Balance ideológico de 2020

Federico Prieto Celi

En su encuesta de fin de año, a Líderes de Opinión de Latinoamérica, Ipsos destaca cuatro conceptos que, de acuerdo a las circunstancias de cada país de la región, reciben mayor o menor significado: Desigualdad social, Corrupción, Falta de respeto al sistema democrático y Debilidad institucional.

La crisis de la democracia en el mundo ha llevado consigo una debilidad institucional del Estado y, en consecuencia, falta de respeto a las instituciones del Estado. La corrupción política ha saltado de pronto a los titulares de los medios de comunicación, precisamente como una señal de la incapacidad del sistema democrático para funcionar correctamente, de tal manera que se encuadra en el mismo horizonte de crisis. Hasta aquí todo parece transparente.

El índice de aplauso o de desaprobación de la encuesta que el año que termina adquiere mayor protagonismo es, sin embargo, la desigualdad social, que no tenía tanta importancia en años anteriores. ¿Por qué? Porque en el año 2019 en América Latina se ha manipulado la desigualdad social para sacar a las masas a las calles, y tumbar a gobiernos por las malas, confiando en que el pueblo ya no cree en las instituciones democráticas.

Sin embargo, la desigualdad social es un fenómeno permanente desde hace cinco siglos en América Latina. El hecho de que la gente lo ponga ahora como un motivo prioritario de protesta puede tener dos razones. La primera, que las comunicaciones hacen ver a los pobres lo que tienen los ricos, creando lógicas expectativas de progreso que, si no se dan, piensan, es por culpa del gobierno. La segunda, que es un buen argumento para llevar a los defraudados a las calles en señal de exigencia de progresos rápidos y generosos.

Pero la corrupción, la debilidad institucional y la crisis democrática son tres impedimentos para atender a las exigencias populares. Y las revueltas callejeras no hacen más que incrementar el problema, porque las inversiones huyen espantadas hacia lugares tranquilos y estables. Lo único que puede romper este círculo vicioso es la aparición de líderes con temple de estadistas, y en el Perú, el presidente factico Martín Vizcarra, sólo preocupado de su falsa popularidad fomentada artificialmente, no es precisamente uno de ellos.