Nada es a prueba de idiotas

Las empresas legítimamente interesadas en proteger el modelo de una economía en libertad jamás debieron dar semejante cantidad de dinero a los partidos politicos. Debieron ofrecérselo a los think tanks de quienes podían dar la batalla política y apoyar a los medios de comunicación que pudieran acogerlos. Así es como se gana una batalla política. No arrojándole dinero al problema.  

Habría sido una inversión no solo infinitamente más eficiente en términos de resultados, sino absolutamente inobjetable desde un punto de vista ético.

No somos pocos los que hace décadas, desde mediados de los 80,  tocamos puertas humíldemente para pedir a las empresas apoyo para institutos que pudieran dar respuesta al insolente desafío falsamente intelectual del enemigo. Era para poder dar la batalla, contestar y competir en su propio terreno con las ONG de la izquierda financiada desde fuera por interesé político o económico. No era difícil vencerlo. Sus productos eran mediocres por estar construidos sobre cimientos endebles, arquitecturas intelectuales fundadas en premisas falsas y lecturas ideológicas de la realidad, que podían refutarse fácilmente con solo atender al proceso de nuestra realidad económica y política.

No pocos empresarios suelen sentir, no obstante, un desprecio infinito por los ratones de biblioteca, por los intelectuales,  incluso por los que podían defender que la propiedad es fundamental para la sociedad y que la iniciativa privada es libre.

En vez de eso prefirieron reaccionar tardíamente entregando verdaderas fortunas a los partidos políticos para que ganaran elecciones de cualquier manera, instrumentando medios para aturdir a la opinión pública sembrando el miedo al enemigo para acorralar el voto.  

Eligieron el camino ilegítimo porque no era ilegal. Convencidos, como suelen estar, de que el dinero es omnipotente y de resultados instantáneos. Les tenemos noticias. El dinero no lo puede todo. El lavado de cerebro es más poderoso. Quienes tenían los recursos trataron vergonzosa e inútilmente de medrar e infundir temor en la hora undécima.

Nada es a prueba de idiotas.

Otro gallo nos cantara hoy si 40 años atrás hubiéramos podido hacer el trabajo paciente que permite apelar a la lucidez de las personas y crear una narrativa que pudiera alcanzar a todos los peruanos con un significado para su historia y un sentido para sus vidas. Habríamos evitado la desmoralización.

El enemigo, en cambio, hizo su trabajo minuciosamente, paso a paso, en etapas perfectamente conocidas: desmoralización, desestabilización, captura del poder.

Desmoralizar a un país toma 20 años. Se ha completado cuando, perdida toda expectativa, la población está convencida de que el país es un naufragio sin salida.

No obstante, no somos pocos los que recordamos la década en que vencimos a la hiperinflación y al terrorismo senderista, al emerretismo en la embajada japonesa, cuando redujimos a un tercio las hectáreas sembradas de coca, y firmamos la paz para siempre con un país hermano. Creo no equivocarme si digo que los peruanos en aquella época nos sentimos legítimamente orgullosos del Perú por primera vez en décadas.

Los seres humanos en todas partes cuando pson desmoralizados y pierden el sentido de sus pasos no saben que lo han perdido. Y se consuelan en el desencanto de que ya  nadie los tome por tontos. Pero no les bastará con eso, porque no saben lo que han perdido y algo falta en sus vidas. Toca aprender lecciones.

Comenzaremos de nuevo. Tocaremos puertas otra vez. Tal vez los empresarios peruanos honrados, que hoy por muy buenas razones no volverán a donar jamás un centavo a un partido político, hayan comprendido que pueden devolverles a los peruanos el sentido de su historia, que les ha sido expropiado, y la dignidad que un día conocieron y necesitan recuperar hoy para seguir adelante.