Julio César en América

Siempre estuvo allí. Pero ahora circula en las redes. Una afiebrada denuncia pretende que la democracia de EEUU es hoy víctima de un golpe de Estado con el pretexto del coronavirus. Supuestamente, tomar el poder absoluto es la forma de salir adelante no solo de la pandemia sino de la pugna por la hegemonía global.

El discurso del presidente de Francia del lunes pasado, por ejemplo, ocurre luego de que el Parlamento francés le diera poderes plenos para legislar en la emergencia. El autoritarismo toca la puerta siempre en todas partes. Eso no significa que se le abra.

La emergencia fue precisamente la razón de Estado tras la “unitary executive theory” invocada por Dick Cheney y George Bush hijo cuando la barbarie terrorista del 9/11 en Nueva York. La misma razón de Estado tras las cuatro sucesivas elecciones de Franklin D. Roosevelt de 1932, 1936, 1940 y 1944, sin precedentes en la historia del país. Como estuvo detrás, igualmente, del velado conflicto entre el poder militar y la Presidencia, entre Harry Truman y el general Douglas McArthur, que encontró su desembocadura en el equilibrio de la Presidencia de Dwight Eisenhower.

Más lejos en el tiempo, sin embargo, la misma vieja razón de Estado está detrás del libérrimo uso del instrumento del decreto presidencial por el presidente Abraham Lincoln, para cortar el nudo gordiano de la abolición de la esclavitud en medio de la Guerra de Secesión.

Y no es, ciertamente, que el fin noble justifique medios innobles.

Lo que ocurre es que la democracia en América siempre fue una tensión entre dos fuerzas, como bien lo sabia Alexis de Tocqueville, que las había conocido de cerca y descrito ya en “El Antiguo Régimen y la Revolución”.

Son las fuerzas opuestas presentes desde el primer dia de la Independencia de Estados Unidos en la pugna elegante, pero sorda, entre el afrancesado cuasi revolucionario Thomas Jefferson, campeón de las libertades y del principio de la  representatividad -que, sin embargo tenía esclavos en Virginia-, y el austero agricultor y severo jurista de Boston John Adams, defensor del principio de gobernabilidad atado a la odiosa silla de la Presidencia del Congreso.

Unidos por una misteriosa relación de fraternal desconfianza y rivalidad, Adams y Jefferson murieron el mismo dia -uno en su plantacion del Sur, el otro en su granja de Massachussetts-. Ese día fue el 4 de julio de 1826, a medio siglo de distancia exactamente de la fecha de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.

La rivalidad entre esos Padres Fundadores de Estados Unidos halló su equilibrio en George Washington. Pero un equilibrio siempre precario, siempre momentáneo, porque siemore estuvo la sombra de Julio César acechando, esperando cumplir el destino inexorable de Roma: el fin de la República y el comienzo del Imperio.