Entre la Religión y la Libertad

José Antonio Olivares

Nuestra institucionalidad aún no termina  de descomponerse, falta todavía algunos elementos, la reciente elección de las minorías calificadas ene l parlamento, los diálogos anticipados capitaneados por un presidente que lo controlo casi todo, y la falta de seriedad en  el trato de la cosa pública, nos obliga a meditar sobre algunas cosas. La elección de  Etnocaceristas  muy cercanos a  al fascismo étnico y de religiosos como el Frepap   deben ponernos las barbas en remojo.

La democracia es el gobierno o poder del pueblo. Tiene su origen en el siglo V a. de C. en las  ciudades griegas, especialmente en Atenas, donde alcanza su esplendor con Pericles.  Abraham Lincoln, en su discurso político de Gettiysburg, del 19 de noviembre de  1863, la definía: “Es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Política es el arte de gobernar en justicia y en paz la vida personal, laboral y social de los ciudadanos de un Pueblo, Nación o Estado mirando a su bienestar y bien común. Sin embargo, para ciertos políticos, la política es esencialmente una lucha y una contienda que permite asegurar a los individuos y a los partidos que detentan el poder su dominación sobre la sociedad, y al mismo tiempo, la adquisición de ventajas, beneficios y privilegios que se desprenden de la ostentación del poder político. La democracia no está al servicio de la política, sino que la política debe estar al servicio de la democracia.

Los políticos deben ser servidores del pueblo. Entiendo que las personas que acceden a cargos y destinos de responsabilidad política, sin saber gobernarse a sí mismos ni a su familia, no son los más representativos ni los más idóneos para gobernar democráticamente al pueblo. Los partidos políticos deben buscar personas competentes y honestas que sirvan al pueblo haciendo leyes justas y buenas y aplicándolas correctamente para el bienestar personal y social del pueblo.

La religión es la dependencia que los humanos sentimos de la existencia de un ser supremo, llamado Dios, que nos ha creado y nos gobierna. Históricamente, es tan antigua como el ser humano, apareciendo de diversas formas y maneras, desde el fetichismo y animismo a las actuales religiones, Hinduismo, Budismo, Shintoismo, Judaísmo, Cristianismo e Islamismo. Hoy día, los ciudadanos religiosos son miles de millones de ciudadanos extendidos por todo el mundo.

Cuando la religión invade la política, la mezcla es incendiaria. La necesidad de aferrarse al poder de algunos políticos “modernos” y a la vez medievales como Benjamín Netanyahu y Jair Bolsonaro, y los crecientes vínculos de López Obrador con grupos religiosos invitan a revivir viejos e imprescindibles discursos sobre la libertad. Los Israelitas peruanos o seguidores del pescadito  nos provocan esa misma reflexión. ( a pesar que se han mostrado más coherentes que muchos , en algunos temas)

John Stuart Mill publicó “On Liberty” —”Sobre la libertad”— en 1859, texto abocado a reflexionar sobre la libertad individual. A lo largo del ensayo, Mill defiende la autodeterminación del pensamiento como un bien sagrado: ni gobiernos ni sociedades tienen derecho de imponer acciones contra la voluntad de la persona. Su postura, a riesgo de simplificar, puede resumirse en dos postulados: es necesario cavilar sobre la lucha entre autoridad y libertad y significar la tiranía de los gobiernos versus el derecho a decidir de los individuos. Proteger la libertad de las personas es el meollo de su libro y leitmotiv de sus aproximaciones a la política y a la sociedad.

Seguramente Mill había leído el Artículo IV de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), uno de los documentos fundamentales de la Revolución Francesa: “La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el disfrute de los mismos derechos”. Librepensador “adelantado”, Mill defiende la autonomía del ser humano como un bien insustituible y fundamental: el individuo tiene derecho de actuar como desee, siempre y cuando no dañe a otros. Nada ni nadie sobre la voluntad de la persona. Las religiones “impuestas” chocan con la idea previa.

En Principio del daño, Mill ahonda: “El objetivo de  la libertad es afirmar un sencillo principio destinado a regir las relaciones de la sociedad con el individuo en lo que tengan de compulsión o control, ya sea por los medios empleados, la fuerza física, las penalidades legales o la coacción de moral de la opinión pública… el único fin por el cual es justificable que la humanidad… se entrometa en la libertad de acción de uno de sus miembros es la propia protección… la única finalidad por el cual el poder puede… ser ejercido sobre un miembro contra su voluntad es evitar que perjudique a los demás”.

La religión no debe ser parte de la política. Demasiados vivos han sido enterrados por ese binomio. La imparcialidad en temas religiosos es parte de la laicidad.

 Un estado debe ser laico. Los estados confesionales, terminan mal. Esto va contra la historia. Creo que una laicidad acompañada de una sólida ley que garantice la libertad religiosa, ofrece un marco para avanzar. Así dijo el Papa Francisco a la revista LA CROIX.

LA Separación de la iglesia, y la religión del estado son un progreso de la humanidad y una condición misma para su propia libertad.

Fuente.-  ARNOLDO KRAUS