A modo de protesta

Javier
González-Olaechea

Nadie puede negar que por Fujimori las fuerzas económicas se liberaron de un gran peso del Estado y el país emprendió una senda de crecimiento sin pausa hasta el fin del gobierno Humala. Tampoco se puede ocultar que un factor decisivo, años después, fue el impulso de los precios de las materias primas y de los minerales, que el Perú produce desde la colonia. Engordaron las cifras y millones incrementaron sus ingresos.

Toda esa bonanza contó con un marco legal y con aprobación política (el modelo económico) que las mayorías sucesivamente fueron ratificando en las urnas. Dicho esto, es muy criticable al menos tres cosas sobre el enfoque y ejercicio desde las altas esferas de la relación de la economía y la política y viceversa.

En primer lugar, la autocomplacencia oficial y de los estamentos institucionales más importantes del país respecto a que crecer era suficiente y pensar con necedad que el chorreo era caudaloso. Nos hemos mirado el ombligo con una lupa de aumento y con la satisfacción de estómago lleno. No terminamos de entender lo que Jean Timbergen hace más de 60 años diferenció entre crecimiento y desarrollo.

Ese aplauso al “milagro peruano” nos cegó e impidió el implemento de políticas masivas para cimentar el piso social desde la igualdad de oportunidades. Los políticos se llenan la boca de inclusión social cuando poco se ha incluido desde la acción gubernativa. Se concibieron y ejecutaron (todavía) muchos programas sociales de alivio a la pobreza, pero la proporción de gasto e impacto efectivo siempre ha sido excesivamente caro. En la educación, por ejemplo, un alumno de un colegio privado de la red del grupo Interbank cuesta menos que lo que gasta el Estado por educando y la comparación de la calidad educativa ofrecida no deja dudas.

La pobreza, heredable casi naturalmente, es multidimensional. Entonces, debe ser erradicada con programas que integren el binomio pobre/familia y no actuando de manera individual, como suele ocurrir.

En segundo lugar, al no haber entendido que el crecimiento no abarca el concepto de desarrollo, más bien es al revés, hemos perdido enormes oportunidades. El país debe hacer uso de los fondos fiscales eficientemente y no sólo acumular reservas. Si dispusiéramos con racionalidad de sólo un tercio de las reservas, como tope, podríamos superar la pobreza de raíz progresivamente.  Mucho aparato para tan poco. 

En tercer lugar, la incapacidad pública duele. Al igual que los huaicos, nos lamentamos del friaje desde la tribuna.  El gobierno no puede enajenarse de la razón y debe cerrar en un año o menos esa brecha sangrante.  Indigna ver las mismas imágenes de niños y ancianos muertos que llegan con la puntualidad y recurrencia de un tren japonés.  Los hechos desnudan la recurrencia relojera, la microcefalía gubernativa y la indolencia de la sociedad. Claro, como sostuve en otra columna, Lima se mira a sí misma y ya relajada, al mar!