El imperio de la mentira y el terror

José Antonio Olivares

La propaganda y el control férreo de los medios y las opiniones permitieron hasta nuestros días una imagen falsa de esta cruel ideología.

“Marx ha muerto: ¡viva Trotski!”. Y así es: decenas de fracasos en otros tantos países y en diversas circunstancias, contemplados a lo largo de muchas décadas, no han bastado para convencer a algunas personas indiferentes a la realidad. ¿Por qué? Tal vez porque el marxismo, aunque falso, aporta un diagnóstico sencillo, elemental y comprensible de los males sociales, al alcance de cualquier persona, por limitada que sea su educación o por escasa que resulte su capacidad de análisis; tal vez, porque la disparatada terapia que propone posee esas mismas características. También, porque las utopías, causantes de las mayores catástrofes de la historia, son siempre seductoras para un porcentaje de la sociedad que prefiere delirar a observar y reflexionar. Sin embargo, el hecho de que algunas personas insistan en un error no es una forma indirecta de validarlo. Es, simplemente, una muestra de terquedad irracional, de la que hay otros miles de ejemplos en la historia. En todo caso, no puede olvidarse una triste observación que  hizo Yuri Kariakin, marxista en sus años mozos y demócrata en su vejez, mientras esperaba a Yakovlev: “¡Qué raro y desproporcionado es el marxismo! Durante nuestra juventud, dijo: en pocos días nos llenamos la cabeza de porquerías e insensateces ideológicas, pero luego nos toma muchos años sacarlas del cerebro”.

Hay gente que no lo consigue nunca.

No importa cuántas veces se denuncie, ni las fotos, testimonios o grandes cifras de muertos, torturados o deportados se aporten: siempre hay alguien, no importa la edad, el sexo o la profesión, que justifica el comunismo. La clave del éxito es que se construyó como una religión sustitutiva, con sus Santos Padres, libros sagrados, clero, dogmas de fe, milagros, mártires y promesa de paraíso en la Tierra. Tomó los más altos valores para envolver las más profundas mentiras, e hizo creer a las sociedades occidentales que vivían un conflicto de clase que solo se podía resolver con la imposición de una sobre otra.

Lenin elaboró la teoría del poder más eficaz del siglo XX; tanto que Mussolini y Hitler le imitaron. Aprendió de los errores y aciertos de los jacobinos de Robespierre, los comunistas de Babeuf y de los republicanos de Blanqui en la Comuna de París de 1871. Retorció las ideas de Marx para decir que la revolución no sería en un país industrializado como resultado de la contradicción del capitalismo, ni obra de los obreros para ellos mismos. No, eso retrasaría la revolución «unos 500 años», dijo Lenin a la Juventud Comunista. El éxito dependía de crear un grupo de revolucionarios profesionales; es decir, de burgueses dedicados a la insurrección.

Esos eran los bolcheviques de Lenin: un conjunto de burgueses y un ladrón de bancos, Stalin. No importaba que fueran burgueses e intelectuales, en nombre del pueblo debían tomar el «cielo por asalto» a través de un golpe de Estado que instaurara una «dictadura del proletariado» que desatase la guerra de clases para purgar al enemigo a través de una liquidación selectiva o una guerra civil. Eso fue lo que ocurrió desde 1917 y en todos los países, desde China a Cuba, que imitaron el modelo.

El Imperio del Terror. Sabiendo esto, ¿cómo fue posible que las sociedades occidentales se rindieran al comunismo? Federico Jiménez Losantos en «Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos» (La Esfera de los Libros, 2018), acierta en la clave. Lenin creó el Imperio del Terror; de hecho, cuando Stalin toma el poder, todo   el engranaje represivo estaba creado. El éxito fue propagandístico.

 

Mientras los gobiernos democráticos intentaban solventar la crisis del liberalismo y el parlamentarismo, los intelectuales coquetearon con fórmulas totalitarias, con «cirujanos de Hierro»,  y dictaduras que reconstruyeran la comunidad sobre los más altos valores. Y al intelectual que no estaba convencido, se le compraba. ¿Cómo era posible? Eso era «lo genial y lo diabólico» de Willi Münzenberg, quien en  representación del recién creado Partido Comunista alemán, con un discurso en el que dijo que la revolución necesitaba creadores de opinión de la clase media, artistas, periodistas, gentes de buena voluntad, novelistas, actores y dramaturgos, y no solo activistas de la clase obrera. El agente comunista en Occidente que creó el «Imperio de la Mentira», una hegemonía que se mantiene intacta y constantemente renovada.

He aquí el secreto: el control de los creadores de opinión, de la élite intelectual y universitaria, de los medios de información, y de la educación. Gramsci lo apuntó como instrumento para conquistar la hegemonía cultural que movía a la gente, Max Adler para el adoctrinamiento de las nuevas generaciones, y Eduard Bernstein para el control de la agenda política, pero Lenin y Stalin lo llevaron a cabo a través de Münzenberg. Fue entonces cuando presentaron el comunismo como la evolución natural y filosófica de la Humanidad hacia un mundo más justo, fundado en la solidaridad, el fin de la opresión, la liberación de las necesidades materiales y el reparto de la riqueza. Eso hicieron creer, pero el comunismo seria  el resultado de la  manipulación informativa; contada a partir de documentación procedente de los archivos soviéticos, recién abiertos a principios de los noventa, por Stephen Koch en un interesante libro titulado «El fin de la inocencia». En este libro se comprueba cómo Münzenberg puso toda su desmesurada inteligencia, su habilidad para la manipulación informativa y su destreza en el manejo de la mentira al servicio de ideas que entonces pudieron parecer ilusionantes pero que la Historia ha demostrado que, además de ser profundamente equivocadas, donde se han aplicado solo han llevado opresión, miseria y crímenes.

Este imperio de la mentira y el terror hoy se siguen aplicando en Latinoamérica, solo así se explica lo que sucede en Chile, Argentina, Ecuador, Venezuela y en nuestro propio país.

Fuentes.- Jorge Vilches | MADRID. LA RAZON. y Carlos Alberto Montaner/ 10 razones del fracaso del comunismo.