“No te llevas a mis cholos”

Jorge Morelli

El presidente Vizcarra ha declarado que no hay forma de que Tía María camine en este gobierno. Esta decisión política se debe, obviamente, a que no están dadas las condiciones políticas. Tampoco las económicas. Para entender lo que ocurre hay que examinar el proceso con perpectiva en el tiempo.

Ante todo, no existe conflicto en Tía María en el lugar donde estará la mina. Se habla de contaminacion del agua del río Tambo. Es un pretexto. El río esta lejos de la mina, que además no usará agua del río porque desalinizará la del mar. El conflicto no es por el lugar de la mina sino por la periferia de Tía María, en el valle del Tambo. Y el verdadero motivo es que la mina necesitará contratar gente para su construcción.

Esa gente incluye a los jornaleros y peones que tradicionalmente trabajan la tierra y el ganado de los agricultores y ganaderos del valle del Tambo. La mina les pagará salarios a precios del mercado nacional, no del mercado local. Todos querrán ir a la mina. El conflicto no es entonces con los trabajadores potenciales de la mina. Es con los dueños de las tierras y el ganado del valle del Tambo, que se quedarán sin peones para sus chacras y sus animales.

Esto ya lo sabía la Cerro de Pasco Corporation a principio del siglo XX. Para eso invirtió en las haciendas ganaderas que desarrollarían la crianza de ovinos -uno por hectárea- hasta conseguir una raza que fue la admiración de su tiempo. Con esto logró que los comuneros del valle del Mantaro fueran mineros part-time y pudieran volver a sus comunidades para la cosecha.

El mismo conflicto ocurrió en Lircay, Huancavelica, en 1973 con la llegada de la empresa minera Buenaventura, donde -según narraba Fernando Fuenzalida- los “notables” del pueblo –los “mistis”- se quedaron sin comuneros que cuidaran sus animales y cosecharan sus tierras. Escuchando estos, no obstante, inflamados discursos de Juan Velasco en la radio, se declararon “socialistas” y armaron un contingente que destruyera las instalaciones de la mina. Para su infinita sorpresa, la mina fue defendida por los comuneros que trabajaban en ella.

Lo mismo sucedía en Corani, Puno, en 2011. Lo que preocupaba a los comuneros criadores de alpacas es el temor a que, por causa de la mina, se quedarían sin trabajadores para las alpacas.

El problema es la escasez de mano de obra.

El viejo conflicto está perfectamente descrito en Todas las sangres de José María Arguedas, entre el hermano minero -hombre moderno, graduado en Estados Unidos- y el hermano hacendado tradicional, heredero de su padre latifundista serrano, padrino (si no padre) de la mitad del pueblo. Inevitablemente, Fermín y Bruno entran en conflicto por la mina Aparcora que Fermín quiere explotar para “traer progreso”. Bruno envía inicialmente cientos de «sus cholos». Fermín busca la veta con la mano de obra de 500 peones con el sistema de turno de la mita. Los de la hacienda son lampeadores y cargadores. No reciben jornal, solo alimentos. Los obreros modernos reciben jornal. Bruno se lleva a su gente para que no se «contamine de la modernidad». Para cuando llega un consorcio trasnacional moderno –la Wisther-Bozart en la novela–, Fermín vende. La empresa necesita agua y la consigue comprando tierra a vil precio con autoridades corruptas.

En suma, la minería es percibida y representada –incluso en la novela de Arguedas- como una fuerza desintegradora del orden tradicional pero incapaz de dar el salto a la modernidad. Hasta hoy en el Perú, esta es la narrativa subyacente a las representaciones colectivas del conflicto entre las comunidades y las minas. Hemos olvidado todo y no hemos aprendido nada.

La solución existe. Está en el mercado. Pero en el mercado global, no en el mercado local, donde el trabajo y la tierra no valen nada. Esta es la propuesta de Hernando de Soto al Perú.