Los demonios internos (IV Parte de Crónicas sobre un odiador)

Uri Ben Schmuel

Como vimos en el artículo anterior, la personalidad de Pedro Salinas Chacaltana es un punto muy importante para considerar cuando queremos leer de manera objetiva su cruzada anticlerical. Y esto también se ve claramente reflejado cuando analizamos el trabajo de este periodista junto con su asistente y colega, Paola Ugaz. De hecho, ambos podrían ingresar en los anales de la cultura jurídica como unos de los principales artífices de la inaudita “Teoría de la culpa ambiental”. Y esto por su pretensión de achacar a varias personas, y a las propias organizaciones religiosas, una conducta de encubrimiento sistemático respecto a los abusos cometidos de manera individual dentro de la institución o Iglesia misma.

Sin embargo, esta manera de actuar no es producto de una iluminación genial por parte de estos dos periodistas. No. Esto tiene relación con un ya tristemente célebre argumento: el de la autoría mediata y la “coinculpación por asociación”, muy conocidos en el Perú en algunos casos de amplia repercusión pública y que es usado por un marcado sector político y mediático peruano del cual tanto Salinas como Ugaz forman parte. Para ellos, es válida la asignación de responsabilidades penales a todo aquel (sin distinción entre institución y sujetos aislados) que alguna vez estuvo en posición de autoridad, de membresía o de adjuntía dentro de una entidad mientras los hechos señalados tenían lugar. Es decir, se presenta el caso bajo el ropaje sofista de un colectivo organizado y sistematizado para desarrollar conductas no sólo reñidas con un compromiso cristiano o político, sino abiertamente delictivas y criminales.

Es importante resaltar que no se pretende aquí acallar, ignorar ni minimizar los casos comprobados de abusos o corrupción ejecutados por individuos aislados dentro de algunas organizaciones. No se niega tampoco la urgencia de que las víctimas comprobadas encuentren pronta justicia y atención a su sufrimiento y a sus legítimas expectativas, de parte no sólo de la propia asociación sino de las autoridades del país. Lo que se busca aquí es llamar la atención sobre las verdaderas intenciones que tiene Pedro Salinas al tomar como suya una lucha maquillada de justicia para las víctimas pero que, en realidad, tiene un trasfondo mucho más grande: la pretensión de desprestigiar a la Iglesia Católica señalando la incoherencia de algunos de sus miembros. Es por eso que en su accionar, Salinas avanza en su cruzada sin importarle avasallar la vida y el honor de personas que son inocentes.

¿Cómo así un periodista peruano, sin mayor logro, mérito ni luces profesionales o intelectuales logró —casi en solitario— calar pública e internacionalmente esta campaña de desprestigio y de incriminación que está yendo más allá del Sodalicio? ¿Cómo pudo lograr incluso influenciar a un grupo de obispos de la Conferencia Episcopal Peruana al punto de que tomen partido por su causa?  Para responderlas tenemos que adentramos en un perfil y conocimiento de la esencia personal y la figura pública que son uno en Pedro Eduardo Salinas Chacaltana. Con ellas podremos entender los abismos y las conexiones de esta bien montada trama en la que este periodista no es más que un títere del elenco.

Pedro Salinas sodálite

En 1984 un veinteañero Salinas, atormentado por una infancia agitada y torturada, y una juventud desestructurada, encontró amparo y cobijo en el seno de la sociedad de vida apostólica Sodalitium Christianae Vitae. Su carta, dirigida al entonces superior de la entidad, Luis Fernando Figari, reflejaba una profunda convicción y determinación de que “el Señor me llama y me invita a seguirlo a través del SCV”. “Creo que es la vocación que el Señor ha elegido para mí dentro de la diversidad de caminos que tiene para llamar a sus hijos, ser sodálite”, decía. “Mi compromiso cristiano, mi respuesta y acogida al Plan que Dios ha trazado para mí lo encuentro profundamente identificado con mi adhesión al SCV; el ser cristiano, el ser santo, el conformarme con el estado de Jesús Hijo de María, es para mí sinónimo de ser sodálite. No lo puedo entender de otra forma”. Reveladora autodescripción y carta de intención.

Por supuesto, sería injusto e impreciso atribuir, de manera simplista, la voluntad del joven Salinas de entregar su vida como laico consagrado únicamente a una reacción visceral e impulsiva a los avatares, sinuosidades y torturas de su circunstancia personal. Estaba clara su decisión de asociarse a una organización que para entonces ya exhibía un claro posicionamiento público como una sociedad apostólica bien estructurada: “Todas estas cosas y muchas más me han hecho agradecer y bendecir al Señor y a su Madre infinitas veces por haber colocado al SCV en mi camino. No sé qué cosa hubiera sido de mi vida si no le hubiese conocido”, confesaba entonces Salinas.

La vida comprometida de este singular comunicador prosiguió en la comunidad sodálite “Nuestra Señora de Guadalupe”, en San Bartolo, para luego pasar una temporada en la comunidad en Arequipa. Un día de 1987, tres años después, lo encontramos dirigiéndose nuevamente al superior Figari para comunicarle su retiro de la vida comunitaria aduciendo “no tener vocación para ella, por un lado, y por vivir un estado de inmadurez que no me permite entrar en un dinamismo comunitario a la plena disponibilidad”, pero, sobre todo (ojo a esto), “por el hecho de no haber solucionado mi problemática psicológica personal, lo que obstaculiza sobremanera una positiva adaptación a la comunidad y me indispone a insertarme en un ritmo comunitario”.

En la conexión interpretativa entre estos dos episodios trascendentales dentro de la biografía de Salinas se trasluce un fondo de inestabilidad psicológica y emocional. Reconocer, primero, una vida signada por los trastornos psicológicos producto —sí en su caso— de sistemáticos abusos y disfuncionalidades intrafamiliares e intergenéricas con otros jóvenes con quienes interactuaba, para pasar luego a rogar su rescate existencial apelando a la acción de una comunidad sodálite, y terminar aceptando su poca o ninguna capacidad de adaptarse a la estructura y disciplina que dicha organización demandaba de él en su propio provecho, no puede evidenciar otra cosa que el perfil de un individuo altamente conflictuado en su ser.

Bajo esa perspectiva podría ensayarse un iter vitae, una forma o ruta de vida encaminada a transpolar sus propias afecciones, desórdenes, alteraciones y demonios internos hacia una organización que en su momento le había abierto las puertas para rescatarlo —a su propia solicitud— del flagelo de la depresión, el aislamiento y el consumo de alcohol y de sustancias psicoactivas, como él mismo reconoció en el peritaje psicológico que se le hiciera.

Esa habría de ser la real motivación, el sustrato y el élan vital (Bergson dixit) de las obsesiones persecutorias de este antiguo sodálite en la explotación mediática y pública de sus denuncias, campañas de desprestigio y demolición contra una organización (un rasgo parricida, a decir de los expertos), en lugar de señalar episodios y personas aisladas y distanciadas de la esencia institucional del SCV. El iter de Salinas muestra, además, que el caso del SCV es la punta de lanza de una actitud que se fue extendiendo hacia la Iglesia católica en su conjunto y a otras denominaciones cristianas.