Solidaridad y no autoritarismo

En una reciente entrevista  a Pablo Duer de EFE, publicada en “El Pais”, de España; Yuval Noah Harari,  expresaba más o menos esto sobre la actual crisis de la pandemia. Creo, afirma Yuval Noah Harari; que es importante entender que estamos reescribiendo las reglas del juego. Del juego económico y político, todo está en juego. Subrayaría dos elementos principales: primero, que no hay nada predeterminado en la manera de lidiar con esta crisis y que hay muchas opciones, no una sola. Y segundo, que las decisiones que tomemos tendrán un impacto durante años y décadas y reconfigurarán el planeta. Mi principal preocupación es que, debido a consideraciones cortoplacistas, la gente tome decisiones equivocadas como, por ejemplo, lidiar con la crisis implantando regímenes autoritarios o incluso totalitarios, en lugar de empoderar a los ciudadanos. O que países opten por el aislacionismo y persigan intereses nacionalistas, algo que tendría consecuencias terribles para el mundo al terminar la crisis. Lo que elijamos en el próximo mes o dos cambiará el mundo durante años o décadas.

Creo que hay algo importante y es ver si logramos lidiar con esto unidos como humanidad. Por ejemplo, estableciendo un sistema global de producción y distribución de equipamiento médico, donde países empleen recursos para producir respiradores y medicamentos y luego los distribuyan de manera justa, en lugar de que los países ricos monopolicen los recursos y no quede nada para los pobres. Si logramos hacer esto, podría quedar un legado de solidaridad, confianza y cooperación que nos ayudaría a lidiar con muchas otras crisis en el futuro. Pero si termina predominando una competición egoísta y nacionalista para conseguir todo lo posible para sí mismos sin importar los demás, dañando la eficiencia en la producción y resultando en una distribución no equitativa de los equipamientos, esto dejaría un legado tóxico, algo que podría afectar a las relaciones internacionales muchos años, salpicadas y debilitadas por el crecimiento de políticas aislacionistas y populistas.

Ahora nosotros estamos pagando el precio, en un momento de crisis, cuando necesitamos cooperación global más que nunca, las organizaciones internacionales son relativamente débiles. No sé qué va a pasar, pero espero que la gente se dé cuenta con la crisis del error que hemos cometido al debilitar la solidaridad y cooperación internacional, y que al final de esta crisis salgamos con organizaciones internacionales más fuertes y con una profundización de la solidaridad global que nos ayudará a lidiar no solo con esta crisis, sino con otras en el futuro.

Sobre el peligro autoritario

Respetuosamente, ya está bien de decir que el modelo chino de supervigilancia es lo más eficiente para parar el COVID-19. Para empezar, el régimen que multa por beber entre semana o cruzar fuera del paso de cebra y te encarcela por leer el Corán se olvidó de prohibir los mercados de animales salvajes, a pesar de su penosa experiencia con la gripe A en 1957 y el SARS en 2002. La eficiencia totalitaria, si es que existe, nunca tiene como objetivo la protección de los ciudadanos sino la supervivencia del régimen.

Hace años que la resistencia a los antibióticos comparte el medallero de las mayores amenazas existenciales para la raza humana con la crisis climática y la guerra nuclear, decía recientemente David L. Heymann, el epidemiólogo que lideró la respuesta global al brote de SARS en 2003.

Somos tan obtusos con nuestras hamburguesas y nuestros pollos asados como los chinos con su sopa de murciélago. Igual de analfabetos que el más terco devorador de murciélagos del mercado de Wuhan. Pero nuestros gobernantes han sido más irresponsables que el régimen chino porque la democracia sí tiene como objetivo la supervivencia de los ciudadanos, y no la de las industrias que producen enfermedad.

Marta Peirano en una nota escrita en eldiario.es pide  valorar las cifras que nos llegan de China con higiénico escepticismo. El Partido Comunista chino es uno de los mayores productores mundiales de desinformación. No sabemos si sus victoriosas cifras oficiales son ciertas porque no han sido contrastadas, ni por la prensa libre, ni por organismos de transparencia porque allí están prohibidos. Lo que sí sabemos es que los primeros avisos de la existencia del coronavirus fueron silenciados por los funcionarios del régimen, gracias al eficiente sistema de vigilancia ciudadana que ahora consideramos una opción. Li Wenliang mandó a su grupo privado de WeChat un mensaje titulado «Siete casos de síndrome agudo respiratorio severo (SARS) del mercado de mariscos de Huanan» que fue rápidamente compartido con otros grupos. Dos días después, la policía local los había amenazado a ambos, junto con otros seis médicos, por distribuir rumores infundados acerca de una enfermedad pulmonar.

El gobierno chino comunicó a la OMS la existencia del virus el 31 de diciembre de 2019 diciendo que se trataba de «una enfermedad prevenible y controlable». Según el South China Morning Post (periódico que se publica en inglés y tiene su sede en Hong Kong), el 1 de enero las autoridades chinas habían registrado al menos 381 casos, pero la cifra oficial de mediados de enero fue de 41. En esas tres semanas, siete millones de personas salieron de Wuhan para celebrar con sus familias el año nuevo lunar y el tráfico internacional continuó con su ritmo navideño habitual.

Hoy muchos ciudadanos razonables abrazan el autoritarismo con la esperanza de habitar un orden moral predecible, un mundo de valores comprensibles y vintage. En tiempos de incertidumbre buscamos refugio en la certeza, aunque sea una certeza brutal. A menudo me pregunto si no hay cierta compulsión de repetición, donde las sociedades que han crecido en dictadura buscan nuevos maltratadores, igual que los niños maltratados se emparejan con réplicas de su primer agresor. Despreciar esa nostalgia como estúpida o criminal demuestra un profundo déficit de empatía, porque esa ansia por la certeza está en todos, aunque se manifieste de manera desigual.

«El bacilo de la peste nunca muere o desaparece completamente- escribía Camus en el libro estrella de esta cuarentena, donde la enfermedad bacteriana era alegoría de la otra enfermedad peor – puede permanecer inactivo durante docenas de años en muebles o ropa, espera pacientemente en dormitorios, sótanos, troncos, pañuelos y papeles viejos, y quizás llegará el día que, por instrucción o desgracia de humanidad, la peste despertará sus ratas y les enviará a morir en alguna ciudad bien contenta”. Como todos los bacilos, la enfermedad que nos acecha tiene más éxito cuando el sistema inmunológico del anfitrión se encuentra abatido por otras causas, como la angustia de no saber cómo pagaremos el alquiler del piso, la siguiente factura eléctrica o la cena del día después.

El autoritarismo es una enfermedad crónica cuyos síntomas se manifiestan no solo en las marchas, las banderas, los mítines de feministas y las peleas en Twitter. Jamás pensé que vería a la generación de los milenians aplaudir a la Policía por derribar a un ciudadano desobediente. El déficit de empatía nos deja muy expuestos a este virus. La historia nos dice que, una vez contraído, el ciclo de infección es largo y las consecuencias muy graves. Que la recuperación es lenta e imperfecta. Como dice Camus, el bacilo se instala en nuestros músculos, esperando una nueva oportunidad. 

Nos hace falta creo Menos vigilancia y más pruebas, Hay otros espejos en los que mirarnos, como Corea o Alemania, en los que hay tres claves perfectamente democráticas que acompañan la gestión de la pandemia: mascarillas para todos, información contrastada y tests, muchos tests. Las tecnologías de vigilancia masiva no pueden ser el atajo que sustituya las responsabilidades de un gobierno democrático, que es cuidar a sus ciudadanos antes de castigarlos. No dejemos que esta crisis se convierta en la versión médica del Huracán Katrina, como ha sugerido el sociólogo Mike Davis. No dejemos que la vigilancia masiva se instale en la administración. No seamos víctimas del Capitalismo Desastre que tan oportunamente describe Naomi Klein en Capitalismo Desastre y La Doctrina del Shock. Incluso si las cifras de China son ciertas y su sistema de control ciudadano funciona, una vez se haya instalado en nuestras vidas como herramienta de gobierno, no tenemos anticuerpos para repeler sus efectos secundarios.

Aprovechemos el encierro para hablar con los vecinos por el patio y asegurarnos de que no pierden la cabeza. De que los mayores están atendidos, que los pequeños pueden jugar. Seamos más comprensivos que nunca, más humanos que nunca. Rechacemos la vigilancia y el castigo en favor de la empatía, el diálogo y la solidaridad.

Fuente.-Pablo Duer y Marta Peirano.