo hace mediante: (i) La subversión revolucionaria sea de modelo trotskista o por olas de huelgas imparables y asonadas sociales; como en estos días se ensaya en Chile, curiosamente luego de haber gobernado directamente el Partido Comunista Chileno en alianza con el segundo gobierno de Bachelet; (ii) La guerrilla, formando parte de una guerra civil como en China, Cuba y muchas otras réplicas; y, (iii) el terrorismo, en una magnitud como para amedrentar a la sociedad y neutralizar el poderío de las FFAA, como fue la experiencia del Partido Comunista del Perú, mal llamado “Sendero Luminoso”, que soportamos durante los años 80-95.

Hay, además, la combinación de diversas formas de lucha -como sostiene García Linera el vicepresidente inamovible de Evo Morales-, porque siendo el comunismo la instauración de la violencia en todas sus formas, y que antes se expresaba como la lucha irreconciliable entre clases sociales, actualmente se manifiesta mediante la irracionalidad del feminismo revolucionario que fomenta la violencia de la mujer contra el varón, para dinamitar a la familia, base y sostén de la sociedad.

La guerra revolucionaria, en la diversidad de sus aplicaciones, responde a la autoría marxista: Lenin, Trotsky, Mao, Marighella, etc. Pero no es invento marxista el golpe de Estado ni la guerra civil. Basta repasar la historia de Roma, la república y su imperio, constantemente desestabilizados por intrigas y traiciones para usurpar el poder mediante golpes de Estado y guerras civiles.

En el Perú, los últimos golpes de Estado fueron incruentos, no hubo revueltas ni guerras. A veces consistieron en sustituir al presidente y sus cortesanos; otras veces fue el mismo presidente quien disolvió e intervino los demás poderes estatales. Así, el golpe militar de Ricardo Pérez Godoy contra el presidente Manuel Prado (18 de julio de 1962); quien a su vez es depuesto por el general Nicolás Lindley (3 de marzo de 1963); el golpe militar de Juan Velasco contra el presidente Fernando Belaunde (3 de octubre de 1968), quien a su vez es depuesto por el general Francisco Morales Bermúdez (29 de agosto de 1975); Alberto Fujimori disolvió el Congreso y reorganizó los poderes del Estado y organismos autónomos (5 de abril de 1992), y hace cuatro semanas Martín Vizcarra ha hecho lo mismo, el 30 de setiembre de 2019.

Fujimori dio un golpe de Estado sin camuflarlo de “demócrata”. Su soporte eficaz fueron las FFAA. El consenso ciudadano favorable se expresó en un 82%, según las encuestas de la época, tuvo condiciones objetivas que lo legitimaron.

Vizcarra, el presidente, consumó un golpe de Estado con el indispensable apoyo de las FFAA. Cerró el Congreso utilizando tropas policiales. A pesar de que la Constitución prescribe “las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional (…) están subordinadas al poder constitucional” (art. 169). Significa que su subordinación no es al presidente, aunque sea su  “Jefe Supremo” (art.167).

El golpe ha empoderado al presidente, quien preside la reorganización del Poder Judicial y del Ministerio Público, los que exigen ser autónomos del Poder Ejecutivo, como lo proclamó hace dos siglos el Libertador José de San Martin en el primer documento constitucional republicano. La concentración del poder, ha hecho al gobierno dar por descontado que gozarán del apoyo de la mayoría de los integrantes del Tribunal Constitucional, quienes serán los colaboracionistas del nuevo orden que se intenta imponer.

El Congreso fue cerrado inconstitucionalmente, no ha sido disuelto legítimamente. El gobierno no emplea la persecución policiaca contra sus adversarios políticos, sino los persigue mediante esbirros (que en su originario sentido gramatical, significa por fiscales y jueces). Y, el delito que justifica la persecución es “toda forma de corrupción”. La que se perdona para los propios y es exponencialmente difamatoria para los contrarios. En esto, el colaboracionismo de la prensa es esencial, como siempre lo ha sido para entronizar regímenes de fuerza.

Nada hay nuevo bajo el sol” (Ecl. 1, 9). El golpe del 30 de setiembre se perpetró con recursos comunes, no constituye un modelo nuevo de golpe de Estado. El descaro de cerrar el Congreso, aludiendo inaceptación de la cuestión de confianza en desmedro del ministro Del Solar, nos remonta al siglo XVIII porque trae a la memoria el dicho atribuido al monarca déspota Federico II de Prusia: “Cuando cometo alguna tropelía siempre encuentro algún idiota dispuesto a justificarlo en Derecho“.