Evo Morales: No perpetuarse en la República

Un presidente no debe pretender nunca ser rey

Federico Prieto Celi

Evo Morales  Ayma es el presidente de Bolivia que ha gobernado más tiempo: trece años, nueve meses y 18 días, desde el 22 de enero de 2006 hasta el 10 de noviembre de 2019.  Un mandato originado y renovado en las urnas. Le sigue Hugo Banzer Suarez, que gobernó siete años como dictador (1971-1978) y cuatro como demócrata (1997-2001), es decir, once años. Esos dos presidentes, sin embargo, son la excepción. La mayoría ha durado muy poco, y son meritorios los que han logrado terminar su mandato democrático de cuatro años.

Evo Morales Ayma ha declarado que “mi pecado es ser indígena, dirigente sindical y cocalero». Sin embargo, ese pecado político le ha permitido batir el record nacional de permanencia en el gobierno, por lo que no se puede tomar en serio esa declaración. La verdad es otra; en una república presidencialista un jefe de estado no puede pretender perpetuarse en el poder, por mucho que ponga en la carta magna que hay reelección ilimitada.

El lunes 11 de noviembre el diario Expreso de Lima titulaba en primera página: cayó el monarca. Un monarca hereda el trono de su padre y a su muerte lo deja a su hijo (o hija, en algunos casos) mayor. En el juego democrático, donde los partidos políticos son los equipos en pugna, no es así: ingresa un presidente por ganar unas elecciones y debe irse al terminar su mandato.

Estados Unidos tiene una sola reelección, en periodos de cuatro años. México ha tenido mandatos largos, pero los ha acortado, igual que Francia. La mayor parte los tiene de cinco años o, como Bolivia, de cuatro. En el Perú lo pusimos de cuatro, de cinco, de seis, y hemos vuelto a cinco. Leguía y Fujimori probaron suerte y duraron, pero para caer contra sus voluntades. Es el pecado político, para usar la expresión de Evo Morales Ayma, que un demócrata no puede cometer: es pecado mortal, es sacrilegio político. Una lección que los políticos populares deben tener siempre presente.

A Evo Morales Ayma lo ha sacado de la presidencia el motín policial y la presión militar, además de la opinión de sus propias bases y la sugerencia de las autoridades eclesiásticas. Ese estilo de caída libre evoca la caída de Juan Perón, que cayó por un levantamiento de la marina de guerra, un desentendimiento con los obispos y una revuelta popular, a pesar de ser un político hábil en el manejo de la calle. Siempre es el mismo motivo: un presidente no debe pretender nunca ser rey.