Autoridad y Poder en tiempos de Furia

Desde luego, esta situación se puede aplicar a todas las instancias de gobierno, en cada conflicto social, en cada aula escolar y hasta en cada familia; no obstante, con la crisis de la pandemia de estos últimos días, esta reflexión es aplicable a nuestra coyuntura de aislamiento social.

El tema de la autoridad, en nuestro país nos inquieta hace mucho, vivimos en una sociedad permisiva, después de haber vivido durante un tiempo en una en una sociedad autoritaria. Y comenzamos a sentir miedo y se reclama la recuperación de la autoridad como panacea.

Claro está, no se trata de atribuir la autoridad a la derecha y la libertad a la izquierda, lo que sería realmente falto de sentido común, porque estos valores tienen que coexistir de manera articulada, de forma coordinada y no se puede presentar las cosas de esta manera ante una creciente atrofia de derechos e hipertrofia de deberes, por eso debemos preguntarnos qué clase de autoridad estamos reclamando.

Resulta muy adecuado compartir las reflexione de José Antonio Marina, un ensayista y filósofo español que al respecto nos permite tener una aproximación a este respecto.

La preocupación por la quiebra de la autoridad es intensa y universal. Alain Renaut en Le fin de l’autorité considera que es «una crisis estructural de las democracias, una crisis de legitimidad sin precedentes», y Hannah Arendt afirmaba que «si se pierde la autoridad, se pierde el fundamento del mundo». ¿Es sensato tanto alarmismo? Lo que es sensato, ante todo, es aclarar el término. Tratemos de explicarlo un poco.

El concepto de autoridad apareció en Roma como opuesto al de poder. El poder es un hecho real. Una voluntad se impone a otra por el ejercicio de la fuerza. En cambio, la autoridad está unida a la legitimidad, dignidad, calidad, excelencia de una institución o de una persona. El poder no tiene por qué contar con el súbdito. Le coacciona, sin más, y el miedo es el sentimiento adecuado a esta relación. En cambio, la autoridad tiene que despertar respeto, y esto implica una aceptación, una evaluación del mérito, una capacidad de admirar, en quien reconoce la autoridad. Una muchedumbre encanallada sería incapaz de respetar nada. Es desde el respeto desde dónde se debe definir la autoridad, que no es otra cosa que la cualidad capaz de fundarlo. El respeto a la autoridad instaura una relación fundada en la excelencia de los dos miembros que la componen: quien ejerce la autoridad y quien la acepta como tal.

Éste es el sentido que aún conserva la palabra en expresiones como “es una autoridad en medicina” O , “ el alcalde  es  nuestra autoridad”;   y es el que se ha perdido, por ejemplo, cuando se dice que un policía es representante de la autoridad. Esto sólo ocurre cuando el poder es legítimo y digno, porque en una tiranía la policía es sólo un representante del poder, de la fuerza. Ocurre lo mismo con la autoridad del Estado; en este caso sólo la tiene cuando es legítimo y justo; de lo contrario es un mero mecanismo de poder. No lo olvidemos: el concepto de autoridad nos introduce en un régimen de legitimidad, calidad, excelencia, dignidad. Por eso tenía razón Hannah Arendt al decir que, si desaparecía, se hundían los fundamentos del mundo. Al menos, del mundo democrático, que es al que ella se refería.

La autoridad es, ante todo, una cualidad de las personas, basada en el mérito propio. A ella se refería el emperador Augusto en una frase famosa: “Pude hacer esas cosas porque, aunque tenía el mismo poder que mis iguales, tenía más autoridad”. Sin embargo, por extensión, se aplica a las instituciones especialmente importantes por su función social: el Estado,  El Municipio , el Alcalde , el sistema judicial, la escuela, la familia, el policía y el soldado. En este caso, la autoridad no es el ejercicio del poder, sino el respeto suscitado por la dignidad de la función. Y esa dignidad obra de dos maneras diferentes. En primer lugar, confiere autoridad a quienes forman parte de esa institución, para que puedan realizar sus tareas. Por ello, todos los jueces, padres o profesores y el alcalde merecen respeto «institucional». Pero, a su vez, esa dignidad conferida por el puesto, les obliga a merecerla y a obrar en consecuencia. Forma parte de su obligación profesional, y del mandato popular podríamos decir.

Como se ve, el modelo conceptual de la autoridad nos integra a todos en un modelo de la excelencia y el mérito. Por eso todas las sociedades torpemente igualitarias acaban rechazando la autoridad en este sentido, porque les cuesta aceptar las diferentes jerarquías de comportamientos y consideran que respetar a alguien es una humillación antidemocrática. Se instala así una democracia vulgar, basada en el poder, en vez de una democracia noble, basada en la calidad y el respeto, y, por eso, tiene razón Alain Renaut en el texto que cité al principio. La crisis de autoridad es una crisis de la democracia.

APLIQUEMOS esto al caso concreto de nuestro deber de aislamiento en estado de emergencia. Nos muestra  un simple y vulgar ejercicio de poder de parte de quien pueda ejercerlo, jovenzuelos  peleones, periodistas endiosados, congresistas que organizan vuelos express, paseadores urbanos de perros que demuestran un ejercicio del poder poco legítimo, amparado en la fuerza, en la prepotencia, maquillados en las frases tan peruanas de “ no sabes quién soy yo”, o “no sabes con quien te has metido, quizás en algunos casos también  atrapado en el ´populismo de sus ofertas electorales, y la poca claridad de su ilegitimidad al ejercer su mandato, cuando de autoridades se trata. . Lo decisivo es proteger la autoridad ejercida con legitimidad, porque de ahí deriva todo lo demás: la dignidad de la función de la fuerza publica, y la necesidad de que sus protagonistas puedan ejercerla debidamente. El Estado actual de las cosas es un ámbito que debe ser especialmente cuidado y protegido -y querido- por la sociedad entera.

En segundo lugar, debemos poner en funcionamiento los mecanismos legales, económicos, pedagógicos y sociales necesarios para que todos sean partícipes de situaciones que, como esta pandemia, sean adecuados, humanos, seguros y gobernables. Pero estas líneas de pensamiento son aplicables a toda la gestión pública. Nos sirve de ejemplo el tema del capitán Cueva.

Como ven, la recuperación de la autoridad no quiere decir sin más, recuperación del orden y la disciplina, sino instauración de la excelencia democrática. La democracia no es un modo de vida permisivo, sino exigente, que, sin embargo, aumenta la libertad y las posibilidades vitales de todos los ciudadanos. A cambio nos pide un respeto activo, creador y valiente por todo lo valioso. La autoridad aparece así como el resplandor de lo excelente, que se impone por su presencia. Tal vez a esta relación se refería Goethe cuando nos recomendaba «desacostumbrarnos de lo mediocre y, en lo bueno, noble y bello, vivir resueltamente».