Miente, miente… (VI Parte de Crónicas de un odiador)

Uri Ben Schmuel

En la entrega anterior, hablamos sobre el Proyecto Accountability y el Acuerdo de Varsovia, ambos inscritos en el marco de una organización internacional que tiene como fin llevar a la Iglesia Católica a los tribunales internacionales por crímenes de lesa humanidad. Como vimos, el protagonista de estas crónicas tiene una participación muy activa en esos proyectos.

Curiosamente, para no decir por casualidad, el primer objetivo en este intento trasnacional fue el obispo de Piura y Tumbes, Monseñor José Antonio Eguren, a quien se imputó por meros dichos de algunos exmiembros del Sodalicio, ser el principal encubridor de los mencionados abusos dentro de la congregación. En realidad, más que eso. Eguren fue acusado más de una vez por Pedro Salinas de ser el creador, inventor y articulador de este sistema de abusos institucionalizados. Las acusaciones de Salinas devinieron en una querella en su contra. Sobre este caso, el abogado defensor del obispo, el reconocido penalista Percy García Cavero, acaba de publicar hace poco más de una semana un libro cuyo título resume muy bien lo que fue todo este proceso judicial que terminó con la condena de Salinas como difamador: “El Caso Pedro Salinas: De denunciante de abusos a mancillador de honras”. Ya Luciano Revoredo, en una columna de opinión en el portal La Abeja había descrito la estrategia que usaba Salinas para atacar a su enemigo: “Podríamos caracterizar su técnica como “generalizar para confundir”. O dicho de manera más coloquial: “meter todo en un mismo saco”. Hasta el cansancio Salinas —y Paola Ugaz a coro— han dicho en diversas ocasiones que la querella que le puso Mons. Eguren era una respuesta al libro “Mitad monjes, mitad soldados”. Ha intentado bajo todos los medios de hacer ver la acusación de difamación como parte de una respuesta articulada por el Sodalicio en su contra. La realidad, y lo hemos corroborado, es que no es así. Eguren ha hecho lo que ha hecho por su cuenta, pues consideró que las afirmaciones de Salinas faltaban a la verdad y lesionaban su buen nombre. No hubo tal “confabulación sodálite” contra Salinas.

Y esto, además, quedó más que claro cuando, en un acto de humildad y grandeza, el Obispo se desistió de la querella dejando al difamador libre de cumplir el pago de la reparación civil y la prisión suspendida. Por supuesto, como ya hemos visto anteriormente, la personalidad narcisista de Salinas no pudo resistir dicho acto, y trató —sin éxito— de desmerecer el desistimiento de Eguren. Algo que, para dolor de su ego, no logró. Y hasta mereció una obra completa en su honor.

El comunicado del Arzobispado liderado por Eguren fue muy claro:

 

 

Sin duda, este fue un golpe muy duro —y merecido— para Pedro Salinas. En el intento por no aceptar un error clarísimo que con una simple rectificación se hubiera enmendado, prefirió ir más allá e, inclusive, tratar de incriminar a la jueza que lo condenó en algún oscuro caso. Ni qué decir sobre todo aquel que dio alguna opinión a favor de Mons. Eguren. Porque algo es cierto: por más que Mons. Eguren se haya desistido, el hecho jurídico permanece. Por eso, Pedro Salinas será recordado por haber difundido hechos falsos y sin fundamento que atentaron contra el buen nombre de una persona. Y haber sido condenado por ello. Esto será un sello en su mediocre currículo que ningún foro, seminario, lectura, conversa o festival organizado por caviares como él podrá borrar.

Si los católicos militantes, jerarcas, obispos, sacerdotes, clérigos, laicos comprometidos, militantes de base, simpatizantes y miembros de otros credos monoteístas –como quien esto escribe–,  no tomamos conciencia de la gravedad de estos hechos y los analizamos de forma aislada e inconexa, estamos ante el grave peligro de ver la entraña de una dos veces milenaria institución eclesial infiltrada por estos agentes de exterminio espiritual. Los gramscianos, lo hemos dicho hasta el cansancio, apuntan a demoler los cimientos de Occidente y de la civilización judeo-cristiana.

Identificación y procesamiento a los culpables de abusos, violaciones y sometimientos dentro y fuera de la Iglesia, por supuesto que sí. Pero no a cualquier costo. No se debe generalizar, enlodar y despotricar de manera general e irresponsable (y muchas veces, infundada) a todo un cuerpo de creyentes por simple capricho y soberbia personal.

Esta historia continuará. Pero no dejamos de recomendarles la lectura del libro de García Cavero sobre este caso mediático.