Estado-Nación y el horizonte líquido

Ramiro F. Prialé

Se define “sociedades líquidas” (1) como la percepción contemporánea de encontrarnos en procesos de cambio permanente, de momentos de rápida obsolescencia y mutabilidad cada vez más acelerados. Los medios de comunicación, las redes y el internet aceleran esa sensación de cambio al presentar la realidad como la sucesión constante de información de actualidad en vertiginosa transformación de hechos en acontecimientos mediáticos. Hoy puedes ser testigo inmediato de la noticia.

La globalización se apoya en el extraordinario desarrollo de la tecnología de las comunicaciones. Conecta todo el planeta en una maraña de redes que homogeneiza pautas de consumo y contactos determinadas. Promueve el crossover cultural, articulando tanto una estricta individualidad como el alejarnos de la solidaridad comunitaria, la lucha social o los proyectos igualitarios.

Por otro lado, en el modelo socioeconómico de la globalización, las corporaciones no pertenecen a trabajadores cualificados o a herencias familiares, sino a inversores y accionistas que no tienen el menor contacto ni responsabilidad legal o moral con sus empleados. El poder financiero se desvincula del espacio, de la producción o del factor humano. Al escindirse el poder de sus vinculaciones espaciales, las corporaciones escapan de la soberanía de los estados.

En este horizonte líquido, ¿qué papel pueden desempeñar los estados en la articulación de un nuevo relato de unidad e identidad nacional?

Los estados-nación han sido el objeto de estudio de los historiadores desde el siglo XIX. Este modelo de administración política y territorial propia del continente europeo se extendió a todos los rincones del mundo por invasión, aculturación o simple reiteración en un proceso de nacionalización que comenzó apoyado en una burocracia centralizada y en una profunda campaña de nacionalización en la escuela, ejército, arte, prensa; espacios donde se fomentó el culto a los símbolos y valores patrios y a la homogeneización de la lengua nacional como representativas de la identidad.

En el tradicional enfoque de Estado-Nación las nociones de Dios, patria, bandera, familia eran sustantivas para mantener una identidad nacional y sostener la defensa de un espacio territorial. La narrativa del historiador era la gesta del líder y del pueblo como protagonista abnegado. Eso ha cambiado.

Estamos ante un nuevo horizonte líquido. El “pueblo” ha perdido su centralidad en las narraciones del pasado, sustituido por la consideración de individuos plenamente atomizados y capacitados para actuar con autonomía, articulados por las redes sociales.

En la modernidad líquida, el estado-nación ya no es el motor de la historia, perdiendo su hegemonía ante organismos globalizados, reservándose la intermediación entre los mercados y los ciudadanos a través del control ideológico y coercitivo.

Estos nuevos términos apenas si comienzan a ser percibidos y entendidos por una clase política que no tiene ya reflejos ni la capacidad de reacción ante los súbitos cambios en la ciudadanía. Chile es el ejemplo más clamoroso. La gente se comunica instantáneamente, coordina, toma posiciones y logra consensos sin pasar por líderes visibles, prensa tradicional ni autoridades que pueden perder legitimidad súbitamente.

Ante este nuevo horizonte líquido lo que tiene que cambiar es la idea de representatividad como algo fijo y estático. Lograr consensos sociales nunca ha sido tan viable. Ya existe toda la tecnología que puede hacerla posible e instalarse de plano en el imaginario y el quehacer ciudadano.

Hoy se pide la cabeza de Piñera en Chile. Ayer era el Congreso de Perú.  El nuevo gran protagonista es el «pueblo» y las leyes tienen que adaptarse a la nueva forma de democracia líquida.

¿Un congresista debe quedarse cinco años pagado por la nación, sin demostrar para qué fue elegido?  O debe ser rotado por tercios en periodos más cortos para impulsar el cambio que el país espera.

Bajo el paradigma de los consensos sociales será la comunidad la que plantee, priorice y vote por los proyectos que espera ver realizados. El candidato de turno exitoso será aquel que convenza a la mayoría que será capaz de conducir y plasmar el consenso social de la voluntad popular expresada con el voto ciudadano.

(1)     RINA SIMÓN, César, “De la Historia sólida a las historias líquidas. Los condicionantes tecnológicos y neoliberales del oficio”, Diacronie. Studi di Storia Contemporanea, 12/4, 2012.