La génesis de las iglesias ecologistas

Lorenzo Bernaldo de Quiros

La discusión sobre el cambio climático, sobre la destrucción de la biosfera, sobre el alarmante deshielo de los glaciares y demás desastres medioambientales reales o profetizados, planteada por la iglesia ecologista son subproductos de un primer mandamiento de la fe. De él se deducen todos los demás: el mundo está superpoblado y ello conduce a su destrucción, salvo que se reduzca el número de personas que lo habitan y el consumo global. De esa tesis expuesta por Paul Ehrlich en su libro de 1969 The population bomb se derivan todas y cada una de las distintas sectas del ecologismo radical. El rigor de esa ­tesis, su solvencia intelectual, alcanza su cenit en la proclama de uno de sus principales paladines contemporáneos, el humorista Bill Maher, quien ha afirmado sin provocar risas: “Los humanos utilizan ya 1,7 veces los recursos que el planeta puede soportar”.

Sin duda el impacto de la acción humana sobre la Tierra es importante, ­pero eso no condena a la extinción del ser humano como una especie de ­maldición bíblica. La pérdida de la biodiversidad puede volverse un problema, pero tenderá a mitigarse por el creciente proceso de ur­banización a escala mundial y por el mayor rendimiento de las cosechas, impulsado por las nuevas tec­nologías y modos de cultivo, que liberarán cada vez más espacio a la fauna y a la flora. La polución
de los ­lagos, de los ríos, de los mares, parcialmente ­generada por el abuso de fertilizantes y pesticidas en la agricultura, puede descender de manera drástica con el uso de ­cultivos genéticamente modificados, etcétera. Los ejemplos ­podrían extenderse de modo expo­nencial.

En un reciente estudio, The Simon Abundance Index: A new way to measure availability of resources y Gale L. Pooley analizan los precios de 50 commodities fundamentales, tales como energía, alimentación, materiales y metales, y muestran un hecho contraintuitivo e incompatible con lo sostenido por quienes acusan al exceso de población y al capitalismo insaciable de ser los causantes del cuasi agotamiento de los recursos naturales. Entre los años 1980 y 2017, lejos de haberse reducido, aquellos son más abundantes, como lo demuestra un dato inapelable: su precio ha caído en promedio un 72,3%. Parece obvio que, si la escasez de esas materias primas hubiese aumentado, sus precios también lo habrían hecho. Ha sucedido todo lo contrario, y esto ha ocurrido durante el periodo de mayor crecimiento de la población registrado en la historia de la humanidad, un 71,2%. Si se tiene en cuenta que el precio de las commodities decreció a un ritmo más rápido que lo que se incrementó la población, esto significa que la humanidad experimenta en estos momentos una superabundancia de recursos.

Esos resultados confirman la hipótesis planteada por el economista de la Universidad de Maryland Julian Lincoln Simon. En su libro The ultimate resource, publicado en 1981, señaló que los seres humanos son inteligentes y, por tanto, capaces de innovar y de inventar procedimientos y tecnologías que permitan un menor y más eficiente uso de los recursos, aumentar la producción y desarrollar sustitutos.

El impacto de la acción del ser humano sobre la Tierra es importante, ­pero eso no lo condena a la extinción.

La inteligencia y la imaginación del hombre no están restringidas por barreras infranqueables. Tienen la capacidad de buscar y encontrar soluciones para adaptarse a las adversidades del entorno, hacerles frente y superarlas.

No existe, pues, ninguna ley inexorable, la evidencia empírica lo demuestra, que conduzca per se a un deterioro irreversible de la madre naturaleza. El futuro no ha de ser negro por definición ni el milenarismo ecologista está justi­ficado.

En suma, los recursos del planeta son finitos, del mismo modo que lo son, por ejemplo, las teclas de un piano. Este instrumento tiene sólo 88 notas, sin embargo, estas pueden ser tocadas en una infi­nita variedad de formas. Lo mismo sucede con el planeta. Lo importante no son las limitaciones impuestas por el espacio físico, sino la libertad del individuo para ­experimentar y reinventar la utilización de los recursos de los que disponemos. Olvidar esto es el error de base de las modernas sectas del eco­logismo radical, cuya ac­titud refleja una ignorancia-desconfianza supinas en el poder de la razón humana. En la carrera entre el ce­rebro humano y la escasez de recursos, estamos ganando.

Los verdirrojos con­templan el crecimiento en términos de consumir cosas. Durante y después de la revolución industrial, el incremento del PIB iba de la mano con el uso de la energía. Pero en las eco­nomías desarrolladas del siglo XXI, la producción y su valor se derivan de ­hacer más cosas con menos recursos. Por eso es crucial distinguir entre la estática y la dinámica cuando se consideran los asuntos medioambientales. Si, de repente, un individuo se empobreciese, es probable que optase por tener ca­lefacción en casa en de­trimento de su sombrero, de sus guantes o de su bufanda. Pero eso no significa que, si sus ingresos se triplicasen en los años o décadas siguientes, subiría la temperatura hasta ­achicharrarse. Esto es lo acaecido en los últimos veinticinco años en los países avanzados: el consumo de energía per cápita ha descendido.

Y es que el progreso económico modifica la jerarquía de las necesidades. A medida que el nivel de vida sube, la preocupación de la gente sobre las cuestiones medioambientales aumenta. Las pasadas décadas de crecimiento global se han traducido en una disminución de las tasas de natalidad, entre otras cosas, porque cuanto mayor es el PIB per cápita, mayor es la propensión de las personas a invertir en proporcionar a sus hijos una mejor calidad de vida. En este contexto, las iniciativas y propuestas de los sacerdotes y sacerdotisas de la iglesia ecologista son un claro signo de privilegio y de discriminación hacia los millones de seres humanos aún inmersos en la pobreza. Se les pretende aplicar medidas contrarias a las que permitieron el desarrollo de Occidente. Cuando esto se tiene en cuenta, es posible intuir cuán frívolo y dañino sería seguir los mandamientos del ecologismo radical.

Las propuestas de los ecologistas radicales son un signo de discriminación hacia los países pobres

La adopción del programa de las iglesias ecologistas por los países pobres les conduciría a instalarse en una miseria secular y su asunción por los ricos constituye un suicidio.