Badfellas (Parte XII y final de Crónicas de un odiador)

Uri Ben Schmuel

Hace algunos meses iniciamos la publicación de una serie de artículos sobre Pedro Salinas Chacaltana. El objetivo de esta investigación ha sido poner en conocimiento del público algunos aspectos de su trabajo periodístico que, convenientemente, no se suelen mencionar. Por otro lado, ha sido necesario explorar hechos de la vida de Salinas para entender mejor qué es lo que puede haberlo llevado a emprender su cruzada anticlerical. En esta última entrega de la serie quisiéramos proponer algunas ideas finales, a modo de conclusión, en torno a tres  temas: sus motivaciones, su desempeño periodístico y su relación con su aliada en la cruzada anticlerical, la periodista Paola Ugaz.

En efecto, una de las preguntas que planteamos al inicio de nuestras publicaciones fue si es que detrás de la aparente preocupación por las víctimas, Salinas tendría o no alguna otra motivación. Los hechos que hemos repasado nos muestran diversos ángulos que permiten delinear una respuesta. En primer lugar, Pedro Salinas reúne las características de una persona conflictuada por un pasado familiar complejo. Su paso por el Sodalicio, según el mismo refiere, tuvo un resultado medicinal para sus traumas infantiles y lo preservó de andar por caminos de mal vivir durante algún tiempo. Esta percepción cambia radicalmente y Salinas se convierte en un odiador no solo del Sodalicio sino de la Iglesia y de la misma divinidad. ¿Por qué se produce ese cambio? Es una pregunta para la que no tenemos una respuesta. Con todo, el odio, como vimos, sería una fuerte motivación para su posterior accionar periodístico.

Junto con su perfil de odiador de la realidad eclesial, Salinas ha sido siempre devoto de las cámaras y la atención mediática. En ese sentido, su cruzada a favor de víctimas de abusos le ha dado en la yema del gusto y le ha regalado una exposición que nunca soñó con sus tirantes a lo Larry King. Lo ha puesto en el centro de la atención mediática, condescendiente con sus perspectivas e incluso con sus faltas de rigor periodístico. El odio más el gusto por la atención son como oxígeno y gasolina para la combustión en la labor periodística de Salinas.

En segundo lugar, se debe señalar que Pedro Salinas no ha sido un llanero solitario en su cruzada. Por más intentos que ha hecho para negarlo y escamotearlo, él mismo ha tenido que aceptar que es parte de una red de personajes alrededor del mundo que, bajo la aparentemente desinteresada lucha por las víctimas de abusos sexuales, persiguen la destrucción de la Iglesia católica. La posición de Salinas en este entramado internacional se asemeja a la de un peón que actúa bajo las indicaciones de otros y, quizá sin ser del todo consciente de ello, es un engranaje de una maquinaria que lo supera. Como hemos señalado reiteradamente en numerosas columnas a lo largo de los años, Salinas (y su socia Ugaz) forman parte de la arremetida gramsciana para destruir los cimientos de lo que, a falta de un nombre mejor, llamaremos la civilización judeo-cristiana que ha sido y es el pilar de Occidente.

Por otro lado, las conexiones de Salinas a escala nacional son también un indicio significativo de que actúa en red: denuncia abusos y protege víctimas, pero por otro lado colabora con al lavado de imagen de una persona a la que poco le importan las víctimas (caso Azzizolahof); se presenta como el paladín de la justicia, y trabaja para lavarle la cara a fiscales cuestionados que, coincidentemente, apoyan su causa. Esto por mencionar algunas perlas.

Vamos ahora al segundo tema: su desempeño. Quisiéramos señalar en primer lugar una apreciación de tipo genérico y esta es su falta de ética periodística. Salinas ha dado incontables muestras de utilizar los recursos que el periodismo ofrece de forma arbitraria, interesada y sesgada. Esto desmerece los procedimientos de rigor periodístico que tienen una razón de ser: encausar el trabajo de modo que las pesquisas busquen sacar a la luz la verdad de los hechos en el marco de los derechos y deberes que establece la ley. Pedro Salinas ha trasgredido varias veces estos linderos y ha pretendido escudarse siempre en un derecho cuyos límites parece desconocer: la libertad de expresión. En este sentido, la querella que perdió ante Mons. José Eguren, a la que nos referimos en uno de los artículos precedentes, es más que elocuente. Sin embargo, ni siquiera esa condena fue suficiente para que Salinas admita haber cruzado algunos límites y sigue andando por las mismas vías.

¿Cómo alimenta su actuar periodístico? Con la victimización. Pedro Salinas parece haber hecho de ésta su principal labor como periodista de un tiempo a esta parte. Desde hace varios años no hace un aporte sustancial a sus investigaciones. Recicla su propio material —ejemplo de lo cual son sus últimos cuatro libros— y se dedica a ponerse en la posición de mártir de una campaña de desprestigio, tratando de venderse como el “caso símbolo” de la libertad de expresión maniatada por poderes ocultos. Los hechos mostrarían que no es símbolo sino de un periodista que no aprendió bien los límites y las exigencias propias de la libertad de expresión en un estado de derecho y se ha excedido en su ejercicio. En esta labor de victimización, se debe reconocer, ha tenido importantes logros. Quizá no tanto por mérito propio cuanto por el apoyo incondicional de sus colegas periodistas de un sector dominante de la prensa peruana: el de los “políticamente correctos”, una mezcla de socialconfusos, caviares y, para tomar la magistral frase de Beto Ortiz, últimamente también guaripoleras.

En tercer lugar, encontramos una constante en la manera de hacer periodismo de Pedro Salinas: la mentira. Si uno sigue sus entrevistas, declaraciones, publicaciones, saltan a la luz las contradicciones, la manipulación de la información, el ocultamiento intencionado de datos y hechos según su conveniencia. En ese sentido, por ejemplo, recordemos la manera cómo ha moldeado la información de su paso por la institución que luego pretende defenestrar. El Salinas sodálite esconde, como vimos, muchas preguntas sin resolver y da pie a pensar en relaciones complejas —como la que mantuvo con Levaggi, por ejemplo, a quien luego acusaría— que ciertamente condicionaron sus posteriores investigaciones.

Otro ejemplo al respecto es su silencio cómplice en relación con su socia y amiga Paola Margot Ugaz Cruz. ¿Cómo puede ser que no diga nada de las denuncias e indicios que sitúan a Ugaz como parte de una red de corrupción? Si se aplica su teoría de la culpa ambiental, ¿Paola Ugaz no sería corrupta al haber estado inmersa en una institución cuya cabeza está presa por corrupción? Ella misma, en su perfil de Linkedin, consigna que fue jefa de Social Media de la Municipalidad de Lima durante la gestión de la hoy investigada exalcaldesa Susana Villarán.Todo lo referente a este caso, no merece ni una sílaba por parte del prolífico columnista, experto en casos de corrupción.

Pedro Salinas es un personaje complejo, ambivalente, con un pasado personal y familiar marcado por grandes vacíos y ausencias. Su personalidad vengativa, impulsiva, disruptiva de los valores tradicionales (como señala la pericia psicológica del Ministerio Público) parece haberse canalizado en sus investigaciones tratando de encontrar una suerte de sublimación curativa. Sin embargo, el resultado no parece ser tal. Salinas proyecta la imagen de un odiador que utiliza cualquier recurso a su disposición para lograr sus objetivos, aun a costa de los derechos de otras personas. Como suele suceder, el tiempo y la historia encarrilarán las cosas y Pedro Salinas ocupará el sitial que le corresponde.

Respecto a doña Paola Margot Ugaz Cruz, quisiéramos añadir que es lo más parecido que hayamos visto al personaje Lavinia, del cuento Maud-Evelyn, de Henry James: “…una de esas personas sobre las que se desconoce si habría podido ser atractiva de haber sido feliz, o si habría podido ser feliz de haber sido atractiva”, pero no todo es su culpa.

El diablo está en los detalles, y hay varios que la retratan de cuerpo entero. No hace mucho confesó, en una entrevista en el suplemento Domingo de La República, que de niña jugaba con su Barbie como algunas otras niñas solo que ella, tratando de digerir el propio divorcio de sus padres, escenificaba el  divorcio de Ken y Barbie. Ella misma concede que eso podría explicar su amarga actitud ante la vida y el mundo que la rodea: algo que ella define como su “pinchaglobismo”.

Quizás esa actitud se extrapoló en la adolescencia cuando tomó conciencia que su padre, el Coronel EP José Ugaz Cabrejos, egresado en la 75ª Promoción de la Escuela Militar de Chorillos el 01 de enero de 1972, era compañero de promoción y andanzas que nada menos que don Vladimiro Montesinos. Ha de haber sido duro para una pinchaglobos enterarse el tipo de sangre que corría por sus venas. Quizá fue entonces que tomó la decisión de incordiar la vida de todos los que pudieran osar ser felices en su entorno. Siendo este objetivo de vida poco útil para asegurar la subsistencia escogió el periodismo dizque de investigación como modus operandi y modus vivendi: lucharía contra el mal a su alrededor para soslayar la maldad misma que ella encarnaba.

Eso para no hablar de la hipocresía y el doble rasero de todos los de su laya gramsciana: presume de ‘progre’ pero es corresponsal de un diario español conservador que defiende los postulados y valores sobre los que ella y su socio Salinas escupen mañana, tarde y noche. Como dijera el único Marx valioso, Groucho, “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros…”